Gala
Abrí los ojos haciendo un gran esfuerzo. La luz de la mañana ya se veía entre las cortinas de la cabaña. Lo primero que hice fue estirar la mano hacia el otro lado de la cama… vacío.
El corazón me dio un salto. Me incorporé de golpe, apretando las sábanas contra mi cuerpo desnudo. ¿Se había ido? ¿De verdad?
Tragué saliva, asustada, y envolviéndome mejor con las sábanas salí de la habitación.
El sonido del agua y el roce de algo contra la madera me guió hasta la cocina. Y ahí estaba Guille.
Suspiré aliviada. Odiaba sentirme tan insegura después de todo lo que él había hecho por mí. Mi padre había hecho un gran trabajo haciéndome sentir menos que la nada.
Solo una cara bonita sin derecho a expresar lo que sentia.
Pero Guille, él me hacía olvidar de quién era hija.
Mientras limpiaba el desastre de anoche, con el cabello despeinado, los músculos marcados, no podía dejar de pensar en todo lo que podríamos ser juntos.
Llevaba puestos unos pantalones deportivos, colgando en sus caderas. El sudor de su esfuerzo lo hacía brillar con la luz que entraba por la ventana.
Me quedé parada, mis ojos clavados en él, mordiéndome el labio inferior, hipnotizada. Cada movimiento que hacía era una provocación. Y entonces me di cuenta: notó mi mirada. Porque de pronto, con una sonrisa maliciosa, comenzó a marcar los músculos de sus brazos a propósito, como si estuviera entrenando frente a un espejo.
Un jadeo traicionero escapó de mis labios.
—¿Terminaste de devorarme con los ojos? —preguntó, con una arrogancia deliciosa.
Me mordí más fuerte el labio, sin poder resistir la sonrisa traviesa que apareció en mi cara.
—No. Déjame traer el teléfono para sacarte una foto… —respondí con picardía.
Soltó una carcajada, dejó el trapo y me envolvió entre sus brazos. El contacto fue inmediato, cálido, tan reconfortante que casi se me olvidó respirar.
Me besó suave, diferente a la pasión de anoche. Fue tierno, dulce, como si quisiera saborearme a otro ritmo. Cuando se apartó, sus brazos aún me sostenían.
—Ve a vestirte. Vamos a dar una vuelta en la playa —dijo con naturalidad, como si lo nuestro ya fuera parte de una rutina.
Corrí a la habitación, todavía con una sonrisa boba en la cara. Pero apenas vi el desastre de ropa mojada en el suelo, mi ánimo se apagó un poco. Nada estaba en condiciones de usarse.
Abrí el armario con un hilo de esperanza, y ahí lo encontré: un vestido sencillo, de tela ligera. Me lo puse rápido, acomodé mi cabello con los dedos y volví a la sala.
—Por favor, dime que este vestido no es de alguna chica a la que trajiste aquí… —solté, medio en broma, medio dejándome llevar por los celos
Él se giró hacia mí con una sonrisa ladeada.
—Es la casa de un amigo. Eso de seguro es de su mamá —respondió tranquilo.
Yo arqueé una ceja.
—¿Su mamá?
—Una señora mayor. —Se encogió de hombros, con esa seguridad que me sacaba de quicio y me encantaba al mismo tiempo—. Créeme, princesa, no tendría algo con ella.
Me reí, sintiéndome un poco ridícula por haberme puesto celosa, y negué con la cabeza.
Él me tendió la mano, y sin pensarlo la tomé. Salimos juntos hacia la playa, con el sol iluminando el mar y el sonido de las olas recibiéndonos.
Y ahí, mientras caminaba descalza junto a Guille sobre la arena cálida, me di cuenta de que nunca me había sentido tan libre.
El mar estaba tranquilo, y Guille avanzaba junto a mí, sosteniendo mi mano como si siempre hubiera estado ahí. Sus pasos eran ligeros, a veces se adelantaba un poco para que yo lo alcanzara, a veces lo tiraba suavemente de la mano para envolverme en un abrazo y robarme un beso.
—Entonces… ¿cuándo me vas a enseñar a manejar tu moto? —pregunté de pronto, con una sonrisa traviesa.
—¿Mi moto? —se rio—. Ni lo sueñes, princesa. No pienso dejarte cerca de esa máquina hasta que no confíe en que sabes distinguir el embrague del freno.
—Ay, por favor. —Hice un puchero exagerado, que le arrancó una carcajada.
Quise contestarle algo más, pero el zumbido de su celular me cortó la palabra. Lo sacó del bolsillo con fastidio.
—Es mi entrenador —me dijo, y contestó de inmediato—. ¿Dime?
La voz grave de su entrenador, me llegó a pesar de que el teléfono no estaba en altavoz. Escuché parte de su conversación.
—Cruz, escucha. Conseguí algo grande para ti. Un agente de alto rango estará en la ciudad este fin de semana. Le hablé de ti y quiere verte pelear. Si lo impresionas lo suficiente, podemos hablar de tu entrada en el circuito amateur oficial.
Se quedó sin palabras. La brisa del mar golpeaba mi cara, pero yo solo podía pensar en lo que acababa de escuchar... Y la emoción en su rostro.
—Sí, sí, claro que sí. Cuando sea, donde sea. —Su voz sonó más emocionada de lo que intentó disimular.
—Prepárate, Cruz. Esta puede ser tu oportunidad —remató el hombre antes de cortar.
Me levantó en brazos y giró conmigo en la arena. Yo reía, mientras me sujetaba a su cuello, contagiada por su alegría desbordada. Sus ojos brillaban como nunca, y cuando me contó lo que había pasado, entendí el por qué.
—Un agente quiere verme pelear —dijo, todavía con la respiración agitada por la emoción—. Si todo sale bien, entraré al circuito amateur. Gala, ¿te das cuenta? Esto significa ingresos de verdad, un futuro estable.
Lo miré sonreír, con esa ilusión tan pura que me atravesó el pecho como una estaca.
Y entonces lo escuché. El nombre.
—Arturo Castillo va a quedar impresionado, lo sé.
Mi padre.
Sentí que la sangre se me helaba. Mi sonrisa se tensó, como si la sostuviera con alfileres. Fingí, lo hice con todas mis fuerzas. No podía arruinarle este momento. Y tampoco podía decirle la verdad.
Él me miró frunciendo el ceño. Tal vez leyendo en mis ojos lo que mi boca no se atrevía a decir.
—¿No estás feliz por mí? —preguntó, preocupado.
—Sí, claro que sí… —contesté demasiado rápido, y supe que no sonaba convincente.
Desvié la mirada hacia el mar, buscando una salida.
—Es que… ¿no te lastimas mucho en las peleas? —pregunté, en mi patético intento de salirme por la tangente. Sabía la respuesta.
Él soltó una risa amarga.
—Sí. Cada pelea duele. —Su voz se volvió más baja, más seria—. Pero tengo que hacerlo. Mi hermana me necesita.
Mi corazón se apretó. Juana. Esa niña que él amaba tanto, por la que estaba dispuesto a destrozar su cuerpo una y otra vez.
Le acaricié la mejilla con suavidad, queriendo borrar cualquier sombra de dudas en sus ojos.
—Entonces no hay nada más que decir. Vamos a festejar.
Sonreí, lo besé, y por un momento quise creer que todo estaría bien. Que su futuro no estaba en manos del hombre que más daño podía hacernos a los dos.
Mientras me sostenía entre sus brazos, supe que tarde o temprano la verdad saldría a la luz. Y cuando eso pasara… ni yo ni él saldríamos ilesos.
(...)
La tarde pasó como un suspiro.
Caminamos de la mano por la orilla. Juntamos conchas que seguro terminarían olvidadas en algún cajón. Reímos de cualquier tontería y nos recostamos sobre la arena mirando las nubes que iban tiñéndose de naranja.
Por unas horas, el mundo estaba lejos de tocarnos. Solo éramos él y yo, dos almas que se habían encontrado de la manera más improbable.
Pero el sol comenzó a hundirse en el horizonte y con él, mi burbuja perfecta. La realidad nos alcanzaba de nuevo.
El viaje de regreso fue silencioso. Yo iba aferrada a su cintura en la moto, sintiendo la vibración del motor bajo mis piernas y el viento despeinándome el cabello. Ojalá ese trayecto nunca terminara.
Cuando llegamos al edificio de Pedro y Juli, él se bajó primero y me ayudó. Nuestras manos se quedaron entrelazadas un segundo más de lo necesario. Yo sabía que debía soltarlo, pero no podía.
Él suspiró, mirándome con una mezcla de cansancio y determinación que ya me había dado cuenta de que lo caracterizaba.
—De seguro tendré que entrenar más —dijo, como si hablara consigo mismo—. Pero siempre me haré de un rato para verte.
Mi sonrisa salió con un tinte de nostalgia que no pude ocultar.
—No te preocupes por eso… —susurré.
Él arqueó una ceja, preocupado, y se inclinó hacia mí.
—¿Por qué lo dices? ¿No quieres verme más?
—¡No! —protesté de inmediato, frunciendo el ceño—. Yo no dije eso. Es solo que… la próxima semana terminan mis vacaciones y tengo que volver a la universidad. Así que también tendré poco tiempo para…
No terminé la frase. Él se inclinó y me besó, sellando mis dudas en un instante. Su boca contra la mía era la única verdad que importaba.
—¿Te gustaría continuar con esto? —murmuró con sus labios rozando los míos—. Es imposible que te deje ir, Gala. Solo… debemos ser fuertes, ¿sí?
Sentí las lágrimas queriendo salir, pero las ahogué con otra sonrisa.
—Sí —respondí apenas, antes de volver a besarlo.
Su abrazo fue mi refugio, aunque en el fondo sabía que estábamos construyendo algo tan hermoso como peligroso.
Y aun así, no podía soltarlo. No quería.