Capítulo 10: Mi mundo

1733 Palabras
Guille El eco de mis golpes resonaban por el gimnasio. El cuero del saco vibraba con cada impacto, devolviéndome la fuerza en los nudillos, recordándome dónde estaba. —¡Izquierda-derecha, Cruz! ¡Más rápido! —la voz de Eduardo retumbó detrás de mí. Obedecí al instante. Jab de izquierda, recto de derecha. Mi brazo izquierdo cortaba el aire como un látigo, el derecho lo seguía con más peso, con más rabia. El sudor me corría por la frente, pegándome el cabello al rostro. —¡Otra vez! —gritó Eduardo. Inspiré hondo y volví a lanzarlo. Izquierda, derecha. Izquierda, derecha. Me imaginaba la cara de Héctor delante, o la de cualquiera de esos tipos que siempre me miraban por encima del hombro en los gimnasios. El saco oscilaba fuerte, y yo apenas le daba un respiro antes de golpearlo otra vez. Llevaba toda semana en ese ritmo de entrenamiento de doble horario. —¡Gira sobre los pies! ¡Marca el ángulo! —gritó mi entrenador otra vez. Di un paso lateral, esquivé un golpe invisible, y volví al ataque con un gancho ascendente seguido de un gancho al cuerpo. El saco se hundió bajo mi puño como si fuera de carne y hueso. Mis brazos ardían, pero no paré. La voz de Eduardo era constante. —¡Respira! ¡No te encierres en el saco, Cruz! ¡Muévete! Retrocedí, solté un par de golpes rápidos de izquierda para medir la distancia y volví a entrar con un derechazo que me recorrió todo el cuerpo. El impacto resonó en mis huesos, y por un segundo me sentí vivo. No había problemas, ni miedos, ni inseguridades. Solo el boxeo. Pero en cuanto bajé los brazos, la imagen de Gala se coló en mi cabeza. Sus ojos claros, esa forma en que se reía de mis chistes malos, cómo se aferraba a mí en la moto. Pensé en la última vez que la dejé frente al edificio de sus amigos, cuando me dijo que la universidad le iba a consumir mucho tiempo. Y yo le prometí que encontraríamos el modo de seguir. —¡Vamos, Cruz! ¡Diez más! —ordenó Eduardo. Asentí, con la respiración cortada, y descargué todo lo que me quedaba. Derecha, izquierda, gancho, ascendente. Mi cuerpo era fuego y el saco era la única salida. Cada golpe llevaba dentro la frustración de no verla, la rabia de las deudas, el miedo a fallar. Cuando llegué al décimo, solté un gruñido y me aparté, doblándome sobre mis rodillas. El aire me quemaba los pulmones. Eduardo se acercó, dándome una palmada fuerte en la espalda. —Así se hace, Cruz. Así quiero verte cuando llegue el patrocinador. Asentí, secándome el sudor de la frente con la toalla. No respondí. No hacía falta cuando ambos sabíamos lo que estaba en juego. Me quité los guantes y miré mis manos rojas, marcadas por el esfuerzo. Temblaban, pero no de cansancio, si no de emoción. Entrenaba por mí, por Juana, por todo lo que quería construir. Pero también, aunque no lo dijera en voz alta, entrenaba por ella. Por Gala. —Buen trabajo hoy, Cruz —dijo Eduardo, dándome otra palmada en la espalda—. Se nota que tienes la cabeza enfocada. Asentí, aunque en mi cabeza la imagen que seguía apareciendo no era la de un rival ni la del agente que vendría a verme. Llevaba una semana viéndola apenas unos minutos al día, robándonos ratos que se me escurrían como agua entre los dedos. Yo había intentado de todo para alargar esos momentos: esperarla afuera de la universidad, escaparme temprano de los entrenamientos, incluso sacrificar horas de descanso. Pero siempre terminaba igual: un beso apresurado, una sonrisa a medias y la sensación amarga de que no era suficiente. Pero hoy podía cambiar eso. Hoy iríamos juntos al cumpleaños de Mario, uno de mis pocos amigos de verdad. Y lo había prometido: llegaría con ella. Era nuestra oportunidad de salir del escondite de pasillos y rincones oscuros. Quería verla de mi mano, reírse con mis amigos, ser parte de mi mundo. Fui al vestuario y me dejé caer en el banco de madera. Mis músculos ardían, el sudor me pegaba la camiseta al cuerpo. Me quedé mirando el suelo por un rato, escuchando las risas de otros boxeadores que se cambiaban más allá. —¿Qué pasa, Cruz? —uno de ellos me golpeó el hombro con camaradería al pasar—. Te ves como si hubieras peleado diez asaltos en fila. —Algo así —respondí con una sonrisa que no me llegó a los ojos. Lo cierto es que la pelea más dura no era contra un saco o un rival. Era contra el tiempo. Contra todo lo que intentaba separarme de ella. Entré a la ducha, dejé que el agua helada me golpeara la espalda y cerré los ojos. En mi cabeza, la voz de Gala era clara, como un eco. “Sí. Solo debemos ser fuertes, ¿sí?” Cuando salí, ya más fresco, me puse unos pantalones deportivos limpios y una camiseta negra. No tenía mucha ropa, y guardé la mejor para esta noche. Quería lucir diferente. No por Mario, ni por nadie más… sino solo ella. Subí a la moto y me detuve unos segundos antes de encenderla. El casco descansaba en el manubrio, y yo me quedé mirando la calle vacía frente al gimnasio. Respiré hondo. Había entrenado toda mi vida para soportar golpes, para levantarme después de caer. Pero lo que estaba viviendo ahora con Gala… era otra cosa. Me asustaba lo mucho que la necesitaba. Me aterraba saber que, si me la quitaban, no habría saco ni rival al que golpear para sacar esa rabia. Encendí la moto y arranqué. El rugido del motor me devolvió al presente. Tenía que concentrarme en el día, en la promesa que le había hecho. Al llegar a casa, Juana salió corriendo a recibirme. —¡Guille! —me abrazó fuerte, y yo la levanté del suelo con un gruñido fingido de esfuerzo. —¡Estás más pesada! —bromeé, haciéndola reír. La señora Margarita apareció detrás, con un delantal floreado y una sonrisa que, de alguna forma u otra, lograba calmarme. —Lo hizo bien en la escuela —dijo, dándole una palmadita cariñosa a Juana en la cabeza—. Y ya hizo las tareas. —Gracias, señora Margarita —respondí, evitando mirarla mucho rato. Había algo en sus ojos que siempre me recordaba a mamá. Y eso aún dolía. Entré al departamento, dejé el casco en la mesa y saqué del bolsillo un par de billetes arrugados que aún guardaba desde la última pelea. —Señora Margarita… tome, por cuidarla. No es mucho, lo sé, pero un día tendré lo suficiente para recompensarla —murmuré, extendiéndolos con cierta torpeza. Ella los tomó, aunque con esa mirada que mezclaba agradecimiento y tristeza. —Sabes que no es por el dinero, Guille. Yo quiero a tu hermana como si fuera mi hija. Asentí con gratitud, sabía que sus sentimientos eran verdaderos. —Lo sé… y se lo agradezco. Guardé silencio unos segundos, pensando en la noche. —Es el cumpleaños de un amigo y… quiero llevar a Juana conmigo... y con Gala. La sonrisa de Margarita se amplió, como si hubiera esperado esas palabras hace mucho. —Me encanta esa idea. Ya era hora de que Juana y Gala se conozcan. La miré, con un peso enorme quitándome de los hombros. —Gracias. De verdad. Me giré hacia Juana, que me miraba con ojos curiosos. —¿Vamos a salir todos juntos? —preguntó con inocencia. Me agaché a su altura y sonreí. —Sí. —¿Y le vas a decir que me enseñe a cantar como ella? —insistió, riéndose. Solté una carcajada. Juana había visto unos vídeos que había grabado de Gala cantando... Los que podía ver, obviamente. Los aptos para mayores de 18 años, esos que escondía en mi galería privada, eran solo para mí. —Se lo puedes preguntar tu misma. Ella aplaudió y corrió hacia su habitación, gritando que tenía que elegir su vestido más bonito. Margarita me sonrió con ternura. —Te presto mi coche —dijo, limpiándose las manos en el delantal—. Sé que con la moto es más complicado llevarlas a las dos, y quiero que lleguen seguros. —¿De verdad? —pregunté, rascándome la nuca. —Claro que sí. —Me entregó las llaves sin pensarlo demasiado—. Solo cuídalo, ¿eh? Y cuida a esas dos también. Las tomé con un nudo en la garganta. —Gracias, señora. De verdad. Ella me dio una mirada de orgullo y algo de nostalgia, como si viera más de lo que decía en voz alta. Respiré hondo y recogí mis cosas para aprontarme. Esta noche sería diferente. Esta noche no quería pensar en agentes, en peleas ni en deudas. Solo quería estar con Gala. Quería presentarla a mi gente, a mi hermana, a mi mundo. Mostrarle que aunque no tuviera nada, con ella sentía que lo tenía todo. Me cambié rápido, con la ropa que ya había elegido. Me puse unos jeans nuevos y una camisa azul oscuro, esa que había guardado para ocasiones especiales. Al salir, Juana ya estaba lista. Iba con un vestido amarillo y unas sandalias que había insistido en combinar ella misma. —¿Estoy bonita? —preguntó, girando sobre sí misma. —Estás hermosa —le respondí, dándole un beso en la coronilla—. Veo que pasaré la noche mirando feo a los chicos. Ella me regaló una sonrisa de oreja a oreja. Me tomó de la mano para salir y bajamos juntos las escaleras. Afuera, el viejo coche de la señora Margarita nos esperaba. Encendí el motor con cuidado, sintiéndome raro de manejar cuatro ruedas en vez de dos, pero a la vez… tranquilo. —¿Guille? —dijo Juana desde el asiento trasero. —¿Qué pasa, chiquita? —¿Crees que a Gala le guste mi vestido? Sonreí, mientras miraba por el retrovisor sus ojitos curiosos. —Le va a encantar. Y mientras conducía hacia el apartamento de sus amigos, no pude evitar pensar que esta noche sería especial. No solo por Gala, no solo por mí. También por Juana. Porque si Gala estaba en mi vida de verdad, tenía que estar en la de ella también.
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