Capítulo 11: Novia

1569 Palabras
Gala Esperaba en la calle, frente al edificio de Julieta y Pedro. El aire estaba fresco y me quedé abrazándome a mí misma, repasando mentalmente cómo sería la noche. Mario, los amigos de Guille… ¿y yo?, ¿qué pintaba en todo eso? Me mordí el labio con nervios mientras miraba el reloj cada dos minutos. El ruido de un motor me hizo levantar la cabeza. Sonreí al instante, esperando ver la moto negra que tanto me fascinaba. Pero no. Frente a mí se detuvo un auto pequeño, algo viejo, de esos que tienen más historia que pintura. Fruncí el ceño, confundida. La ventanilla del conductor se deslizó y allí estaba Guille. Con una camisa azul oscuro que hacía que su piel se viera aún más bronceada y esos ojos que siempre parecían desnudarme con una sola mirada. Mi sonrisa se ensanchó de inmediato. Pero lo que no esperaba era la carita sonriente que apareció en la ventanilla del acompañante. Una niña. Ojos grandes, cabello oscuro y un vestido amarillo que parecía brillar con más fuerza que el coche entero. —Hola —dijo con entusiasmo, agitando la mano. Me quedé helada un instante, luego respondí el saludo. Era obvio quién era. Juana. Me acerqué al auto con paso inseguro. Ya tenía la mano en la manija trasera cuando la puerta del copiloto se abrió y la niña saltó al suelo con determinación. —Tú vas adelante —dijo con total seriedad, cruzándose de brazos. —No, no hay problema —respondí rápido, sonriendo nerviosa—. Yo puedo ir atrás, de verdad… Ella negó con la cabeza, firme. —No. Tú eres su novia. Y las novias van adelante. El aire se me atascó en la garganta. Me quedé quieta, helada. Novia. Esa palabra que jamás habíamos dicho en voz alta, que nunca habíamos puesto sobre la mesa. La había lanzado una niña, con toda la inocencia del mundo, como si fuera lo más normal. Me giré hacia Guille, buscando su reacción. Pero él evitó mi mirada, como si de pronto el tablero del coche fuera más interesante que cualquier otra cosa. —Vamos, que llegamos tarde —dijo Juana con una sonrisota, subiéndose en el asiento trasero. Yo seguía sintiendo las piernas flojas cuando me acomodé en el asiento del copiloto. Cerré la puerta despacio, demasiado consciente de lo cerca que estaba de él. El silencio nos envolvió por unos segundos. No podía quedarme así, atrapada en esa incomodidad. Tenía que decir algo, lo que fuera. —¿Cómo estuvo el entrenamiento? —pregunté. Mi voz salió demasiado segura para lo que realmente sentía. Guille me lanzó una mirada rápida, como sorprendido de que hablara. Luego volvió los ojos al camino. —Bien. Duro, como siempre. —Apretó el volante con fuerza—. Eduardo no me da ni un respiro. Asentí, jugando con los dedos sobre mis piernas. —Se nota que le importas mucho. —O que me quiere reventar —respondió con una media sonrisa que suavizó la tensión por un instante. Juana asomó la cabeza desde atrás. —¡Él es el mejor! —dijo con orgullo—. Va a ganar todas las peleas. Lo miré de reojo y vi cómo sus labios se curvaban, pero sus ojos seguían serios. —Ojalá. —Suspiró—. Hay mucho en juego. No dijo más, y yo tampoco pregunté. Lo único que hice fue quedarme mirándolo un segundo más de la cuenta. Tenía los nudillos rojos todavía, como marcados por el entrenamiento, y pensé en lo que había dicho Juana. “Tú eres su novia.” ¿Lo era? ¿Lo quería ser? Sí, sí a todo. Y sin embargo, me aterraba pensar en lo que implicaba ponerle nombre a lo nuestro. El camino se hizo más ligero gracias a Juana. Ella no dejaba de hablar, de contarme sobre la escuela, de la señora Margarita, de las veces que se había caído en bicicleta. Me hacía preguntas de todo tipo: cuál era mi color favorito, si sabía cocinar, si alguna vez había cantado frente a mucha gente. —Me gustaría que me enseñes —me dijo en un momento, con una seriedad que me derritió—. A cantar como tú. Me quedé conmovida. —Claro que sí —respondí, mirando de reojo a Guille. Él mantenía la vista en la carretera, pero su mandíbula estaba apretada. Tal vez le incomodaba esa cercanía, que Juana y yo habláramos como si ya hubiera un vínculo. Tal vez… o tal vez era miedo, igual que el mío. Cuando llegamos a la casa de Mario, vi luces saliendo por las ventanas. Desde afuera se escuchaban risas, música, el típico ruido de una fiesta familiar, o por lo menos eso creía. Jamás estuve en una fiesta así. Los niños corriendo por el jardín, adultos charlando con vasos en la mano... Guille aparcó el coche y bajó primero. Le abrió la puerta a Juana, que saltó corriendo hacia el grupo de niños sin mirar atrás. Yo me quedé quieta en mi asiento, con el corazón golpeando fuerte. Él se inclinó hacia mí, apoyando un brazo en el marco de la puerta. Por fin me miró a los ojos. —¿Lista? —preguntó. Asentí despacio. —Lista. Sonrió, pero fue suficiente para darme fuerzas. Tomó mi mano cuando salí del auto, y esa simple acción me borró todos los miedos por un momento. Sí, pensaba en lo que había dicho Juana. Sí, la palabra novia me había congelado. Pero ahora, caminando de la mano con él hacia la casa de su amigo, sentía que nada más importaba. Por ahora. Me quedé cerca de Guille, sintiéndome fuera de lugar. Sabía que no pertenecía a ese mundo. No sabía cómo moverme en medio de aquella familiaridad tan sencilla y espontánea. Las miradas me seguían, escrutándome desde antes de cruzar la puerta. Pero entonces, sentí su mano apretando la mía con fuerza. —Familia, amigos… —dijo un hombre en voz alta, lo bastante fuerte para que todos lo escucharan—. Les presento a Gala, la novia de Cruz. El tiempo se detuvo para mí. ¿Qué dijo? Novia. Así, sin preámbulos. La palabra que me había dejado helada hacía apenas un rato ahora resonaba en mis oídos, clara e innegable. Sonreí como pude, aunque sentía que el corazón me saltaba dentro del pecho. Por un lado, me incomodaba la exposición, que todos los ojos se clavaran en mí. Pero por otro… Dios, qué cosquillas me hizo en el estómago escuchar que alguien lo dijera con tanta seguridad, como si no hubiera nada que cuestionar. El hombre se nos acercó enseguida, abriéndose paso entre la gente. Era un tipo alto, robusto, de sonrisa fácil y un aire bonachón que te hacía sentir cómodo al instante. —¡Cruz, hermano! —lo abrazó fuerte, dándole unas palmadas en la espalda. Luego me miró a mí con curiosidad y picardía—. Y tú, bella dama, debes ser el milagro de mi amigo... —¡Mario…! —gruñó Guille entre dientes, aunque sonriendo—. No tenías que hacer esa presentación tan... pública. Él me estrechó la mano sin importarle las palabras de Guille a nuestro lado. —Encantado. Soy Mario, el que tiene que aguantar a este loco desde que éramos adolescentes. —Un gusto —respondí con una sonrisa tímida. Él me miró de arriba abajo y soltó una carcajada. —¡¡Hermano, qué bombón te estás comiendo!! ¿eh? ¡Con razón entrenas tanto, ahora entiendo la motivación! Sentí que me ardían las mejillas. Quise que la tierra me tragara ahí mismo, desaparecer entre las baldosas del piso. —¡Mario…! —advirtió Guille, dándole un manotazo en el hombro. —Está bien, está bien —dijo él riéndose—. Era broma. Pásenla bien. Cuando nos quedamos solos, me crucé de brazos, girándome hacia Guille. Levanté la barbilla y lo miré con picardía. —Así que, todo el mundo sabe que soy tu novia… ¿menos yo? Él soltó una risa nerviosa, llevándose una mano a la nuca. —Lo siento, debí haber preguntado yo… —intentó justificarse, con ese gesto de chico que sabe que metió la pata pero no quiere perder. Lo silencié colocando mi dedo sobre sus labios. —Shh… —susurré—. Soy lo que tú quieras que sea. No lo dejé responder. Me paré en puntas de pie y le di un beso rápido en los labios. No fue un beso largo ni apasionado, pero sí uno lleno de complicidad, de esa chispa que ya no podíamos ocultar. Él me miró con una intensidad que me dejó sin aliento. —Entonces eres mía —dijo en voz baja, como si fuera un juramento. Sentí un escalofrío recorrerme de pies a cabeza. La música cambió, y la risa de Juana nos interrumpió. La vi correr hacia nosotros, con un grupo de niños siguiéndola. Guille la atrapó al vuelo, levantándola del suelo mientras ella chillaba divertida. Y yo, mirándolos juntos, entendí que lo que sentía por él no era solo atracción ni capricho. Era algo mucho más profundo. Sí, ser su “novia” podía sonar a cliché adolescente. Pero en ese instante, rodeada de risas, comida y música, sentí que no había lugar en el mundo en el que quisiera estar más que ahí, tomada de su mano, escuchando cómo me llamaba suya.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR