Capítulo 12: Sin máscaras

1796 Palabras
Guille No pensé que Mario fuera a abrir la boca tan rápido. Apenas crucé la puerta de su casa, con Gala a mi lado, él ya estaba anunciando a los gritos mi vida privada. Su risa tronó como siempre, desbordante, imposible de ignorar. Y entonces, lo soltó. —¡Familia, amigos! —gritó con esa vozarrón de payaso—. Les presento a Gala, la novia de Cruz. Vi cómo Gala se tensaba a mi lado. No necesitaba mirarla mucho para saberlo. Su mano apretó la mía con fuerza, sus mejillas se encendieron. Por dentro, yo temblaba igual que ella, aunque lo disimulé con una sonrisa ladeada. Novia. Me repetí la palabra una y otra vez, y cuanto más la pensaba, más se me instalaba en el pecho como una llama. Era miedo, sí, pero también orgullo. Orgullo de que ella estuviera conmigo, de poder mostrarla, de que no fuera un secreto guardado en pasillos ni en rincones. "Porque, Gala… ¡Dios! Gala era mucho más de lo que yo jamás hubiera creído merecer." Comprensiva como nadie, siempre escuchando hasta mis silencios. Amorosa, con esa dulzura que me hacía sentir menos roto. Hermosa, al punto de dejarme sin aire cada vez que me miraba. Y endemoniadamente sexy, tanto que a veces me dolía tenerla tan cerca y no poder devorarla en el instante. Sí, era mía. Y escuchar que lo dijeran en voz alta me dio un vértigo raro. Como si el mundo de repente se atreviera a meterse en lo que hasta ahora había sido solo nuestro. Mario se nos acercó y bromeó como siempre, soltando comentarios que me dieron ganas de taparle la boca de un puñetazo. —¡Hermano, con razón entrenas tanto! ¡Ahora entiendo la motivación! —rió, mirando a Gala como si fuera un trofeo en exposición. Sentí que me hervía la sangre. Le di un manotazo en el hombro, medio en broma, medio en serio, y murmuró un “está bien, ya” que no me convenció nada. La miré de reojo. Gala estaba colorada, queriendo que la tierra se la tragara. Y aun así, sonrió, con esa diplomacia que me partía al medio. Y fue en ese instante que me di cuenta de algo: todos la miraban. Absolutamente todos. Los hombres la devoraban con los ojos, como si yo no existiera, como si no vieran que la tenía de mi mano. Los celos me subieron como fuego por la garganta. No era que no confiara en ella. Lo que no soportaba era la idea de compartirla con esas miradas, de que alguien más pensara, aunque fuera por un segundo, que podía acercarse a ella. Me acerqué más, bajando la voz. —Te están mirando mucho… —murmuré, incapaz de contenerlo. Ella me giró la cabeza con un dedo en la barbilla, hasta que nuestros ojos se encontraron. —Y qué —dijo con una sonrisa pícara—. Yo solo te miro a ti. Sus palabras encendieron al animal que llevaba dentro, y las ganas de llevármela a una de las habitaciones de la casa me quemó por dentro. El resto de la fiesta fue una mezcla extraña de sensaciones. Mario no paraba de contar anécdotas vergonzosas de nuestra adolescencia, y Gala reía como si lo conociera de toda la vida. Juana corría feliz con los otros niños, y cada tanto volvía a abrazar a Gala como si ya fueran mejores amigas. Eso, lo admito, me conmovió. Verlas juntas me hacía sentir que el mundo tenía sentido. Pero aun así, cada vez que alguien se acercaba demasiado a ella, cada vez que un tipo se permitía mirarla un segundo más de la cuenta, yo apretaba los dientes. No podía evitarlo. Gala era preciosa, y esa noche, con esa blusa sencilla y esos jeans que se moldeaban a su cuerpo como hechos a medida. No necesitaba joyas ni vestidos caros. Ella sola iluminaba el lugar. Y yo… bueno, yo era un boxeador con los nudillos gastados, un tipo que sobrevivía como podía. A veces me preguntaba qué demonios veía en mí. Pero luego me miraba con esos ojos claros, brillantes, y todas las dudas se aquietaban. Cargué a Juana en brazos cuando ya no pudo más. Su cabeza se acomodó en mi hombro, el vestido amarillo arrugado por tanto jugar. Gala me siguió hasta el coche, sonriendo con esa dulzura que me desarmaba, como si vernos juntos la llenara de algo que ni ella misma terminaba de entender. El motor ronroneó suave cuando encendí el auto prestado de la señora Margarita. El camino de regreso estaba casi vacío, la ciudad apagándose a medias, con faroles solitarios alumbrando la calle. Juana iba en el asiento de atrás, con la frente pegada al vidrio y los ojos a medio cerrar. Antes de quedarse dormida del todo, murmuró con voz somnolienta: —¿Podemos ir a casa, Guille? Me quedé helado. Gala giró la cabeza hacia mí, sorprendida, y yo me concentré demasiado en el camino. —Claro, chiquita —contesté, mirándola por el espejo retrovisor—. Llevamos a Gala y luego vamos a casa. —Pero quiero que ella se quede a dormir con nosotros... —dijo, haciendo un puchero con sus labios. El silencio se instaló en el auto, solo interrumpido por la respiración tranquila de Juana. Yo podía sentir el peso de la mirada de Gala a mi lado, y mi mente comenzó a disparar en todas direcciones. ¿Había dejado los platos sucios en el fregadero? ¿Había hecho la cama? ¿Tenía ropa tirada en el sillón? Mi apartamento era un lugar muy sencillo… un sitio pequeño, sin lujos, con paredes que necesitaban pintura y muebles que parecían pedir jubilación. No era nada comparado con lo que había visto en el apartamento de sus amigos... y a lo que tal vez ella estaba acostumbrada. De pronto, me sentí como el tipo más ridículo del mundo. —Si no quieres que pase la noche contigo, no pasa nada —dijo Gala en voz baja, con tristeza en los ojos. Esa expresión me atravesó como un cuchillo. No soportaba verla pensar, ni por un segundo, que no la quería cerca. —No digas eso —respondí enseguida, sin apartar la vista del camino. Busqué la mejor forma de decir lo que sentía, sin adornos ni excusas—. Nada me haría más feliz que pases la noche conmigo… Giré apenas el rostro hacia el asiento trasero. —Y con Juana. El silencio volvió, pero esta vez era distinto. Suave, lleno de algo que me reconfortaba. Cuando me animé a mirarla de reojo, vi su sonrisa. Esa que parecía iluminar todo lo que tocaba. —No creo que Juana nos acompañe mucho tiempo —dijo Gala con picardía, señalando hacia atrás. Miré por el espejo retrovisor… mi hermanita dormía profundamente, con los labios entreabiertos, abrazada al cinturón de seguridad como si fuera su peluche favorito. Me reí por lo bajo, aliviado y nervioso al mismo tiempo. El resto del camino lo hicimos en silencio, pero no un silencio incómodo. Era de esos silencios que decían más que las palabras, que llenaban el aire con promesas no dichas. Y aunque mi estómago se apretaba pensando en lo que Gala vería al cruzar la puerta de mi casa, una certeza me sostuvo firme, muy firme… ella estaba conmigo. Y esa noche, por primera vez, iba a compartir mi mundo sin disfraces. El trayecto hasta casa se me hizo eterno. Cuando estacioné frente al edificio, Gala bajó del auto conmigo mientras yo cargaba a Juana en brazos. Mi pequeña se acurrucó contra mi pecho sin despertarse, murmurando algo ininteligible que me hizo sonreír. Subimos en silencio. El pasillo olía a sopa vieja y pintura húmeda, un recordatorio de lo lejos que estaba este lugar de los ambientes a los que Gala debía estar acostumbrada. Metí la llave en la cerradura y me estremecí con el clic que hizo. Esto era todo. Gala vería mi realidad, y solo dependía de ella qué hacer conmigo. Empujé la puerta con el hombro y encendí la luz. Mi pequeño departamento apareció tal como lo había dejado: los muebles gastados, las cortinas algo torcidas, la mesa con un par de papeles desordenados. No era un desastre, pero tampoco era digno de revista. Aun así, era mi hogar, el que Juana y yo defendíamos como podíamos. Gala miró alrededor con una curiosidad serena, sin hacer comentario alguno. Yo sentí cómo me subía el calor por la nuca, deseando haber tenido tiempo de ordenar un poco más. Llevé a Juana a su habitación. La acomodé en su cama, le quité los zapatos y le puse su pijama con cuidado para que no se enfriara. Ella ni se inmutó, respirando profundo como si estuviera en su propio paraíso. Apagué la luz de su cuarto y cerré la puerta con suavidad, regresando a la sala donde Gala me esperaba. —Tal vez no es lo que esperabas… —murmuré, inseguro. Ella me miró, y esa sonrisa me golpeó directo al pecho. —Estoy agotada —dijo con un suspiro, acercándose despacio—. Lo único que quiero es irme a la cama con mi novio. Hizo énfasis en esa última palabra como quien coloca una ficha definitiva sobre la mesa. "Novio." Esa palabra que tantas vueltas había dado en mi cabeza toda la noche, ahora dicha por ella, con una naturalidad que me hizo olvidar cada rincón humilde de este departamento. Me salió una sonrisa que no pude contener. La abracé con fuerza, hundiendo el rostro en su cabello. —Si mi princesa está agotada —susurré con tono juguetón—, entonces la llevaré en brazos. Saltó de golpe, rodeándome el cuello con los brazos y cerrando sus piernas alrededor de mis caderas. Su risa suave me acarició el oído, mezclada con el calor de su cuerpo pegado al mío. —Cansada, sí —susurró cerca de mi boca, lamiendo la comisura de mis labios con descaro—. Pero necesito tenerte dentro de mí para descansar bien. Tragué saliva, sintiendo cómo la sangre me ardía en las venas. —No hagas mucho ruido —añadió con picardía—. No quiero despertar a tu hermana. Mi sonrisa apareció sola. —Eres terrible… —murmuré contra su boca. Ella apretó más sus piernas alrededor de mí, y su mirada me dijo que esa noche la palabra “terrible” iba a quedarse corta. Y esa noche, aunque intenté ser silencioso para no despertar a Juana, comprendí que nada podría acallar lo que estábamos construyendo juntos… un murmullo de piel y susurros que ni el tiempo podría romper. "¿Y cómo iba a silenciar los gemidos de una cama vieja, que en lugar de callar parece bramar su propia historia?"
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR