Gala
El lunes llegó más rápido de lo que quería.
Apenas crucé las puerta de la facultad, sentí ese contraste brutal entre el mundo que había compartido con Guille durante las últimas semanas y la rutina de siempre.
Los pasillos estaban llenos de estudiantes con caras de sueño, carpetas en la mano y el eterno murmullo de fondo que hacía imposible distinguir una sola conversación.
Me acomodé el bolso al hombro y caminé hasta el salón. Julieta ya estaba sentada en su lugar de siempre, con un café sobre la mesa y el celular entre las manos. Cuando me vio, levantó la ceja con esa sonrisa pícara que me ponía nerviosa.
—Mira quién aparece después de un fin de semana misterioso —dijo, dejando el celular a un lado y cruzando los brazos—. No diste señales de vida, Gala. Pensé que el grandulón te había secuestrado...
Me senté a su lado, intentando disimular la sonrisa que se me escapaba.
—No fue nada de eso... —murmuré, quitándome el abrigo.
—“No fue nada de eso” —repitió, imitando mi tono, pero con ironía—. Esa cara de "recibí la føllada del año" no la tienes después de un "nada". Anda, escúpelo todo...
Me mordí el labio, aguantando la risa y el calor en mis mejillas. Juli era la única que sabía cada mínimo detalle de mi vida, incluso las cosas que no me atrevía a escribir en mi diario. A ella le confiaba todo, desde la primera vez que Guille me embrujó hasta los nervios antes de cada cita.
—Bueno… —comencé con voz baja— digamos que fue un poco más… intenso que la última vez.
Ella se giró completamente hacia mí, sin importarle que el profesor ya había entrado al aula.
—¿Intenso en qué sentido? —preguntó, casi relamiéndose de curiosidad—. ¿Dejaste que...?
Suspiré, entre horrorizada e incrédula.
—¡No! —me aclaré la garganta—. Me presentó como su novia.
—¿¡QUÉ!? —gritó, y varias cabezas se giraron hacia nosotras. Se cubrió la boca con la mano y se agachó—. Perdón, perdón… pero… ¿novia?
Asentí, sintiendo otra vez esas cosquillas en el estómago.
—Sí. En realidad fue su amigo que lo gritó primero, pero él no lo negó. Al contrario.
—¡Dios mío, Galardiel! —mi amiga me agarró del brazo con fuerza, solo me llamaba por mi nombre completo cuando estaba emocionada, o me estaba por echar una bronca—. Y tú, ¿qué hiciste?
Sonreí como una idiota.
—Lo besé. ¿Qué más podía hacer? Ese hombre me trae más loca que cierta... —susurré para que el profesor no escuchara.
—No intentes ocultarme lo demás. Se te nota en la cara que no solo fue un beso.
Sentí que las orejas me ardían.
—Prometí contártelo con lujo de detalles, ¿no? Bueno… luego de clase te lo cuento todo.
—Mejor —sonrió triunfante—, porque no pienso dejarte tranquila hasta que me ilustres tu apasionante amorío...
El timbre del receso sonó a los cuarenta y cinco minutos después y Julieta casi me arrastró del brazo hacia el patio del campus.
Me senté en el banco debajo de un árbol. Estaba ansiosa, sabía que mi amiga no me iba a dejar escapar sin contarle cada jugoso detalle. Ella sacó de su mochila una botella de agua y me la tendió como si nada. Su mirada expectante era imposible de esquivar.
—Bueno, ya esperé demasiado. Anda, suéltalo todo de una vez —dijo, golpeando la tapa de la botella con el dedo—. Y no me ocultes nada.
Rodé los ojos, aunque no pude evitar reírme. Estaba por empezar a hablar cuando escuchamos unos pasos rápidos acercándose. No tuve ni un segundo para reaccionar.
—¡¿CÓMO PUDISTE, GALA?! —la voz de Manuela cortó el aire haciendo que varias personas ya nos miraran.
Me puse de pie de un salto. Pero no alcancé a decir nada. Ella ya estaba parada sobre mí, con los ojos enrojecidos y las manos temblando a sus lados.
—¿Qué…? —balbuceé, confundida.
—¡Sabía que eras una malditâ perrâ hipócrita, pero nunca pensé que llegarías tan bajo! —gritó, empujándome con ambas manos contra el banco.
Sentí el golpe en la espalda, pero me quedé quieta, sin defenderme.
—Manu, cálmate… —intentó Julieta, poniéndose entre nosotras, pero ella la apartó de un manotazo.
—¡Cállate tú, de seguro también lo sabías! —escupió las palabras con rabia, señalándome con un dedo—. ¡Un contrato, Gala! ¿Me vas a decir que lo ibas a ocultar para siempre? ¿Que ibas a casarte con Héctor como si nada?
El aire se me atascó en la garganta.
—¿Quién te lo dijo? —pregunté en voz baja.
—¡NO IMPORTA QUIÉN! —chilló, con lágrimas corriéndole por las mejillas—. ¡Me mentiste en la cara, me usaste, y todo este tiempo te hacías la mosquita muerta! ¡Y yo defendiendo tu “amistad” cuando en realidad eres una malditâ zørra traidora!
Me empujó de nuevo, tirándome al piso. Mi muñeca se torció en la caída y el dolor me subió por el brazo como una descarga eléctrica.
—¡Siempre igual, Gala! —continuó, la voz rota entre sollozos y gritos—. ¡Tú lo tienes todo… hasta lo que yo más deseo! Y yo, como una estúpida, creyendo que eras mi amiga. ¡Pero no! ¡Eres una mentirosa, una fufurufâ que solo sabe usar a las personas… y luego sonríes, como si nada hubiera pasado!
Julieta se interpuso otra vez, plantándose firme, con los ojos ardiendo de furia.
—Basta, Manuela. —Su voz sonó seca, como un latigazo—. ¿De verdad piensas que esto es por amistad? No engañas a nadie. Estás rabiosa porque Héctor nunca te eligió. Y no lo hizo porque tú no eres Gala.
—¡Cállate! —gritó Manuela en un gruñido, pero ya se veía desarmada, con la cara desencajada por la rabia y el dolor—. Tú también estabas metida, ¿no? Seguro te reías de mí con ella.
—No, solo la protegí de alguien que nunca supo lo que significaba ser amiga —le contestó Julieta con calma venenosa.
Manuela sollozó, con el maquillaje corrido y los hombros sacudiéndose. Aún me miraba como si quisiera arrancarme la piel.
—Te odio, Galardiel. —Su voz fue un susurro envenenado—. Te juro que te voy a hacer pagar cada lágrima que estoy derramando por tu culpa. Y escúchame bien —me señaló con el dedo acusador—. Nunca serás feliz porque yo seré tu sombra.
Y se fue, tambaleando, con la respiración entrecortada.
Me quedé quieta, con el estómago hecho un nudo. Julieta, en cambio, exhaló fuerte y se dejó caer a mi lado.
—¿Viste? Sabía que esto iba a pasar. —Me miró de reojo, sin un gramo de reproche real en el tono—. No porque lo supiera, sino porque la conozco. Manuela no es tu amiga, Gala. Nunca lo fue. Y ahora ya no queda forma de ocultarlo.
Julieta me tendió la mano, pero apenas la rocé sentí un ardor insoportable. La muñeca estaba hinchada, cada movimiento me arrancaba un latigazo de dolor.
—No puedo… —susurré, conteniendo las lágrimas.
Ella no dudó. Se agachó, me rodeó por los hombros y me ayudó a incorporarme con sumo cuidado, como si yo fuera de cristal.
—Tranquila, ya pasó, ¿sí? Respira conmigo —me dijo en voz baja, mientras me acomodaba el cabello de la cara.
De pronto, escuché pasos apresurados y un grito familiar atravesó el murmullo del patio.
—¡Gala!
Pedro apareció corriendo, con la cara desencajada. Se abrió paso, empujando a los curiosos que estaban alrededor.
—¿Qué diablos pasó? —me tomó del brazo sano y se arrodilló frente a mí, examinando la muñeca con un gesto de pura rabia.
—No es momento, Pedro —lo frenó Julieta, sujetándome todavía—. Necesitamos llevarla a la enfermería.
—¿Quién fue? —repitió él, pero ya estaba poniéndose de pie para sostenerme del otro lado.
—Después —murmuré, evitando su mirada.
Pedro apretó la mandíbula, pero no insistió. Sentí la tensión en su brazo cuando me sujetó por la cintura, como si se obligara a no soltarme.
Avanzamos despacio por el pasillo. El eco de los murmullos nos seguían como un enjambre. Cada tanto alguien intentaba acercarse, preguntar, curiosear, pero Julieta levantaba la vista con un gesto tan cortante que nadie se atrevía a insistir.
Yo apenas podía sostenerme. El dolor en la muñeca me nublaba todo, pero lo que más pesaba era la humillación. El veneno en las palabras de Manuela seguía resonando en mi cabeza como una campana rota.
—No mires a nadie, Gala —me susurró Julieta—. Solo camina.
Asentí en silencio. Sentía la garganta cerrada, como si cualquier palabra pudiera quebrarme en mil pedazos.
Pedro, en cambio, era un volcán que apenas se mantenía en control. Lo sentía vibrar de furia a mi lado, los puños cerrados cada vez que alguien murmuraba demasiado cerca.
—Te lo juro, no se va a salir con la suya —masculló, tan bajo que solo yo lo escuché.
No respondí. No tenía fuerzas.
Cuando llegamos a la enfermería, Julieta empujó la puerta y me guió hasta una de las camillas. Me senté con cuidado, respirando entrecortado. Pedro se quedó de pie, cruzado de brazos, incapaz de estarse quieto.
La enfermera apareció enseguida. Una mujer menuda, con cabello recogido en un moño apretado y gafas que le resbalaban por la nariz. Apenas me vio, soltó un suspiro resignado.
—Claramente es un esguince —dijo tras observar mi muñeca—. Hay que inmovilizarla y mantenerla en alto.
Al tocarla, no pude contener un gemido. Pedro dio un paso al frente, dispuesto a apartarla, pero Julieta lo detuvo poniéndole una mano firme en el pecho.
—Está ayudando —le recordó con calma.
Yo cerré los ojos, dejando que las lágrimas se acumularan sin caer. El dolor físico era soportable; lo insoportable era el peso de la traición, la vergüenza, la certeza de que nada volvería a ser igual con Manuela.
Julieta me acarició el cabello suavemente, inclinándose para que solo yo la oyera.
—Estás conmigo, ¿sí? Pase lo que pase, aquí estoy.
Quise creerle.
Mientras la enfermera preparaba la venda, Pedro murmuró entre dientes, mirando hacia la ventana:
—Voy a encontrar al imbécil que te hizo esto. Y no pienso dejarlo pasar.
No lo dijo como un simple consuelo. Fue una promesa. Una amenaza. Y me heló el pecho, porque supe que iba en serio.
Yo, en cambio, solo quería cerrar los ojos y desaparecer por un rato, aunque supiera que esa tormenta recién estaba comenzando.