Guille
El sonido del celular me sacó de golpe del entrenamiento matutino.
Estaba en la azotea, con los guantes aún puestos y el sudor pegándome la camiseta al pecho. Miré la pantalla: el número del entrenador. Me saqué un guante para responder.
—¿Sí? —respondí, aún sin aliento.
—Cruz, buenas noticias —su voz sonaba seria, pero yo conocía ese tono; siempre lo usaba cuando traía algo grande—. Esta noche tienes pelea.
Me quedé en silencio unos segundos, como si mi cerebro necesitara procesar cada palabra.
—¿Qué...? ¿Hoy? —me pasé una mano por el cabello húmedo, con el corazón acelerado.
"¡Mierdâ! Hoy tenía una cita con Gala..."
—Hoy —confirmó, cortante—. Y escucha bien: va a ir el patrocinador a verte. Castillo es uno de los mejores. Quiere evaluarte, ver si tienes la madera suficiente para dar el salto.
El estómago me dio un vuelco. Por un instante, la azotea, el ruido del trafico a lo lejos, el zumbido de la ciudad... todo se borró. Solo existía esa frase: dar el salto. El grande. El bueno.
—Estaré ahí una hora antes —dije sin pensarlo, con la voz más firme de lo que realmente sentía.
—Eso espero. No llegues tarde. Nos vemos en El Galpón.
Cortamos. Me quedé con el celular en la mano, los nudillos aún tensos dentro de los vendajes. Una mezcla de euforia y nervios me atravesaba el pecho.
"Tengo que contárselo a Gala..." Fue lo primero que me vino a la cabeza. Ella tenía que saberlo, tenía que estar ahí.
Marqué su número con los dedos temblorosos. El tono sonó una vez, dos, tres... y nada. Volví a intentarlo, pero otra vez me mandó al buzón de voz.
Fruncí el ceño, dudando un segundo. No era típico de ella no contestar. Abrí la pantalla de mensajes y escribí rápido:
Yo: “Tengo una pelea hoy en El Galpón. Espero verte. Eres mi amuleto de la suerte.”
Lo envié. Me quedé mirando la pantalla, esperando esos tres puntitos de respuesta, el visto azul, cualquier señal. Pasaron unos segundos, después un minuto... nada.
Me mordí el labio. El entusiasmo de la llamada con el entrenador se mezcló con una punzada de inquietud.
"Tal vez está ocupada en clase y no puede contestar". Me repetí eso una y otra vez, como si la voz en mi cabeza necesitara convencerse.
Dejé el celular sobre una banca, pero no pude apartar la vista de él. Tomé la cuerda de saltar. Hice una ronda de ejercicio. Pero no podía concentrarme. Volví a tomar el teléfono, lo desbloqueé, revisé la pantalla como si en ese lapso ella hubiera contestado sin que yo lo notara.
Silencio absoluto.
Un cosquilleo incómodo me recorrió el pecho. Intenté sacudírmelo, pero justo en ese momento el celular volvió a sonar. No era Gala.
Era la escuela de Juana.
Contesté de inmediato, con un nudo en la garganta.
—¿Sí?
—¿El señor Cruz…? —la voz de la secretaria sonaba formal—. Llamamos para avisar que su hermana tiene un poco de fiebre. No es grave, pero creemos que lo mejor es que alguien de la familia venga a buscarla.
—Voy enseguida —respondí, sin dejarla terminar.
Colgué y me quedé un segundo quieto, mirando el horizonte. El entusiasmo, la preocupación por Gala, todo se mezclaba ahora con la urgencia de Juana. Y ella siempre era mi prioridad.
Me quité las vendas a toda prisa, me lavé la cara con agua fría y me puse una camiseta limpia. Agarré mi mochila y salí disparado.
El camino hasta la escuela se me hizo eterno. La ciudad seguía con su ruido de siempre, pero yo solo escuchaba el latido acelerado en mis sienes.
Pensaba en Gala, en el mensaje que seguía sin respuesta, en la pelea de la noche, en Juana esperándome con fiebre. Todo al mismo tiempo, como si el universo se hubiera confabulado para probarme justo hoy.
Cuando llegué, la vi en la puerta de la dirección, sentada en una silla baja. Tenía la cara sonrojada y los ojos brillosos. Me sonrió apenas me vio, pero esa sonrisa me partió el alma porque era débil, cansada.
—¿Qué pasó, enana? —me agaché a su altura, tocándole la frente con la mano—. Estás ardiendo.
—Me duele la cabeza —murmuró.
La tomé en brazos, sin importarme las miradas de las maestras que se habían acercado.
—Gracias por avisar —les dije con un gesto rápido, y me la llevé.
Juana apoyó la cabeza en mi hombro durante el trayecto. Sentí su respiración cálida contra mi cuello, pesada, como si el sueño la venciera.
—No te preocupes, ya estás conmigo —le susurré mientras caminaba.
Llegamos al departamento y la acosté en la cama, poniéndole una manta ligera encima. Fui a la cocina, preparé una taza con agua y la dejé para buscar el analgésico infantil que tenía guardado.
Mientras tanto, volví a revisar el celular. Nada. Gala seguía sin responder.
Me pasé una mano por el cabello, frustrado. No quería pensar mal, pero algo en mi pecho no me dejaba tranquilo. Y sin embargo, al mirar a Juana dormida, su frente húmeda por la fiebre, supe que en ese momento lo único que podía hacer era estar ahí para ella.
La pelea sería en unas horas, el patrocinador estaría allí, Gala... no lo sabía. Pero Juana era mi presente inmediato.
Me senté a su lado, acariciándole el cabello mientras se acomodaba bajo las sábanas. Ella era todo lo que tenía. No conocía tíos, ni primos, nadie más de nuestra familia. Le prometí a mi madre, en su lecho de muerte, que cuidaría a Juana con mi vida.
Y esa promesa la llevo grabada en mi alma... Hasta el día que ya no esté.
(...)
Afuera, el sol comenzaba a caer, tiñendo el cielo de un naranja inquieto. Yo tenía que estar en El Galpón en una hora, pero por primera vez, lo sentí como un peso.
Porque mi hermana, que ya había bajado la fiebre, me necesitaba, y ella siempre sería mi primera pelea.
Estaba sentado en la silla, al lado de la cama de Juana, cuando vi la notificación. Un mensaje...
Gala: “¡Claro! No faltaría a una de tus peleas.”
Lo releí varias veces, con una sonrisa que me brotó sola.
El alivio me recorrió el cuerpo como si alguien hubiera abierto una ventana después de horas de encierro. Quise contestarle enseguida, decirle cuánto la necesitaba, cuánto me tranquilizaba saber que estaría ahí… pero justo en ese instante golpearon la puerta.
Me levanté, un poco molesto por la interrupción, y al abrir me encontré con la señora Margarita. Llevaba su delantal de flores y me saludó con ese gesto maternal que tanto extrañaba de mamá.
—Me enteré de que Juanita está enferma —dijo, entrando sin esperar invitación—. ¿Cómo sigue?
—Mejor, mucho mejor —respondí, bajando la voz—. Ya no tiene temperatura. Comió un poco y ahora está dormida.
Margarita asintió con alivio y dejó su bolso en la mesa.
—Bien. Entonces yo me quedo aquí. No te preocupes, Guille. Tú ve a lo que tengas que ir, yo la cuido.
—Apenas termine la pelea, vuelvo a casa —le aseguré.
Ella me palmeó el hombro, con una sonrisa tranquila.
—No te angusties. Juana está en buenas manos.
Me quedé un momento mirándolas a las dos. Margarita, ya se acomodaba en la cocina como si fuera suya, y Juana dormía profundamente con las mejillas sonrojadas.
Entonces supe que podía irme sin miedo.
Tomé mi mochila y salí rumbo a El Galpón.
El trayecto hasta allí fue distinto. No era solo una noche más. El aire frío de la ciudad me golpeó el rostro. En lugar de calmarme, me mantenía alerta. Mi corazón iba a un ritmo acelerado que no tenía nada que ver con el ronroneo de mi motocicleta.
El Galpón era famoso en el barrio. Estaba alejado del centro y los policías hacían la vista gorda del lugar. Pero detrás de esa fachada se escondía un mundo de apuestas clandestinas, peleas sangrientas y sueños que podían hacerse pedazos en un solo asalto.
Empujé la puerta lateral, donde un guardia enorme me dejó pasar al reconocerme. El interior estaba iluminado por lámparas amarillas colgadas. El olor a sudor, humo y cerveza era parte de la personalidad del lugar.
La gente ya empezaba a llenar las gradas alrededor del cuadrilátero. El murmullo era denso, cargado de expectativa.
En los corredores ya estaban los tipos levantando las apuestas.
Algunas de las mujeres reían demasiado fuerte, intentando llamar la atención.
Varios de mis colegas estaban calentando los músculos.
Mi entrenador me esperaba de brazos cruzados en la puerta del vestuario. Sabía que estaba enojado por la seriedad en su rostro.
—Llegas apenas a tiempo —dijo a modo de saludo—. Ven, quiero presentarte al patrocinador.
Lo seguí hasta la zona VIP. Allí, un hombre de traje oscuro -de seguro quien venía a verme hoy- se mantenía erguido, seguro de sí mismo. Se veía de un poco más de cincuenta años, cabello canoso peinado hacia atrás, el rostro anguloso y unos ojos fríos que parecían evaluar cada detalle; del lugar y de mí.
—Él es Arturo Castillo —dijo Eduardo, con un respeto que pocas veces le escuchaba—. Es el patrocinador. Ha visto algunos de tus videos y quiere evaluarte en persona.
Arturo me tendió la mano. Su apretón fue firme, medido, y sabía que su evaluación ya había comenzado.
—Guillermo Cruz, ¿verdad? —su voz era grave, sin rastro de emoción.
—Sí, señor —respondí, intentando sonar seguro mientras le estrechaba la mano.
Me observó un segundo más, como si me midiera en una balanza invisible. Luego asintió.
—Me gustó lo que vi de ti —dijo—. Tienes coraje. No es suficiente, pero es un comienzo.
Mi entrenador disimuló su sonrisa. Yo, en cambio, sentí que el estómago se me encogía y se expandía al mismo tiempo. Era una mezcla rara de orgullo y presión.
—Esta noche quiero verte concentrado —continuó Arturo, clavándome la mirada—. La disciplina y la resistencia pesan tanto como la precisión de los golpes. Si no puedes mantenerte firme bajo presión, no hay futuro en este negocio.
Asentí, tragando saliva.
—Lo entiendo.
—Bien. Entonces, demuéstralo.
Se apartó con un gesto de cabeza, como si ya hubiera decidido todo y al mismo tiempo no hubiera decidido nada.
El ruido del público comenzaba a crecer, las apuestas se multiplicaban, y yo sentía cómo el peso de esa noche se me clavaba en la espalda. Arturo Castillo estaba aquí, viéndome. Evaluándome. Y yo no iba a fallar.
Pensé en Gala, en su mensaje. "Claro, no faltaría a una de tus peleas." ¡Dios! ¡Si supiera cuánto la necesitaba ahora mismo. Ella iba a estar ahí. Eso me bastaba.
Respiré hondo, cerré los puños y seguí a mi entrenador hacia el vestuario.
El destino acababa de golpear la puerta, y yo estaba a punto de abrirla de par en par.