Gala
El murmullo del público se escuchaba desde afuera. El Galpón estaba más concurrido que nunca. Bastaba acercarse al local para sentir la vibración de la música y el bullicio de las apuestas.
Julieta me apretó la mano con entusiasmo.
—¿Lista para ver a tu Romeo en el cuadrilátero? —susurró, con una sonrisa traviesa.
Rodé los ojos, aunque no pude evitar sonreír.
—No digas tonterías.
—¿Tonterías? —intervino Pedro, acomodándose la chaqueta con exageración—. Si el grandulón pelea la mitad de lo bien que te hace suspirar en la cama, esta noche va a arrasar.
Le lancé una mirada fulminante, pero Julieta soltó una carcajada que atrajo las miradas de la fila. Bajé la mirada, escondiéndome detrás de mí cabello antes de que alguien me reconociera.
Si bien no era un sitio para aparecer con ligereza, ya lo había hecho en otras oportunidades. Pero claro, nunca había llamado la atención, no cuando mi padre tenía ojos en todas partes.
Apenas cruzamos las puertas, el aire cambió. El lugar estaba abarrotado: gradas llenas de personas, pasillos dónde se corrían las apuestas, gritos de emoción mezclados con maldiciones. Todo vibraba, como un animal enjaulado listo para desatarse.
—Vaya... —murmuró Julieta, observando alrededor con los ojos desorbitados—. ¿Hay algún evento especial hoy o todas esas chicas vinieron por tu galán?
—Cállate y camina —susurró Pedro, pero se detuvo en seco.
Lo vi endurecer la expresión, con los ojos fijos en un rincón.
—¿Qué pasa? —pregunté nerviosa.
Él me agarró del brazo y me empujó hacia un costado, casi estampándome contra la pared.
—¡Ey! —me quejé, pero la tensión en su mandíbula me congeló.
—Tu padre —masculló entre dientes.
El estómago se me cayó como piedra. Seguí su mirada y lo vi: Arturo Castillo, impecable en un traje oscuro, rodeado de hombres que, claramente, no estaban ahí solo para divertirse.
Estaba segura de que nadie sabía que él estaba allí. Su presencia hubiera apaciguado el caos del lugar, él era como una mancha de autoridad en medio del desorden.
—No puede ser... —susurré, llevándome las manos al rostro.
—Pues lo es —dijo Julieta, pegándose también contra la pared—. Y tiene cara de que no vino a apostar un par de billetes.
—¡Nos va a ver! —sentí que la respiración se me aceleraba. Las manos me sudaban, y el corazón amenazaba con salirse de mi pecho. El vértigo me subió por el estómago.
"¡Dios! Si me ve, me va a matar..."
Pedro se movió hacia mí tratando de ocultarme de la vista de cualquiera.
—¿Quieres morir esta noche, Gala? Porque yo no pienso explicarle a tu padre que su niñita viene a ver peleas clandestinas mientras sale con un boxeador amateur.
—¡Baja la voz! —le recriminé, empujándolo con el codo.
Julieta trataba de contener la risa, aunque sus ojos estaban atentos a cualquier movimiento de mi padre.
—Bueno, al menos ahora entiendo por qué siempre quieres pasar desapercibida. Ese hombre me da escalofríos.
—No es gracioso, Juli —murmuré, queriendo volverme pequeñita para desaparecer.
Pedro miró hacia un pasillo y lo señaló con la cabeza.
—Por ahí. Si nos movemos ahora, podemos escapar.
—¿Y si nos ve? —pregunté, con la voz más baja de lo que pretendía.
Pedro me tomó del hombro y forzó una sonrisa.
—Entonces improvisamos. Pero de momento, escóndete detrás de mí. Con mi tamaño y mi carisma, te aseguro que no verá a nadie más que no sea mi hermoso porte.
Julieta soltó una risita nerviosa y me empujó con una mano en la espalda.
—Vamos, antes de que tu papá gire la cabeza.
Y así, con el corazón en la garganta, terminé atrapada detrás de mis amigos en medio del ruido ensordecedor, intentando pasar inadvertida en el único lugar donde jamás debería haber estado.
Pedro me llevaba casi a rastras cuando de pronto Julieta se detuvo en seco, tirando de mi manga.
—¡Mierdâ! —susurró, tapando el insulto con la mano en la boca.
Seguí su mirada y ahí estaba: Manuela. Entró caminando como si estuviera en su propia casa, con el maquillaje impecable y el gesto crispado. No venía sola; otra chica caminaba a su lado, hablándole en voz baja, aunque con sus ademanes, ya podíamos intuir de qué hablaban.
Nos escondimos tras una columna, lo bastante cerca como para escuchar.
—¿Estás segura de que es aquí? —preguntó la otra chica.
—Segurísima —respondió Manuela, con veneno en cada sílaba—. Ese idiota de Guillermo pelea esta noche y voy a ser yo quien le abra los ojos. Gala no va a salirse con la suya.
Sentí cómo se me helaba la sangre. Julieta me agarró de la muñeca sana, como si temiera que me desplomara ahí mismo.
—Manu, pero… ¿qué le vas a decir? —insistió la chica.
—La verdad. Que ella no es la princesita dulce que finge ser. Que está comprometida con Héctor. Que todo esto es una farsa y solo lo está usando para darle celos a su futuro esposo. Porque ¿qué otra cosa puede hacer una niña rica como ella con un don nadie? —Manuela escupía cada palabra con odio puro.
Un nudo me apretó el estómago. El pánico me subió a la garganta y tuve que cubrirme la boca para no soltar un gemido.
—Y lo peor es que no tiene idea. —Manuela rió sin alegría—. Pobre iluso.
La otra bajó la voz, pero alcanzamos a oír:
—Me dijeron que está en los vestidores.
—Perfecto —replicó Manuela, girando hacia el pasillo que conducía a ese lugar.
Pedro reaccionó de inmediato, parándose frente a nosotras.
—Yo me encargo —dijo con determinación—. Voy a entretenerla para que ustedes lleguen primero.
—Pedro… —intenté detenerlo, pero me cortó con un gesto firme.
—Tú corre, Gala. Si la dejas llegar antes, él se entera de la peor forma.
No lo pensé dos veces. Julieta me tomó de la mano y las dos corrimos por el pasillo contrario, esquivando a la gente, tropezando con los borrachos que se interponían. El corazón me golpeaba el pecho como un tambor, el aire se me escapaba a bocanadas, pero solo pensaba en una cosa: llegar antes que Manuela.
Cuando por fin doblé la esquina hacia los vestidores, lo vi.
Guille estaba ahí, sentado en el banco, vendándose las manos mientras su entrenador preparaba las toallas. Al levantar la vista y verme, sonrió. Pero la sonrisa se le borró de inmediato cuando me escaneó.
—¡Gala! —se levantó de golpe al notar el vendaje en mi brazo. Se acercó y me sostuvo con delicadeza—. ¿Qué te pasó?
—Me caí en clases —mentí rápido, sonriendo con nervios—. No te preocupes. Por suerte pude llegar a tiempo.
Él me miró unos segundos más, buscando señales en mi rostro, pero al final suspiró y acarició mi mejilla con el pulgar.
—Me asustaste. No respondiste mis llamadas, demoraste para responder un mensaje...
—Lo sé. Perdóname. —Le devolví la caricia con la mano buena, perdiéndome en el brillo de sus ojos.
Él me sonrió. Y en esa sonrisa me hizo olvidar el mundo, a mi padre, incluso a Manuela que todavía estaba rondando por ahí.
Me acerqué, lo besé con urgencia, teniendo el presentimiento de que sería uno de nuestros últimos encuentros. Guille respondió con la misma intensidad, rodeándome la cintura, apretándome contra él. Sentí sus latidos acelerados, igual que los míos.
—No sabes las ganas que tengo de llevarte a casa ahora mismo —susurró contra mis labios, y yo me derretí.
—Entonces sal ahí, gana y luego te doy tu premio —le respondí, mordiéndole el labio inferior.
—Con esa motivación, será mejor que termine cuánto antes... —susurró, apretándome contra él.
Nos perdimos en otro beso de esos que te derriten el alma, hasta que la voz de su entrenador nos devolvió a la realidad.
—Cruz, es hora.
Él se despidió con un beso breve y dulce. Y después se apartó, ajustándose la bata mientras salía hacia el cuadrilátero.
Yo me quedé en la puerta, con el corazón latiendo desbocado y la certeza de que lo que estaba por venir iba a cambiarlo todo.
Apenas salí de los vestidores, escuché la voz de Julieta llamándome.
—¡Aquí!
Ella apareció entre la multitud, esquivando gente como una experta. Me abrazó fuerte, como si hubiera corrido media ciudad buscándome. Pedro venía detrás, con una sonrisa socarrona que me descolocó.
—¿Dónde estabas? —pregunté, todavía nerviosa—. ¿Y Manuela?
Pedro se rió, pasándose una mano por el cabello.
—No te preocupes, ya se fue.
Julieta arqueó una ceja.
—¿Cómo que ya se fue?
—Digamos que recibió una llamada muy oportuna —dijo él con un brillo travieso en los ojos—. Al parecer, su casa tuvo un pequeño incidente con las cañerías y todo se inundó.
Me quedé boquiabierta.
—¿Qué…?
Julieta lo miró igual de incrédula.
—¿Te atreviste a tanto?
Pedro se encogió de hombros, divertido.
—Ya saben... tenía unos amigos que me debían unos favores... Además, se lo merecía por lo que te hizo.
El peso en mi pecho se alivió de golpe. Sentí que la tensión se desinflaba y, sin poder evitarlo, solté una carcajada. Julieta también terminó riendo, llevándose la mano a la frente.
—Eres un lunático, Pedro —dijo entre risas—, pero te adoro.
—Lo sé —contestó él, inclinándose con falsa modestia.
Los tres reímos juntos, como si la tormenta se hubiera disipado por un instante. Esa burbuja de alivio me sostuvo mientras nos abríamos paso hacia las gradas.
Cuando por fin logré encontrar un hueco para poder ver al cuadrilátero sin que mi padre me viera, Guille se subía al ring.
La bata colgaba de sus hombros, sus manos vendadas listas, y su mirada fija en el rival que calentaba en la esquina contraria. La multitud rugía alrededor, las apuestas seguían de un lado a otro, pero yo solo lo veía a él.
Entonces, como si me sintiera, Guille levantó la vista. Nuestros ojos se encontraron entre el caos. Él sonrió de lado, guiñándome un ojo.
El aire se me atascó en el pecho. Sonreí de inmediato y, sin pensarlo, le lancé un beso con la mano buena. Vi cómo sus labios se curvaron un poco más, y supe que me había visto.
El presentador comenzó a gritar el nombre de cada peleador, agitando al público, mientras los jueces se acomodaban en sus asientos. Yo apreté las manos, rezando en silencio.
La campana estaba a punto de sonar.
Julieta me dio un codazo.
—Respira, mujer. Él puede con todo.
Asentí, aunque mis nervios no me dejaban en paz. Miraba a Guille como si al contemplarlo pudiera robarle un poco de su fortaleza.
—Voy a buscar unos tragos para aliviar la situación —murmuró Pedro, sin apartar la vista de la pelea. Julieta se le unió.
Justo cuando el primer golpe de la campana vibró en todo El Galpón, sentí un tirón brusco en el brazo.
—¡Ah…!