Guille
La campana sonó y el rugido del público llegó a mis oidos, aún más profundo. El ring se encogió hasta volverse el único lugar que existía... Mi lugar.
El rival dio el primer paso. Era alto, fornido, con la mandíbula dura y una mirada que prometía guerra.
Me moví al centro, con la guardia alta, tanteando con un par de directos rápidos la distancia. El primero no entró, el segundo apenas le rozó la barbilla.
Respondió con un gancho lateral que me golpeó la sien. El impacto me hizo ver un destello blanco.
"Respira, aguanta".
Me cubrí y avancé con otro directo al rostro. Esta vez lo sentí limpio, el golpe dio directo a su pómulo. La gente gritó, pero él apenas retrocedió un paso y me golpeó el cuerpo con un ascendente que me sacó el aire de los pulmones.
—¡Controla la distancia! —gritó Eduardo desde la esquina.
Asentí en mi interior, aunque apenas me salía el aire. Subí la guardia y giré en círculo, midiendo. Él volvió a lanzarse con un recto largo, pero lo esquivé y le solté una combinación: directo al rostro, gancho al costado y otro jab al mentón.
El sudor me chorreaba por la frente, el labio me sabía a hierro. Cada golpe que bloqueaba me ardía en los brazos, cada vez que me encontraba el cuerpo, sentía el hígado protestar.
Nos enredamos en un intercambio brutal. Él me cazó con un gancho a las costillas que me dobló un segundo, pero respondí con un ascendente bajo al mentón que lo tambaleó. El público rugió como una bestia hambrienta.
Lo vi respirar más pesado. Sus hombros empezaban a caer. Era mi momento.
Avancé, encadenando golpes: un directo para abrir guardia, otro al rostro, y un gancho fuerte al costado que lo hizo gruñir. Intentó contestar con un derechazo largo, pero ya lo había leído. Me agaché y lo golpeé otra vez al cuerpo.
El ruido era ensordecedor. Cada golpe que acertaba parecía levantar un coro de gritos.
Mi rival lanzó un manotazo desesperado, un recto cargado de fuerza. Me alcanzó la nariz y sentí la sangre chorrear de inmediato.
Me obligué a retroceder, mareado, pero mantuve la guardia alta.
"Aguanta. Respira. Vuelve a entrar."
—¡No bajes las manos, Cruz! —gritó mi entrenador.
Apreté los dientes y avancé. Le solté un directo, luego otro, y cuando bajó la guardia para cubrirse el abdomen, giré la cadera y lo alcancé con un gancho ascendente que le levantó la cabeza.
Supe que eso era todo.
El público estaba de pie, nunca dejo de gritar mis golpes.
—¡Vamos, Cruz! —escuché a lo lejos.
No le di respiro. Otro directo, otro gancho lateral, un golpe seco al cuerpo. Se tambaleó, doblándose sobre sí mismo.
El último golpe fue un ascendente con todo lo que tenía. Lo vi caer de rodillas, la mirada perdida en el techo del local.
El árbitro empezó a contar.
—¡Uno… dos… tres…!
El hombre intentó levantarse, pero sus piernas no respondieron. Respiraba con dificultad, derrotado. Se desplomó otra vez contra la lona.
—¡Diez!
La campana sonó.
Solté un grito ronco, levantando los brazos. El sudor me corría, la sangre me manchaba el labio, y cada músculo me ardía como fuego. Pero había ganado.
El Galpón explotó en vítores y rápidamente se fueron a cobrar las apuestas. Los rostros se agitaron como un mar enloquecido, pero yo solo busqué uno.
A Gala. Mi rubia, mi amuleto de la suerte.
La había visto antes de subir al ring. Su sonrisa, el beso que me lanzó al aire, habían sido mi motor. Pero ahora, entre la multitud que coreaba mi apellido y se arremolinaba alrededor del cuadrilátero, no la encontraba.
—¿Dónde estás? —murmuré entre dientes, mientras caminaba hacia la esquina.
Salté por las cuerdas, limpiándome el sudor con la toalla que me alcanzó el entrenador. Escaneé de nuevo las gradas. Nada. Ni rastro de ella ni de sus amigos. Una punzada incómoda me atravesó por completo.
Estaba por apartar a un par de tipos que me felicitaban para ir a buscarla cuando una mano pesada me frenó en seco.
—Vamos, Cruz —dijo Eduardo, tirando de mi brazo—. El señor Castillo ya tiene veredicto.
—Pero… —intenté protestar.
—Después —me cortó, con ese tono que no dejaba espacio a discusión.
Resoplé, ahogando la frustración. Me acomodé la bata que él me tendió sobre los hombros y lo seguí a través de los pasillos. El humo sofocante, los cobradores de apuestas y los saludos constantes nos rodeaban. La atmósfera, aún vibrante, estaba saturada por la euforia de la pelea.
Caminamos de nuevo a la zona VIP del Galpón, donde el bullicio parecía apagarse de golpe. Allí estaba él.
Arturo Castillo.
Pero ahora no estaba solo. A su alrededor, un par de hombres trajeados mantenían a raya a los curiosos.
Se giró apenas al vernos.
—Bueno —Su voz grave resonó con calma, como si no le afectara en lo más mínimo saber que tenía mi destino en sus manos—. Me gustó lo que ví, Cruz.
Mi entrenador asintió, orgulloso.
—La verdad es que se lució.
Arturo me evaluó unos segundos, de arriba abajo, sin prisa.
—Eres interesante —dijo al fin—. Tienes buena técnica, aunque todavía eres un diamante en bruto. Pero veo en ti todo lo que estoy buscando.
Sentí un calor recorrerme la espalda. El halago venía de un hombre al que todo el mundo en este ambiente respetaba.
—Gracias, señor —respondí, serio, sin saber qué más decir.
Él asintió, como si ya supiera de antemano mi respuesta.
—Quiero que hablemos en detalle. Hay un contrato que podría interesarte. Quiero ver hasta dónde puedes llegar si cuentas con los recursos adecuados.
Me quedé en silencio un momento. Todo mi cuerpo estaba cansado, golpeado, pero esas palabras me devolvieron la energía como un latigazo.
—Será un honor —respondí al fin, con firmeza.
—Bien. Mi asistente se pondrá en contacto con ustedes para coordinar la reunión. —Se acomodó el puño de la chaqueta, con un gesto medido.
Yo estaba inmóvil, apenas podía respirar de la emoción.
—Otra cosa, este sábado por la noche organizo una fiesta benéfica. Quiero que vengas. Tú y tu entrenador. Conocerás a gente importante, abrirás puertas. No faltes —concluyó, su voz dejaba entrever que no era una invitación, si no una orden.
Sentí la mirada de mi entrenador clavada en mí, casi incrédula. Una invitación o orden, así no era común.
—Estaremos allí —respondió él en mi lugar, dándome un codazo disimulado para que no cometiera la estupidez de dudar.
Arturo esbozó una sonrisa apenas perceptible. Luego sacó un sobre de su chaqueta y me lo tendió.
—Considéralo un adelanto.
Lo tomé, sorprendido. El papel crujió entre mis dedos. Abrí apenas una esquina y vi billetes. Muchos.
—Aquí hay… —me detuve, confundido—. Esto es más del triple de lo que gané en la pelea.
—Correcto —dijo con naturalidad, como si no fuera gran cosa—. Lo llamo propina por el espectáculo.
Me quedé sin palabras. Nunca había visto tanto dinero junto, no en mis manos. Una parte de mí quería saltar de alegría, la otra no sabía cómo reaccionar ante tanta generosidad repentina.
—Gracias, señor Castillo —logré decir, tragando saliva.
Él inclinó la cabeza.
—Descansa, Cruz. El sábado hablaremos en otro escenario. Quiero ver si fuera del ring eres tan convincente como dentro de él.
Me quedé allí, apretando el sobre entre mis manos, mientras él se daba la vuelta y desaparecía entre su séquito.
El ruido del Galpón volvió a golpearme, los vítores, las carcajadas, el olor a sudor y humo. Pero en mi mente todo era un torbellino de emociones mezcladas: el contrato, la invitación, el dinero… y lo más importante Gala, a quien seguía sin encontrar.
El triunfo en el ring sabía dulce, pero en el fondo, sin ella cerca, había quedado un vacío que ni todo ese dinero podía llenar.
Llegué a los vestidores, aún jadeando, y saqué el celular de la mochila. Marqué su número con dedos temblorosos. El tono sonó una vez, dos, tres… hasta que la llamada se cortó. Lo intenté otra vez, con el corazón golpeando contra mis costillas. Nada.
Me pasé una mano por el cabello empapado de sudor, frustrado. ¿Cómo podía haberse esfumado así?
Estaba por volver a marcar cuando la pantalla se iluminó con un mensaje entrante.
Gala.: "Lo siento, mi amiga tuvo un inconveniente y tuvimos que irnos. No podía quedarme, pero te vi ganar. Estuviste increíble. Te espero en tu casa.”
Releí esas palabras varias veces, como si necesitara convencerme de que eran reales. La tensión en mi pecho se alivió apenas un poco. Ella me había visto. Había estado ahí. Y lo mejor de todo… me esperaba.
Guardé el sobre en el bolso y apreté el celular en la mano.
—Ya voy, Gala… —murmuré, con una sonrisa cansada.
El ruido del Galpón quedó atrás mientras caminaba hacia la salida. Lo único que importaba ahora era volver a casa, abrir la puerta y encontrarla allí.
Porque, después de todo lo que había vivido, lo único que deseaba era verla, perderme en sus brazos y recordar que esa pelea… como las que aún me esperaban… no era solo por mi hermana ni por mí, sino también por ella.
Por un mañana para nosotros.