Capítulo 17: Pagar el precio

1750 Palabras
Gala Alguien me jalaba hacia atrás, hundiéndome entre la multitud. No era Pedro, no era Julieta. Un agarre duro, desconocido, me obligó a girar. Solo alcancé a ver la silueta de un hombre a mi lado, sujeta a mi brazo con fuerza, mientras Guille lanzaba su primer golpe en el ring, sin saber lo que ocurría entre las sombras. Mi brazo ardía dónde la mano me apretaba. Todo ocurrió demasiado rápido. El ruido del Galpón; los gritos del público y la campana del ring, fueron la cortina perfecta para silenciarme. —¡Suéltame! —protesté, intentando resistirme. Pero el agarre era brutal. Me empujaron por un pasillo oscuro hasta chocar contra una puerta metálica. El hombre la abrió de un golpe y me lanzó adentro. El olor a humedad y cloro me golpeó: estábamos en un baño, frío, con las luces parpadeando. Lo vi de frente entonces. Héctor. Sus ojos estaban cargados de rabia. Su postura era la de un gorila a punto de destrozarlo todo. —Por fin a solas —escupió, cerrando la puerta tras de sí y bloqueándola con su espalda. El estómago se me encogió. —¿Qué haces aquí? —intenté sonar firme, aunque la voz me temblaba. —¿Qué hago aquí? —rió, pero no había alegría en ese sonido. Se acercó en una zancada, arrinconándome contra el lavamanos—. Te estoy buscando a ti, Gala. ¿De verdad creíste que podías esconderte? Su mano subió a mi rostro sin permiso. Intenté apartarla, pero me sujetó la barbilla con fuerza, inclinándome hacia él. —Eres mía —gruñó, y antes de que pudiera reaccionar, me besó. El sabor a alcohol y tabaco me revolvió el estómago. Luché, pataleé, pero su cuerpo era demasiado fuerte. La desesperación me atravesó como un rayo. Abrí la boca y lo mordí con todas mis fuerzas. —¡Ah! —gruñó, apartándose de golpe. Se llevó la mano al labio, que sangraba—. Maldita zorra… Aproveché el momento y lo empujé con el hombro, pero apenas me moví un paso cuando él me tomó por la cintura, aplastándome contra la pared. Sus manos descendieron a mi cuerpo con violencia, intentando atraparme por donde pudiera. —Héctor, basta —jadeé, con lágrimas ardiéndome en los ojos—. ¡Aléjate! —¿Basta? —susurró, desquiciado—. No tienes idea de lo que quiero hacerte. Y tarde o temprano, me vas a obedecer. El pánico se transformó en rabia. Cerré el puño de mi mano buena y lo lancé directo a su rostro. Sentí el impacto seco contra su pómulo y al mismo tiempo un dolor insoportable explotó en mi mano. —¡Malditâ sea! —grité, apretando los dientes mientras el dolor me quemaba los nudillos. Héctor retrocedió un paso, pero no cayó. Se quedó de pie, mirándome con el labio sangrando y el ojo titilando por la caricia. Y entonces, se rió. Una carcajada grave, oscura, que me heló la sangre. —¿Eso fue todo? —se limpió el labio con el pulgar, examinando la sangre—. Buen intento, princesa. Pero deberías saberlo: yo soy el mejor boxeador. Me quedé temblando, con la espalda contra la pared, incapaz de moverme. Pensé en Guille en el cuadrilátero... "ojalá tuviera su fuerza ahora..." —Eres un enfermo… —escupí, intentando mantener la dignidad. Él se inclinó, tan cerca que pude sentir su respiración caliente contra mi oído. —Ahora que tu padre volvió —susurró, casi con placer—, lo convenceré de que adelante la fecha del contrato. Y tú sabes muy bien lo que pasa cuando no obedeces, ¿no, Gala? Sentí un escalofrío recorrerme la columna. “No, todavía no, todavía no estoy lista para perderlo todo”, quise gritarle, pero la voz se me atascó en la garganta. Héctor se enderezó, satisfecho con mi reacción. Me miró de arriba abajo con una sonrisa torcida y se dirigió a la puerta. —No necesito aprovecharme de ti, cuando en unas semanas más estarás bajo mi control y te daré tan duro que tú linda boquita gritará mi nombre —sonrió aún más—. Nos vemos pronto, prometida. Y se fue. La puerta se cerró con un golpe estridente, dejándome sola en el baño. Jadeé temblando, con la mano palpitando de dolor y el alma encogida. Apoyé la frente contra el espejo resquebrajado. El reflejo me devolvía una imagen que apenas reconocía: ojos desorbitados, labios hinchados, el vendaje torcido en un brazo y la otra mano cortada por el golpe. Las lágrimas cayeron sin permiso. No por debilidad, sino por la rabia de saber que, aunque me había defendido, él era más fuerte que yo. Y que el muy desgraciado tenía poder sobre mí. Respiré hondo, obligándome a recomponerme. No iba a dejar que me viera derrotada. No iba a darle esa satisfacción. Me mojé el rostro, secándome con una toalla de papel y salí del baño, decidida a no permitir que Héctor ni nadie más dictara mi destino. Estaba cansada. A veces me preguntaba por qué seguía allí. Tenía veintidós años, podría haber hecho mi vida lejos de ese mundo, cambiar de ciudad, desaparecer en cualquier rincón del mundo. Podría haberlo intentado... Pero no lo hice. No porque me importara el dinero, ni la herencia, ni el apellido. Todo eso era humo. No me quedaba por la comodidad ni por los lujos que arrastraba la sombra de ser hija de Arturo Castillo. La verdad era mucho más cruel. Yo ya lo había intentado una vez. Tenía diecinueve años cuando junté el valor. Una beca en el extranjero, planes con mamá, ilusiones que parecían reales. Habíamos decidido escapar juntas, aunque no lo dijéramos en voz alta. Ella me ayudó a preparar una maleta y a soñar con un lugar donde no existieran contratos ni cadenas. Donde yo pudiera ser solo Gala. Pero no llegamos lejos. La noticia llegó una tarde antes del viaje… mamá había tenido un accidente. Su coche derrapó en una curva… Supuestamente había perdido el control. Murió con el impacto. No sobrevivió. El mundo se me desmoronó. Yo quería creer en la palabra “accidente”, aferrarme a ella, a qué era cosa del destino, que su momento había llegado. Pero no fue así. Porque cuando volví a casa, mi padre me estaba esperando en la sala. No había ni una pizca de dolor en sus ojos. Ni una lágrima por la mujer que había compartido con él tantos años. Solo me miró con esa calma gélida que lo caracterizaba y dijo: —¿Ves lo que pasa cuando me desobedeces? Todavía hay personas a las que amas por ahí afuera. No me tientes, Galardiel. Me desplomé en el suelo, ahogada por un miedo que todavía me persigue. No tuve que preguntarle si había tenido algo que ver. No tenía pruebas pero tampoco tenía dudas. Bastaba con su mirada. Con su advertencia. Con la certeza de que él era capaz de cualquier cosa. Ese día entendí que no se trataba de herencia ni de poder. Se trataba de supervivencia. Porque si yo me iba, alguien más pagaría el precio. Podría ser Julieta. Podría ser Pedro. Y ahora... podría ser Guille o Juana. Y no iba a permitir que eso ocurriera. Desde entonces, cada movimiento que daba estaba pensado. Controlaba cada palabra que decía. No vivía, sobrevivía. Un juego constante entre mantenerme en pie y no provocar al monstruo que me había tocado como padre. Me lo repetía todas las noches: algún día lo dejaré atrás. Algún día sería libre. Pero no hoy. No mientras él siguiera teniendo el poder de arrancarme lo poco que me quedaba. Por eso, aunque el mundo creyera que era una joven rica atada a un apellido por capricho o ambición, la verdad era mucho más cruel… me quedaba por miedo por salvar a los que amaba… Aunque intenté alejarlos de mi vida… jamás se fueron. Ya había perdido a mamá. Nuestro único vínculo… Si fue capaz de arrancarle la vida, nada me garantizaba que no siguiera con mis amigos. No iba a arriesgarme a perderlos. A ninguno de ellos. Las lágrimas no dejaban de caer, aunque me las limpiara con la manga una y otra vez. Julieta y Pedro me encontraron saliendo del pasillo, con la cara hecha un desastre y las manos temblando. —Gala… —susurró Juli, estirando los brazos hacia mí. Negué con la cabeza. No podía hablar. No podía contarles lo que había pasado. Si abría la boca, me iba a romper en mil pedazos. —¿Me llevan hasta casa de Guille? —pregunté al fin, con la voz rota, casi un sollozo. No hicieron preguntas. No intentaron presionarme. Solo asintieron. Pedro pasó un brazo por mis hombros, firme, y me guió hasta el auto estacionado a unas calles. El camino fue en silencio. El motor ronroneaba bajo, las luces de la ciudad pasaban rápidas por la ventanilla como sombras, y yo apenas respiraba. Julieta me alcanzó un pañuelo sin decir nada, y ese gesto, tan pequeño, me arrancó un "gracias" de los labios. La muñeca que me había torcido con el empujón de Manuela ardía cada vez más bajo el vendaje, y ahora, como si fuera poco, los nudillos de la otra mano me escocían por el golpe que le había dado a Héctor. Me sentía hecha trizas, adolorida en todos los sentidos posibles. Apreté la frente contra el cristal de la ventana. Todo era demasiado. Me pesaba el cuerpo, me atormentaban los pensamientos. No podía sacarme de encima el olor de él, su risa, su amenaza. Sentía que me faltaba el aire. El celular vibró en mi regazo. Lo miré: Guille llamando. Me tembló el corazón. Quise contestar, decirle todo, pero las palabras se ahogaron en mi garganta. No podía sonar normal, no podía fingir que estaba bien. No cuando no lo sentía. Corté la llamada con un gesto rápido y escribí, con los dedos húmedos de limpiarme las lágrimas: Yo: "Lo siento, mi amiga tuvo un inconveniente y tuvimos que irnos. No podía quedarme, pero te vi ganar. Estuviste increíble. Te espero en tu casa.” Mandar ese mensaje fue como soltar un peso, aunque no resolviera nada. Porque lo único que quería era llegar a su departamento, perderme en sus brazos y olvidar por un rato que el mundo afuera existía. Cerré los ojos. El auto avanzaba, y cada calle me acercaba a la única persona que podía hacerme sentir a salvo.
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