Guille
El rugido de la moto se mantuvo al doblar la esquina. Aceleré un poco más de lo necesario; quería llegar rápido, tenía que verla.
La victoria, el dinero, la promesa de Arturo Castillo… nada de eso importaba si no tenía a Gala a mi lado.
Frené frente al edificio y lo primero que vi fue su silueta. Ella estaba sentada en los escalones de la entrada, escondiendo el rostro entre las manos.
—¡Gala! —dejé caer la moto contra el soporte y corrí hacia ella.
Apenas me escuchó, se levantó para recibirme. La envolví en un abrazo fuerte, temiendo que, si no lo hacía, se desvanecería entre mis brazos.
Sentí su cuerpo rígido, frágil, y sin embargo vivo. El calor de su piel atravesó la ropa hasta encender la mía con un escalofrío.
Pero de golpe me di cuenta de que todavía estaba empapado de sudor, con la ropa de la pelea y el olor metálico de la sangre seca en mi labio. Me alejé un paso, incómodo.
—Perdón… ni siquiera me bañé. Vamos adentro.
Ella asintió en silencio. Abrí la puerta despacio y la guíe. Todo estaba oscuro, silencioso. Cerré detrás de nosotros, buscando el interruptor.
La luz inundó la sala y, en un segundo, mi mundo se detuvo.
Su rostro estaba manchado de lágrimas secas. El vendaje de la muñeca asomaba debajo de la manga, y los nudillos de la otra mano estaban raspados, rojos e hinchados.
Me quedé inmóvil. El corazón encogido y un fuego rabioso creciendo en mi pecho.
—¿Qué hijo de putâ te hizo esto? —pregunté entre dientes. Mi voz salió más grave de lo que quería, cargada de furia.
—No importa, yo… —intentó ocultarse, bajando la mirada.
No lo permití. La sujeté por la cintura con una mano y con la otra levanté su barbilla para obligarla a mirarme a los ojos.
—No puedes decirme que no importa —susurré, controlando cada palabra para no gritar—. Tú me importas. Y no voy a permitir que nadie, jamás, te haga daño.
Ella apretó los labios, solo así dejaron de temblar.
—Yo no quiero problemas —murmuró, con la voz irreconocible—. No puedo, Guille.
Intentó apartarse, pero la sujeté con firmeza, negándome a soltarla.
—Mírame, Gala —pedí, pero ella giró el rostro, esquivando mi mirada.
—Déjame ir, por favor. Lo mejor es que me vaya.
Esas palabras me golpearon como un gancho directo al estómago. El aire se me escapó de los pulmones. El mundo entero se tambaleó bajo mis pies.
No entendía nada. Acababa de ganar la pelea más importante de mi vida, había imaginado celebrar con ella, verla sonreír orgullosa de mí. Y ahora la tenía en frente, rota, pidiendo irse.
La solté apenas lo suficiente para no hacerle daño, pero no di un paso atrás. La miraba como si pudiera descifrar todos sus secretos con solo observarla. Como si la fuerza de mi mirada bastara para detenerla de huir.
Mi pecho ardía. El miedo, la rabia y el amor se mezclaban en un solo golpe que me dejaba sin aire.
—Gala… —su nombre se me escapó como un ruego.
Pero ella no respondió. En ese silencio, sentí que todo lo que había ganado esa noche no valía nada si la perdía a ella.
—No. —Mi voz salió firme, sin espacio para réplicas—. No voy a dejarte ir... jamás.
Ella me miró con los ojos enrojecidos, creo que estaba esperando a que me apartara.
—Guille… —susurró, temblando.
Tomé su barbilla, necesitando que escuchara lo que tenía que decir.
—No puedes hacerme esto. No puedes volverme loco como lo hiciste y después fingir que no pasó nada. —La rabia me apretaba el pecho, pero también el miedo a perderla—. Dime, Gala… ¿jugaste conmigo? ¿Es eso? ¿O es que no soy suficiente para ti?
Las palabras me salieron más duras de lo que quería, y apenas las escuché me odié por decirlas. Pero era la verdad que me carcomía desde que la vi queriendo huir.
Ella abrió los ojos horrorizada y se acercó enseguida, negando con fuerza.
—No. No, mi amor, no es eso. —Su voz quebrada me desarmó—. Yo… yo te amo… más que a la vida misma. Y es por eso que debo irme.
Me quedé congelado.
"Yo te amo..."
Era la primera vez en años que alguien me decía esas palabras. La primera vez que no venían de Juana. Y lo peor, o lo mejor, era que yo sentía lo mismo por ella.
El pecho me ardía.
La rodeé con los brazos y la apreté contra mí, deseando calmarla con mi cuerpo y arrancar de raíz todo su dolor.
—Ahora menos puedo dejarte ir —le dije, casi en un susurro contra su oído.
No esperé más. La besé.
Al principio fue suave, casi temeroso, pero Gala se derritió en mis brazos como si hubiera estado esperando ese instante. Sus labios me respondieron con la misma intensidad, desesperados. Todo el miedo que había visto en ella se transformó en un fuego que me envolvió entero.
La levanté sin esfuerzo. Sus piernas rodearon mi cintura, y caminé hasta el baño sin soltarla. Ella escondió la cara en mi cuello, sollozando. El roce de su respiración sobre mi piel me estremecía.
Encendí la luz, y cerré detrás de nosotros. Abrí la ducha dejando que el agua fría golpeara el piso. Controlé la temperatura con la mano hasta que se volvió tibia, y el vapor empezó a llenar el pequeño espacio.
Apoyé a Gala contra la pared de azulejos, besándola con hambre, con la necesidad de alguien que había esperado toda una vida para sentir algo real. Ella gimió en mi boca, y ese sonido me enloqueció.
Sus manos se aferraron a mi nuca. Temblaba entre la urgencia y ese otro sentimiento que la estaba torturando. Yo la sujeté de la cintura con fuerza, sin dejarle un segundo para pensar en nada más que en nosotros.
El agua descendía como un velo, empapándonos. Corría por su cabello, dibujaba su silueta al pegar la tela contra su piel.
Un jadeo escapó de sus labios, cortando el beso por un segundo eterno.
—Guille… —murmuró, con la voz temblorosa—. Tú no sabes... No entiendes lo dañada que estoy...
La miré a los ojos con el corazón en un puño.
—Entonces déjame ser quien te arme de nuevo.
No esperé respuesta. Volví a besarla, esta vez más profundo, más intenso, con todo lo que llevaba guardado desde que la conocí.
El agua caliente nos envolvía, borrando sudor, lágrimas y sangre. Mis manos recorrieron sus brazos con cuidado, evitando su muñeca lastimada. Sentí sus nudillos raspados y los besé, como si pudiera curarlos con mi boca.
Ella temblaba, no sabía si por el agua o por mí, pero me respondió con la misma desesperación. Se aferró a mí como si yo fuera lo único que la mantenía en pie.
La abracé con cada gramo de amor que sentía por ella. Estaba decidido a sanar cualquier temor que ella pudiera tener.
El mundo afuera podía estar en llamas. Pero ahí, entre las paredes húmedas del baño, no existía nada más que ella y yo.
Me aparté apenas un segundo, apoyando mi frente contra la suya, respirando agitado.
—No me pidas que te deje ir, Gala. Porque no voy a hacerlo.
Ella me acarició la cara, con ternura, y sus labios temblaron en una sonrisa triste.
—Entonces no me dejes nunca.
La besé otra vez, perdiéndome en ella, y supe que, aunque el mundo quisiera arrancármela, pelearía hasta la última gota de sangre para no soltarla jamás.
Al separarnos para respirar, Gala me miró con los labios entreabiertos. Sus mejillas estaban sonrojadas, mezclándose con las gotas que se deslizaban por su piel.
Con cuidado, deslicé la tela húmeda de su blusa por sus hombros. El movimiento fue lento, reverente. Sentía que, al hacerlo así, podía desnudarla también de sus cargas, de todo lo que la hacía sufrir.
Ella me imitó, quitándome la camiseta empapada, bajando mis pantalones. Sus dedos temblaban acariciando mi torso, mientras enmarcaba cada músculo y bajaba...
El contacto piel con piel encendió algo en mí que no tenía nombre. La atraje más, aplastándola contra mi pecho. Su respiración se aceleró. Sus labios buscaron los míos, desesperados y dulces y, al mismo tiempo hambrientos.
La tomé por la cintura y la levanté, pegándola a la pared fría. Su cuerpo se enredó al mío con naturalidad, como si siempre hubiera pertenecido allí. El vaivén de mis caderas frotando mi eje en su entrada, la hizo jadear, un sonido que me atravesó hasta los huesos.
—Eres mía… —murmuré contra su cuello, besándola con devoción.
—Siempre tuya —respondió, aferrándose a mis hombros.
Me moví dentro de ella con firmeza, pero también con delicadeza. Entendía que me necesitaba, sabía que estaba sosteniendo algo frágil y precioso.
Cada embestida era un juramento silencioso: no iba a dejarla, que no iba a permitir que nadie la hiriera nunca más.
El ritmo se volvió más intenso, el agua resbalaba en medio de nuestros cuerpos unidos, borrando todo lo que no éramos…
Sus uñas se clavaron en mi piel, su voz se quebró en susurros contra mis labios, y yo me perdí en su interior como si fuera el único lugar donde tenía sentido estar.
Cuando nuestros cuerpos se estremecieron al mismo tiempo, supe que nada ni nadie podría separarnos.
Ni el miedo ni la incertidumbre. Ni el dolor ni los silencios.
No había fuerza humana ni sobrehumana que me hiciera dejarla.
La abracé con fuerza mientras el agua seguía cayendo, ambos temblando, ambos respirando como si hubiéramos corrido una maratón contra el mismo universo.
Y en cierto modo, lo habíamos hecho.
Pero esa noche, la habíamos ganado juntos.