Capítulo 19: Destinados

1633 Palabras
Gala Todavía estábamos en la ducha. El agua caía, golpeando los azulejos y resbalando por nuestra piel. En ese momento, solo sé escuchaba el murmullo del agua que, poco a poco, se fue enfriando. Me quedé apoyada en el pecho de Guille, con la respiración aún agitada, escuchando los latidos de su corazón contra mi mejilla. Por primera vez en mucho tiempo, mi mundo estaba en silencio. No había amenazas, ni voces hirientes, ni cadenas. Solo él y yo. Guille me besó en la frente, suave, casi con timidez, y me bajó despacio hasta que mis pies tocaron el suelo. Cerró la ducha, me envolvió en una toalla y me levantó en brazos otra vez, como si pesara nada. —Eres la terquedad con piernas —murmuré, con un hilo de voz, intentando sonreír. —Y tú eres lo más frágil y lo más fuerte que he cargado jamás —me respondió, apretando la mandíbula como si se prometiera algo a sí mismo. Me llevó hasta la cama y me acomodó entre las sábanas limpias. El contraste con el líquido era absoluto: allí el agua había borrado todo, aquí el aire olía a jabón, a madera, a él. Se sentó a mi lado, tomó un pequeño botiquín de la mesa de luz. Tomó mis manos y las puso con la palma hacia abajo en sus rodillas. Al ver mi muñeca vendada y los nudillos raspados, un relámpago de rabia cruzó sus ojos. Lo vi contenerse, apretando los dientes. —Esto no lo hiciste sola —dijo al fin, con la voz grave. No quise mentirle. No podía. Tragué saliva, bajé la mirada y murmuré: —Fue Héctor. El silencio cayó como un jab bien conectado. Sentí el cambio en su respiración. Vi la tensión de sus hombros, en cómo me sostuvo la mano con más fuerza de la necesaria. —¿Qué te hizo? —preguntó, entre dientes. Cerré los ojos. No podía contarle todo. No podía decirle lo del contrato, ni lo que mi padre planeaba, ni las amenazas que pendían sobre mi cabeza como un cuchillo. Pero sí podía darle una parte de la verdad. —Está obsesionado conmigo —susurré, con las lágrimas empujando detrás de mis ojos de nuevo—. Quiso… quiso abusar de mí. Guille se quedó helado. Lo vi, lo sentí. Sus pupilas se dilataron. Su mandíbula se endureció. Por un segundo creí que iba a salir corriendo a buscarlo. —La próxima vez que lo vea, lo voy a matar —dijo, con una calma tan forzada que dolía. Me incorporé de golpe, tomándole el rostro entre mis manos adoloridas. —¡No! —mis palabras salieron cargadas de pánico—. No puedes, Guille. Eso sería perderlo todo… A Juana. Tu vida entera. No voy a dejar que hagas ninguna locura. Tú no los conoces… ellos son el infierno mismo. Y eso me recordó… que lo estaba colocando en la línea de fuego… Él achicó los ojos y respiró hondo. Era como si cada palabra que salía de mis labios fuera una cadena más que lo frenaba. —Y yo no puedo dejar que él crea que tiene algún derecho sobre ti —me respondió, mirándome fijo, con un brillo salvaje en los ojos—. Tú eres mía. ¿Entiendes? Mía. Y él debe ubicarse. La fuerza con la que lo dijo me estremeció. No era una posesión vacía, no era orgullo masculino. Era un juramento. Una promesa nacida de la furia y el amor mezclados, de la necesidad de proteger lo más hermoso que teníamos. Me mordí el labio, temblando. —No quiero que nada malo te pase —confesé, apenas un murmullo que el viento se llevaba. Esa era la única verdad que podía compartir con él. Lo que atormentaba mi mente y en mi corazón. —Lo peor que podría pasarme —dijo, acariciando mi mejilla con el pulgar— sería perderte. El aire se quedó en mi garganta. Me lancé a sus brazos, tomándolo por sorpresa. Escondí el rostro en su pecho. El calor de su piel me envolvió y, por un instante, supe que Guillermo Cruz había llegado a mi vida para cambiarla... para salvarme. Pero el miedo seguía allí, latente. Porque sabía que Héctor no se detendría. Y que mi padre tampoco. —Si alguna vez dejó de estar a tu lado… solo recuerda que te amo… —susuré con el corazón tembloroso. Él tomo mi rostro con delicadeza. Me miró no a los ojos… al alma. —Eso jamás pasará… tu y yo estamos destinados a estar juntos —dijo con tanta seguridad… que mis entrañas se estremecieron. Esa noche decidí aferrarme a Guille, al hombre que había logrado hacerme sonreír en medio del infierno. Decidí creer, aunque fuera por unas horas, que juntos podíamos resistir. Me quedé en silencio mientras él me cambiaba la venda de la muñeca con cuidado. Limpió mis nudillos raspados y los vendaba con una calma que fingía sentir. Cada caricia era un bálsamo, cada beso en mi piel una tregua. Cuando terminó, arregló todo y se acostó a mi lado. Me abrazó por atrás. Sentí su respiración en mi cuello, justo antes de sus labios. Sus manos se enredaron con las mías, con cuidado. Y en ese instante, pese a todo, supe que nunca más estaría sola. (...) El aroma del café recién hecho llenaba el departamento. La tostadora chisporroteaba, y el murmullo de la radio sonaba bajito en un rincón. Desayunar con Guille era algo simple, pero después de la noche que habíamos pasado, se sentía un lujo. Me sirvió, dejando un beso en mi mejilla antes de dejarse caer en la silla frente a mí. Me dediqué a observarlo en su esencia. No quería perderme ningún detalle de él, ni de la escena tan cálida y familiar delante de mis ojos. Jugueteaba con la taza en sus manos. De tanto en tanto levantando la vista para mirarme como si quisiera asegurarse de que no me iba a dar una crisis existencial allí mismo. —Deja de mirarme así —le dije, intentando bromear, aunque la voz me salió suave. —¿Así cómo? —preguntó con una sonrisa torcida. —Como si en cualquier momento fuera a enloquecer y saltar por la ventana. Su sonrisa se ensanchó, negando con la cabeza, pero no respondió. En lugar de eso, estiró el brazo y me acarició la mano vendada con cuidado. El gesto me hizo cerrar los ojos y suspirar hondo. Unos golpes en la puerta interrumpieron el momento. Guille se levantó de inmediato, desconfiado por costumbre, pero cuando abrió, el aire cambió por completo. —¡Gala! —Juana gritó mi nombre con la voz alegre y se lanzó hacia mí. La recibí de rodillas, abriendo los brazos. Su cuerpecito cálido chocó contra mí, y me rodeó el cuello con tanta fuerza que casi me derribó. —Te extrañé —me dijo con un puchero, su cabello alborotado contra mi mejilla. —Yo también, pequeña —respondí, apretándola contra mí. Detrás de ella estaba la señora Margarita, con su inseparable bolso y una sonrisa tranquila. —Buenos días —saludó, mirando a Guille—. Iba a llevar a Juana a la escuela, pero parece que alguien tiene otros planes. Juana se despegó apenas para mirarme con ojitos brillantes. —Quiero que Gala me lleve. Por favor, por favor. Me reí bajito, acariciándole la mejilla. Miré a Guille, que ya estaba tan rendido como yo ante esa mirada. —Creo que ya lo decidieron por nosotros —dijo. La señora Margarita sonrió y sacó las llaves de su auto del bolsillo de su abrigo. —Entonces, aquí tienen. Conduce con cuidado, Guille. Él tomó las llaves en silencio y le hizo un gesto de agradecimiento. No era hombre de muchas palabras, pero su mirada bastaba. Juana volvió a apretarme, y por un momento sentí algo parecido a pertenecer. Era extraño, después de tanto dolor, después de vivir siempre con miedo, que un simple abrazo me devolviera un poco de paz. Nos aprontamos para salir. Guille se encargó de aprontar la mochila de Juana y tomar su chaqueta, mientras yo buscaba el celular para avisarle a Julieta. Yo: “Llévame los cuadernos a clases, hoy voy directo desde lo de Guille.” No le di más explicaciones, con esa información era más que suficiente. Julieta entendería... Y luego me acosaría por los detalles jugosos. Juana saltaba de un pie al otro, emocionada por la idea de que los tres fuéramos juntos. —¡Apúrate, Guille! —lo apuró, tirándole de la mano. —Ya voy, terremoto —respondió él con una risa ronca, sin perder el cariño por ella. Salimos los tres al pasillo. Juana iba en medio, sujetando nuestras manos como si fuéramos un equipo. Bajamos las escaleras, y por primera vez en mucho tiempo, no me sentí prisionera de nada. El sol de la mañana nos recibió con una tibieza que no me esperaba. Guille abrió el auto, Juana corrió hacia el asiento trasero, y yo me acomodé en el copiloto. Lo observé mientras encendía el motor, serio, concentrado, y no pude evitar pensar en lo surrealista de la escena. Después de todo lo que había pasado, después del miedo y las amenazas, ahí estábamos. Como si fuéramos una familia, aunque ambos sabíamos que nada en nuestras vidas lo era. Me quedé mirando el retrovisor. Juana me sonreía desde atrás, feliz, jugando con la hebilla del cinturón. Respiré hondo y me prometí a mí misma que, aunque no pudiera cambiar mi pasado ni la sombra de mi padre, iba a aferrarme a esto. A Guille, a Juana, a esa sensación de normalidad que tanto me había sido negada. Por unos minutos, quise creer que lo imposible era posible.
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