Guille
Dejamos a Juana en la puerta de la escuela. Ella me abrazó rápido y corrió hacia la entrada con la mochila rebotando en la espalda. Gala la siguió con la mirada, sonriendo.
El camino hacia su universidad se me hizo demasiado corto. No quería soltarla todavía, pero el edificio apareció frente a nosotros con los estudiantes entrando y saliendo, cargando carpetas, risas y conversaciones triviales.
Detuve el auto frente a la entrada. Varios ojos se giraron hacia nosotros. O mejor dicho, hacia ella. Algunos tipos la miraban con sus impresionantes sonrisas, haciéndole ojitos.
La sangre me hervió al instante.
Apagué el motor en el momento que ella se bajó del auto. Vi cómo algunos descarados la miraban y murmuraban con sonrisas pervertidas. No iba a tolerar eso.
Bajé detrás de ella y la detuve.
—Ven acá —murmuré, sujetándola de la nuca con mi otra mano en su cintura.
Sin pensarlo, la besé. No fue un beso suave ni disimulado. Fue firme, posesivo, dejando claro frente a todos que ella era mía.
Sentí cómo se tensó un instante, sorprendida, pero luego me respondió, acariciándome el rostro como si quisiera calmar el incendio que ardía en mí.
Cuando nos separamos, le acaricié el mentón con el pulgar.
—Nos vemos después.
Ella asintió, con la mirada brillante, y siguió su camino al edificio. Yo me quedé observándola hasta que desapareció entre la multitud. Uno de los chicos me hizo un gesto de desagrado, y disfruté sacándole el dedo del medio.
Recién entonces, volví al auto, encendí el motor y me fui.
El gimnasio estaba casi vacío cuando llegué. El olor a cuero, sudor y productos de limpieza impregnaba el aire.
Caminé directamente a los vestuarios para cambiarme y comenzar mi rutina. Le envié un mensaje rápido a Gala antes de volver a la zona de las máquinas.
Eduardo ya estaba allí, de pie en el centro, con una sonrisa que le partía la cara en dos.
—¡Cruz! —me llamó, levantando los brazos—. No sabes lo que esto significa.
—¿Qué cosa? —pregunté, ajustándome las vendas en las manos.
—Lo de anoche. —Se acercó, casi eufórico—. ¡Un agente como Arturo Castillo fijándose en ti! ¿Tienes idea de lo que eso significa para mí, para el gimnasio? Hace años que ninguno de mis muchachos entraba a las ligas mayores. ¡Años!
Sonrió, con los ojos brillando como un chico con juguete nuevo.
—Con esto podré mejorar el equipo, arreglar los sacos, traer nuevos talentos. Y tú… tú vas a estar en la élite, muchacho. ¡Es lo que siempre soñamos!
Lo escuchaba, pero por dentro algo me impedía sentirme igual que él.
Asentí en silencio, apretando los puños ya vendados.
—Sí —dije al fin.
Eduardo me miró, ladeando la cabeza.
—¿No estás emocionado?
No respondí. Caminé hasta el mejor saco que había y lo golpeé con un directo fuerte, que hizo crujir la cadena. Eduardo entendió el mensaje y se quedó a un lado, observándome.
Otro golpe. Y otro.
Necesitaba sacarme de encima el veneno que me recorría. Recordar a Gala con los ojos hinchados de llorar, sus manos vendadas, las palabras temblorosas que salían con dolor de sus labios.
"Héctor Torres, malditø hijo de putâ. Pronto me las cobraré."
El saco se balanceaba con cada embestida.
"Directo, gancho, ascendente..."
Golpe tras golpe, lo único que quería era destrozar algo... ya que no podía destruirlo a él. O por lo menos no por ahora.
El sudor me caía por la frente, la camiseta se pegaba a mi espalda, y cada vez que mi puño chocaba contra el saco imaginaba su rostro, su mandíbula, sus ojos llenos de arrogancia.
La respiración se volvió un gruñido, los golpes un lenguaje que nadie más entendía.
El cuero del saco gritaba con cada golpe.
"Directo, gancho, ascendente..."
Sentía los nudillos arder por debajo de las vendas y no me importaba. El sudor me picaban los ojos, y aun así no aflojé. El zumbido de la radio vieja, el olor a sudor, el eco hueco del gimnasio: todos eran una cuerda que me pedía más.
—Recoge la derecha —dijo Eduardo, sin levantar la voz—. Y respira. Si no respiras, te ahogas en tu propia furia.
Le hice caso a medias. Inspiré por la nariz, solté por la boca, pero el veneno seguía dentro. Cada vez que cerraba los ojos veía el vendaje en la muñeca de Gala, la piel enrojecida de sus nudillos, el temblor de su voz.
"Fue Héctor". El nombre me apretaba el pecho como un tornillo.
—Otra serie —ordenó Eduardo—. Y luego manoplas.
Asentí y castigué el cuero: uno-dos, paso lateral, gancho al costado. El saco osciló en un arco cansado y yo entré otra vez, cortando el ritmo, marcando el terreno.
Necesitaba que doliera. Sentía que el mundo entero se reducía a la nada si dolía mi cuerpo.
La puerta del gimnasio se abrió con un chirrido y un golpe seco contra la pared. No era uno de los chicos de siempre. El silencio que quedó no fue normal: fue ese tipo de silencio que entra con los trajes caros.
Eduardo se giró primero. Yo seguí golpeando, pero bajé un punto el ritmo. Escuché el sonido de las suelas de cuero contra el suelo pulido. No combinaba en este lugar.
—Buenos días —dijo una voz grave y sin prisa.
Me di la vuelta con el saco aún meciéndose. Arturo Castillo estaba de pie en la entrada como si el sitio le perteneciera. Traje oscuro, corbata sobria, manos a la espalda.
Detrás de él, a un costado, Héctor. Impecable. La sonrisa cargada de soberbia que conocía de memoria. Ese brillo de quien cree que todo le debe algo.
El corazón me golpeó fuerte en el pecho. Noté cómo la piel me ardía, me picaba la necesidad de lanzarme de lleno contra él.
—Señor Arturo —saludó Eduardo, acomodándose con un gesto nervioso que pocas veces le veía—. No esperaba verlo tan temprano.
—Los compromisos no esperan, Eduardo —contestó Castillo con una cordialidad que era, en realidad, control—. Y cuando se habla de futuro, es mejor hacerlo en la luz de mañana.
Su mirada pasó por mí, como midiéndome en una balanza, y se detuvo un segundo.
—Cruz —dijo, sin apartar sus ojos de los míos—. Buena presentación la de anoche.
No respondí. Solo le devolví un asentimiento. Las palabras se me quedaban atascadas detrás de los dientes.
—Quería pasar a felicitarte a ti, Eduardo —continuó—. Hace mucho que ninguno de tus muchachos hacía ruido en serio. Si las cosas se hacen como deben, todos ganaremos.
Hizo un gesto elegante con la mano, y entonces, como si se acordara de algo sin importancia, añadió:
—Permítanme presentarles a alguien que pronto será parte de mi familia. Héctor.
Héctor dio dos pasos adelante, la arrogancia le chorreaba por cada poro. Me miró de arriba abajo con una lentitud que me encendió aún más.
—Mi futuro yerno —añadió Arturo con naturalidad—. Un joven prometedor. Ha sido… una fortuna tenerlo cerca.
La palabra yerno me pegó en el estómago.
Por un segundo no escuché nada más.
"Futuro yerno." El tipo que había intentado romper a la mujer que amo, presentado con orgullo por el hombre que me ofreció un contrato. El aire se hizo más denso, y el sabor metálico invadió mi lengua.
Eduardo carraspeó, buscando calmar la tensión.
—Un honor —alcanzó a decir—. ¿Quieren pasar a la oficina? Podemos hablar del contrato, ver números, fechas…
—Claro —respondió Arturo y se giró para hablar con su yerno—. Tú quédate, no te vendría mal conocer otras... realidades.
Miró el reloj con indiferencia.
—Eduardo —dijo, levantando la vista al ver que mi entrenador se quedó dudando—. No tengo tiempo que perder.
Eduardo me miró con una pregunta muda. Le hice un gesto: "vete".
No quería, pero obedeció. Arturo lo siguió, con pasos tranquilos hacia la oficina del fondo. La puerta se cerró con un clic que me quedó resonando.
Quedamos Héctor y yo, frente al saco que aún movía su péndulo.
Él fue el primero en hablar.
—Buen espectáculo anoche, Cruz —dijo en tono ligero, casi amistoso—. Aunque te ves mejor en la sombra que en la luz.
No dejé que sus palabras me tocaran.
—Tienes prometida —solté, las palabras saliendo como piedras—. Y aun así andas abusando de mi mujer.
La sonrisa le creció un milímetro. Ni sorpresa, ni vergüenza. Solo diversión.
—¿Tu mujer? —repitió, ladeando la cabeza—. Es adorable cuando los muchachos confunden una noche loca con una vida.
Di un paso. El saco rozó mi hombro y se balanceó de nuevo.
—No fue solo una noche...
—No me digas —replicó, y en el brillo de sus ojos vi exactamente lo que había visto antes: el placer de hacer daño—. Mira, Cruz, hay juegos y hay ligas. Algunas personas nacen para pelearlas en el barro; otras, para decidir quién entra al espectáculo. Si no te invitan, no golpees la puerta. Te lastimas.
Apreté las manos hasta que mis nudillos crujieron.
—Te lo voy a decir una vez —dije, despacio, para no estallar—. Te acercas otra vez a ella y te rompo la cara. Me da igual el traje, el apellido o el contrato. No me provoques.
Se rió bajito. Me clavó la mirada en los nudillos.
—Tendrías que tocarme primero...
—¡Oh! Lo haré —respondí sin pensar.
Su sonrisa se torció, un gesto que decía ya volveremos a esa.
—Eres valiente —concedió—. Y eso se paga caro si no sabes a quién le hablas. Te doy un consejo: cuando los mayores de la mesa se ponen de acuerdo, los niños no interrumpen. A veces, los castigan .
La sangre me golpeó los oídos. Lo vi avanzar medio paso, como si viniera a decirme algo al oído. No me moví. Si se acercaba un centímetro más, le iba a volar la mandíbula.
La puerta de la oficina se abrió de golpe y la voz de Eduardo cortó el hilo invisible que nos tensaba.
—¡Cruz! —llamó—. Ven un segundo.
Respiré. No me había dado cuenta que ya tenía los puños arriba, los bajé. Héctor dio otro medio paso hacia atrás, sin quitarme los ojos de encima.
—Otro día terminamos esta charla —dijo con una amabilidad falsa.
—Si, no me quedaré con las ganas de partirte la cara —repliqué.
Me di la vuelta y caminé hacia la oficina.
Arturo estaba de pie junto al escritorio, los dedos apoyados sobre la madera. Mi entrenador, a su lado, con el brillo ansioso y profesional a la vez.
—Cruz —dijo Castillo—. No tengo mucho tiempo, pero quería dejar claras un par de cosas. Aquí está el borrador del contrato. Hay cláusulas estándar y un par de condiciones específicas. Nada que no puedas cumplir si entrenas como debes y si te mantienes… enfocado.
La palabra "enfocado" quedó flotando entre nosotros como una advertencia. Asentí. No confiaba en mi voz.
—Además —siguió—, me gustaría una exhibición pronto. No oficial. Privada. Amigos, patrocinadores. Verte en otro ambiente. Te conviene estar a la altura.
—Lo estará —intervino Eduardo—. Yo me encargo.
—Lo sé —dijo Arturo, y por primera vez sonrió de verdad, una sonrisa que no tocó los ojos—. Por eso vine en persona.
Se enderezó, se acomodó el puño de la chaqueta.
—Nos vemos el sábado en mi casa para la gala benéfica. Código formal. Creo que no necesito insistir en la puntualidad.
—Allí estaré —respondí.
—Con tu entrenador —remató, y me sostuvo la mirada un segundo más—. Y con el carácter… controlado.
No contesté. Se dio la vuelta. Cuando pasó junto a su yerno, quien se unió a su paso con esa facilidad de sombra bien entrenada. Antes de cruzar la puerta, Héctor se giró. Me regaló una última sonrisa, una promesa envenenada.
La puerta se cerró. El silencio cayó pesado. Eduardo exhaló como si hubiera estado conteniendo la respiración desde que entraron.
—Mira, Cruz —dijo, bajando la voz—, esto es grande. No podemos permitirnos meternos en problemas ahora. ¿Me entiendes?
Me quedé mirando la puerta que se había cerrado. Había hecho un esfuerzo sobrehumano para no matar a ese hijo de puta allí mismo.
—Entiendo —dije, y mi voz me sonó ajena.
Eduardo me dio un par de palmaditas en el hombro.
—Vuelve al trabajo. La furia sirve. Canalízala bien, no puedes dejar que te gobierne.
Me planté frente al saco. Pensé en la palabra "yerno", en la risa soberbia de Héctor, en la mirada depredadora de Arturo.
Pensé en Juana riendo en la puerta de la escuela, hace semanas que no había tenido un episodio y eso era un alivio. Pensé en Gala, su mirada sincera al decirme "te amo..."
Levanté la guardia.
Respiré.
Golpeé.
Directo. Directo. Gancho. Otra vez.
Hasta que el cuero entendiera un idioma que yo todavía estaba aprendiendo: el de no ceder.
Nunca.