Capítulo 21: La cena

1504 Palabras
Gala La campana del almuerzo me sorprendió con la mente en otra parte. Apenas había tomado apuntes durante la mañana; mi cabeza se distraía una y otra vez en escenas que no tenían que ver con medicamentos ni con teoría política hospitalaria. Solo pensaba en los brazos de Guille, en la manera en que me había besado al dejarme en la universidad, con la furia silenciosa que latía en sus ojos cuando otros me miraban. Julieta me alcanzó un sándwich desde su bolso y me hizo un gesto para que comiera algo. Obedecí a medias, sin hambre real, más por no escucharla regañarme. El celular vibró en la mesa. Lo giré con la mano más sana, y al ver el nombre en la pantalla sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Padre. Contesté con los dedos fríos. —¿Sí? Su voz fue breve, cortante, como un disparo. —Hoy cenas en casa. Cuatro palabras. Una sentencia eterna. Asentí aunque él no pudiera verme. —Está… Cortó sin dejarme terminar y sin despedirse. El resto del día se volvió un arrastre. Cada clase era un ruido lejano, cada rostro a mi alrededor se movía como en cámara lenta. Sentía el peso de esas pocas palabras clavadas en mi estómago, como un ancla que me hundía más y más en la desesperación. Al salir de la última materia, encontré varios mensajes de Guille. Guille: "¿Nos vemos esta noche?" "Extraño tu boca." "No aguanto hasta la noche." Sonreí con un nudo en el pecho. Tecleé despacio: Yo: "No puedo. Tengo un compromiso que no puedo faltar." No tardó en responder. Guille: "¿Con quién? ¿Otro hombre?" Rodé los ojos y, pese al miedo que me oprimía, una risa suave se me escapó. Pude imaginarlo, con el ceño fruncido y los puños cerrados como si fuera a pelearse con cualquier sombra que se me acercara. Como demoré en responder, insistió. Guille: "¿Algún compañero de la universidad?" Jugué con la idea, dejando que la travesura aliviara por un segundo el peso de mi realidad. Yo: "Sí, es con otro hombre." Tardé un momento y agregué: Yo: "Uno que ya me vio completamente desnuda." Casi de inmediato la pantalla volvió a vibrar. Guille: "¡¿Qué?! No juegues conmigo… Princesa" Me tapé la boca para contener la carcajada. Julieta me miró raro, pero fingí que no era nada. Yo: "No me digas que estás celoso..." Guille: "Claro que estoy celoso, Gala." Sonreí. Tecleé la respuesta antes de que él enloqueciera de celos por mi culpa. Yo: "Bueno pero no te preocupes." "Es con mi padre." Imaginé su cara al leerlo y tuve que morderme el labio para no reírme sola. Los puntitos de escritura aparecieron, desaparecieron, y volvieron a aparecer. Finalmente, el mensaje llegó: Guille: "Eres mala. Casi me vuelvo loco." Yo: "¿Te calmaste?" Guille: "No del todo. ¿Puedo verte después de esa cena?" Leí esas palabras varias veces, sintiendo cómo la sonrisa se borraba de mi rostro. ¿Podría escaparme? ¿Podría mentir lo suficiente bien para que no sospecharan? Yo: "No prometo nada… aunque lo intentaré." Mandé el mensaje y guardé el celular antes de pensar demasiado. Julieta me observaba con su sonrisa de detective. —Ese grandulón te tiene más enamorada de lo que admites… chorreando la baba —canturreó. —No tienes idea —suspiré, mirando hacia el cielo nublado. Lo que no le dije es que mientras más me acercaba a Guille, más peligrosa se volvía mi vida. Y esa cena en la residencia de mi padre… era cualquier cosa menos un momento familiar. El camino de regreso a casa se me hizo insoportable. Cada semáforo parecía demorarse a propósito, cada segundo se volvía más pesado que el anterior. No era solo el miedo: era esa certeza de que, en cuanto cruzara la puerta, iba a dejar de ser yo para convertirme en lo que él quería que fuera. Respiré hondo frente a la entrada. El guardia me saludó con esa rigidez que siempre tenía, bajando los ojos de inmediato. Odiaba ese gesto… me recordaba que no tenía aliados bajo este techo, que todos obedecían a la misma voz. Al entrar, el silencio del vestíbulo me recibió como un golpe. Ese silencio artificial, lleno de cosas caras que parecían estar ahí solo para recordarme que nada de esto me pertenecía. La voz de mi padre rompió el aire. —Llegas tarde. Tragué saliva y avancé hacia el comedor. Allí estaba, sentado a la cabecera, impecable en un traje oscuro. Frente a él, Héctor. De traje también, con una sonrisa ligera, que afiló apenas me vió. El estómago me dio un vuelco. —Buenas noches —murmuré, tomando asiento donde siempre me asignaban: a la derecha de mi padre. Héctor levantó la copa hacia mí en un gesto burlón. Yo desvié la mirada hacia el plato vacío. Mi padre no perdió tiempo en comenzar su interrogatorio. —Quiero saber cómo te va en la universidad —dijo, sirviéndose un poco de vino—. No en términos de “cómo te sientes”. Quiero ver los resultados. Respiré hondo. —Estoy haciendo lo mejor que puedo. Sabes que no es lo que me gusta… El golpe de su copa contra la mesa fue seco. Me hizo saltar. —Poco me importa lo que tú quieras, Galardiel. —Su voz era gélida, sin levantar el volumen, y aun así llenaba todo el comedor—. Eres mi mayor inversión, y harás lo que te diga. Fin de la discusión. Apreté las manos en el regazo, tratando de controlar el temblor. —Entiendo —dije apenas, porque sabía que discutir era perder. Héctor sonrió disfrutando del espectáculo. —Tiene razón —añadió con ese tono que lo hacía insoportable—. Con tu inteligencia y disciplina, seguro llegarás a ser la mejor médico de todas. ¿Verdad, Arturo? Mi padre asintió, satisfecho con su “aliado”. —Necesito médicos en mi propia familia. Sale mucho más caro pagarle a terceros. Me ardieron los ojos, pero no solté ni una lágrima ni una palabra. El silencio duró apenas lo necesario para que él cambiara de tema. —El contrato. El aire se me escapó del pecho. —Quiero que esté firmado y concretado en dos semanas. No me importa si tienes dudas, no me importa si tienes una pataleta. Quiero el asunto cerrado. Tragué saliva, mirando fijo el mantel blanco. —¿Y si no…? —la pregunta se me escapó como un susurro. Él me sostuvo la mirada, sin pestañear. —Si no, alguien resultará herido. Sentí cómo se me helaba la sangre. —¿Quién? —pregunté, con la voz apenas audible. —Pedro. Julieta. No me hagas elegir, porque sino serán los dos. El golpe fue brutal. No hizo falta que levantara la voz ni que añadiera más. El simple hecho de que pronunciara sus nombres me partió en dos. —Padre… —intenté, pero él levantó una mano, cortándome. —No hay debate. Harás lo que te ordeno. O pagarás las consecuencias. Héctor se inclinó hacia mí, con una sonrisa que me daba náuseas. —Será más fácil de lo que crees, Gala. Yo estaré para cuidarte. Mi piel se erizó de puro asco. Bajé la mirada, mordiendo el interior de la mejilla para no llorar. —Mañana por la noche —retomó Arturo, como si nada— tendremos la gala benéfica en casa. Sabes cómo comportarte. Quiero que estés impecable. Sonrisa perfecta, modales correctos y del brazo de tu futuro esposo. No me avergüences. Asentí, muda. —Bien. —Su copa se levantó una vez más—. Por los negocios y a la familia. Héctor imitó el gesto, brindando con él sin esperar a que yo levantara la mía. Yo no bebí. Ni podía siquiera coordinar mi mente y mi mano. El nudo en mi garganta no dejaba pasar nada. La cena siguió en un silencio denso, roto solo por el sonido de los cubiertos contra la vajilla. Cada segundo era un suplicio, un recordatorio de que no tenía escapatoria. Si quería mantener a salvo a quienes amaba. Cuando terminé mi plato, pedí permiso para retirarme. —Puedes irte —dijo mi padre sin mirarme, ya concentrado en algún papel que uno de sus asistentes le había entregado. Me levanté sin hacer ruido. Sentí la mirada de Héctor siguiéndome, atravesándome la espalda como una daga. Crucé la puerta del comedor con pasos firmes, pero apenas estuve sola en el pasillo, me apoyé contra la pared y dejé salir el aire de golpe. Las lágrimas ardían detrás de mis párpados, pero no me las permití. No ahí. No donde podían verme. Saqué el celular del bolsillo. Tenía un mensaje. Guille: “¿Ya terminaste? No puedo esperar más.” Mi corazón dolió. Escribí rápido. Yo: “Lo siento, no puedo.” Porque el miedo me aplastaba, si mi padre me descubría con él... Podría ser la próxima víctima de mi realidad.
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