Capítulo 22: La fiesta

1720 Palabras
Guille El mensaje de Gala me dejó helado. No puedo. Ni una explicación más, ni un guiño de tranquilidad. Solo esas palabras que me sonaron a cadenas, a una puerta cerrándose en mis narices. La llamé de inmediato, pero no atendió. Volví a marcar, una y otra vez, hasta que la contestadora automática se activó. Y de pronto, silencio: el teléfono estaba apagado. Me quedé con el celular en la mano, el corazón golpeándome las costillas. Algo estaba mal. Lo sentía en la piel, en el estómago, en cada fibra de mi ser. No dudé. Agarré las llaves y salí disparado a la calle. La moto rugió bajo mí, el viento me golpeó la cara mientras iba directo al apartamento de sus amigos. Si no podía encontrarla, al menos ellos sabrían algo. Pero al llegar, encontré la puerta del edificio cerrada. Miré arriba, pero las luces de los apartamentos estaban apagadas. Toqué, llamé, golpeé hasta que me dolieron los nudillos, pero nadie respondió. Me apoyé contra la pared, con el pulso desbocado. Estaba solo en la peor de las tormentas. No me quedó más que regresar a casa. La mañana siguiente amaneció pesada. El entrenamiento no había servido para nada. Todavía llevaba la rabia adentro, corriendo por mi sangre. Lo único que podía pensar era en Gala: en su silencio, en sus ojos rojos, en todo lo que no me había dicho. Pero esa noche tenía la malditâ fiesta benéfica de Castillo. No podía darme el lujo de faltar. Ni de aparecer como un mendigo entre trajes de miles de dólares. Abrí mi armario y lo confirmé: camisetas gastadas, jeans viejos, un par de camisas que había usado en bautizos y cumpleaños de amigos. Nada que rozara la palabra “elegante”. Me dejé caer sobre la cama. Me froté las manos en la cara. Estaba atrapado entre dos mundos: el de los trajes caros y el mío, de sudor y golpes. Unos minutos después, escuché el golpecito en la puerta. La señora Margarita entró sin esperar permiso, como solía hacerlo. Traía una bolsa larga colgando de un brazo. —Buenos días —dijo con esa sonrisa suave que me recordaba a mi madre—. Pensé que quizás necesitarías esto. Me levanté, curioso, y ella abrió la bolsa. Dentro había un par de trajes oscuros, bien cuidados, aunque el corte era de otra época. —Eran de mi difunto esposo. No los tiré porque… bueno, porque los recuerdos pesan. Quizás te sirvan. Los acepté con gratitud. —Gracias, Margarita. De verdad. —Pruébatelos. —Me hizo un gesto con la barbilla—. Dudo que quieras ir con tus camisetas de todos los días. Me encerré en el baño y me probé el primero: un traje n***o, de material grueso, con hombreras grandes. Me quedaba bien de talla, incluso el largo de las mangas era exacto. Pero cuando me vi en el espejo, me sentí disfrazado. Un boxeador en un funeral de hace veinte años. Probé otro, azul marino. Igual: correcto, pero anticuado. Ni siquiera un pañuelo en el bolsillo podía salvarlos. Salí con el segundo puesto y Margarita aplaudió. —¡Te queda perfecto! —exclamó, emocionada—. Pareces todo un caballero. Sonreí a medias. —O un cuadro colgado en la pared de la sala. Ella rió, sin ofenderse. —Lo importante es la actitud. Asentí, aunque en el fondo sabía que necesitaba algo distinto. Algo que me hiciera caminar esa noche sin sentir que todos iban a señalarme como el tipo que no encajaba. Entonces golpearon la puerta. Fui a abrir, todavía con el traje puesto. Mario estaba ahí, con su sonrisa burlona y el pelo alborotado. —Míralo —dijo, señalándome con un dedo—. ¿Ensayando para una novela retro? —Cállate —gruñí, pero no pude evitar sonreír. Entró sin esperar invitación. En sus manos llevaba una bolsa de sastrería. —Tu entrenador me escribió —dijo, soltándola sobre la mesa—. Felicidades por esta oportunidad. Lástima que te olvidaste de comentárselo a tu mejor amigo. Bajé la cabeza. —Lo siento, de verdad. He tenido mil cosas en la cabeza y... —Ya lo sé —respondió, dándome una palmada en la espalda—. Por eso estoy aquí. Mira. Abrió la bolsa y sacó un traje n***o impecable, de corte moderno, con pajarita incluida. Brillaba bajo la luz, elegante sin exagerar. —Mario… —alcancé a decir, sin creerlo. —Ni gracias, ni lágrimas. Solo póntelo. Te quiero ver hecho un caballero de verdad. Me reí. —Eres un salvavidas. —Lo sé. Y ya que estamos… —metió la mano en su bolsillo y sacó unas llaves—. Para que vayas a full glamour, te presto mi auto. Me quedé mirándolas, incrédulo. —¿Tu auto? —Sí, mi joyita. Está bien encerada, lista para que todos te vean llegar como lo que eres: un campeón. No me lo choques, ¿eh? Me reí otra vez, aunque en el fondo estaba extasiado. —No tengo cómo devolverte este favor. —Claro que sí. Ganando. Y trayéndome una foto tuya vestido con ese traje para presumir que te saqué las bolas del fuego. Lo abracé fuerte, esto era más de lo que esperaba de cualquier persona. Mario siempre sabía cuándo aparecer, cuándo rescatarme del peso que me devoraba desde dentro. —Gracias, hermano. —No me agradezcas todavía. Quiero verte entrar a esa fiesta como si fueras dueño del lugar. Asentí. Y por primera vez en horas, sentí que quizá sí podía hacerlo. El rugido del motor de Mario me sostuvo la respiración durante todo el camino. No era mi moto, no era mi vida de siempre: era un auto elegante, brillante bajo las luces de la ciudad, y yo dentro, con un traje n***o que olía a nuevo y una pajarita que me apretaba más de lo que soportaba. Eduardo iba a mi lado, en silencio, mirando por la ventanilla con esa calma que me sacaba de quicio cuando yo estaba al borde. El GPS marcó la última curva y ahí estaba: la mansión de Arturo Castillo. Un palacio de luces y cristales, con coches importados estacionados en fila, mujeres en vestidos largos y hombres en smokings que parecían salidos de otra dimensión. Apreté la mandíbula. —Recuerda —murmuró Eduardo—. Eres Cruz. Hoy, más que nunca. Asentí, sin responder. El valet abrió mi puerta y yo salí, sintiendo la mirada de todos. No era paranoia: me estaban midiendo, pesando, juzgando. Yo era un boxeador de barrio entrando en la jaula de los lobos, y no me gustaba en absoluto. Eduardo me guió hasta la entrada. Una alfombra roja se desplegaba como un insulto bajo mis pies. Dentro, el aire olía a perfume caro y a dinero viejo. Los candelabros de cristal reflejaban las sonrisas de quienes vivían demasiado lejos del sudor, la sangre y la desesperación. Y entonces, él apareció. Arturo Castillo, impecable como siempre, con ese porte de hombre que nunca pierde, aunque no sonría. A su lado, Héctor, con el mismo traje que su suegro: caro, perfecto, insoportable. —Cruz. Eduardo. —Arturo nos saludó con un movimiento de cabeza—. Bienvenidos. Eduardo se adelantó, tendiéndole la mano. —Un honor, señor Castillo. Gracias por invitarnos. —El honor es mío. —Los ojos de Arturo se posaron en mí, filosos, amenazantes—. Vi que en el ring eres un animal. Eso me gusta. Aquí afuera, sin embargo, se trata de saber comportarse. —Lo intentaré —contesté, con la voz grave. Un destello fugaz de aprobación brilló en sus ojos, aunque enseguida se desvió hacia Héctor. —Hablábamos de las próximas peleas —comentó Arturo, como si nos incluyera en la conversación a la fuerza—. Héctor tendrá un descanso de unos meses. Él sonrió, esa sonrisa que me hervía la sangre. —Hay prioridades más allá del ring. Me casaré pronto. Y después de la boda, claro, regresaré con más fuerza. Tragué saliva, con los puños ocultos en los bolsillos del pantalón. La idea de ese hombre casándose me revolvió las entrañas. "Pobre desgraciada la mujer que le toque ser su esposa..." —Un hombre debe saber equilibrar negocios y familia —dijo Arturo, orgulloso—. Y Héctor lo hace bien. Eduardo, siempre diplomático, asintió. —Una buena decisión. Yo no dije nada. No confiaba ni en mi voz ni en mi control. La música de fondo se mezclaba con las carcajadas de los invitados, con el tintinear de las copas, con un murmullo constante que me hacía sentir fuera de lugar. Entonces, Arturo se giró hacia la escalera central. Su mirada cambió: se suavizó, apenas un poco, como si de pronto recordara que debía presumir algo más que negocios. —Ahí viene su prometida —anunció, con orgullo. Yo apenas alcancé a procesar las palabras cuando añadió: —Mi hija, Galardiel Castillo. El mundo se detuvo. Las luces parecieron apagarse a mi alrededor. El aire me abandonó de golpe, como si alguien me hubiera dado un gancho directo al estómago. Gala bajaba los escalones, vestida de un blanco que dolía a la vista, con los ojos bajos y los labios apretados. Era ella. La mujer que me había susurrado que me amaba, la que se había derretido en mis brazos bajo la ducha, la que había jurado que no me abandonaría. Y ahora… bajaba las escaleras como la hija de Arturo y peor aún, la prometida de Héctor. El corazón me golpeó tan fuerte que pensé que se me iba a salir por la garganta. Arturo hablaba, con voz orgullosa, pero yo ya no escuchaba nada. Solo podía ver a Gala. A mi Gala. Ella levantó la vista por un segundo, y la vi: la chispa de horror en sus ojos al encontrarme de frente. Quise gritar. Quise atravesar el salón a golpes. Quise arrancarla de ese vestido, de esas cadenas invisibles. Pero no me moví. No podía. Mis piernas estaban clavadas al suelo, mi mundo se había quebrado en mil pedazos, y todos miraban como si nada hubiera pasado. La voz de Héctor llegó hasta mí, burlona, venenosa: —¿No es preciosa? No lo miré. No podía apartar la vista de ella. Y en ese instante, lo supe: todo había cambiado.
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