Capítulo 23: Una oportunidad

1690 Palabras
Gala La cena había terminado peor de lo que había imaginado. Después de ese momento con mi padre y Héctor, luego de esas frases que me cayeron como cadenas, lo único que quise fue cumplir con lo que había prometido: escapar para ver a Guille, aunque fuera unos minutos. Había guardado en silencio esa esperanza. Quería volver a sus brazos... olvidarme del mundo. Esperé a que los pasillos quedaran vacíos, a que los guardias de la entrada cambiaran de turno, y me escabullí por el corredor hacia la salida lateral. Pero no llegué lejos. —¿A dónde crees que vas? —la voz de Héctor me heló la sangre. Me detuvo de un tirón, sujetándome del brazo con una fuerza brutal. Intenté soltarme, pero fue inútil. Sus ojos tenían ese brillo enfermo que ya conocía, el que anunciaba que disfrutaba cada vez que me quebraba. —Déjame, Héctor. —Mi voz salió rota, más súplica que orden. Él rió. —¿De verdad pensaste que no te vigilaría? ¿Que podrías escaparte para correr a los brazos de tu boxeadorcito? —me susurró con veneno—. Eres mía, Gala. Aunque todavía no lo aceptes, pronto lo harás. Saqué fuerzas de donde no tenía y lo empujé, pero eso solo lo enfureció. Me arrancó el celular de las manos antes de que pudiera marcar un número y lo estrelló contra el suelo. El aparato se partió en dos pedazos inútiles. —Ya no lo necesitas —dijo de forma amenazante. Su sonrisa se mezcló con un gesto de asco. Me arrastró del brazo hasta mi habitación. Abrió la puerta y de un empujón me tiró dentro. Antes de salir, me escaneó con una mirada lascivia y dedicó otra de esas sonrisas que me hacían querer partirle la cara. —No abras la boca. No intentes salir. Nadie abrirá hasta la hora de la fiesta. Cerró de golpe, y escuché el chasquido del cerrojo. Quedé sola, rodeada de un silencio que pesaba más que el grito de cien hombres. Me tiré en la cama, y entonces sí, lloré. Lloré hasta que los ojos me ardieron. Me costaba respirar por los sollozos tan fuertes. Hasta que mi cuerpo se rindió de puro agotamiento. Me dormí sobre la almohada empapada de lágrimas. No tenía esperanzas de que nada cambiara. En la mañana me encontré en la misma posición. Me levanté directo al baño y no me asusté con lo que ví en el espejo. Tenía los párpados hinchados, la garganta seca y el corazón tan frágil, que hasta un soplo podía destruirlo. Caminé hasta la puerta y probé el picaporte. Cerrado. Golpeé con los nudillos, primero despacio, luego más fuerte. —¡Déjenme salir! Nada. Solo el eco de mis propios golpes y gritos. Me acerqué a la ventana, corrí las cortinas. Debajo, en los jardines, había hombres. Dos junto a la entrada, otros caminando en ronda. No sabía si eran de mi padre o de Héctor, pero en ese momento daba lo mismo: eran carceleros. Me aparté, cerrando otra vez la tela. Pasé las horas caminando de un lado a otro, sentada, recostada en la cama, sin hacer nada. Solo pensando. En Julieta, en Pedro, en cómo estarían. En Guille, en cómo se sentiría al no recibir respuesta, al ver que yo desaparecía de golpe. La angustia me apretaba el estómago. Me sentía como un fantasma. Ni una llamada, ni un mensaje, ni siquiera el consuelo de una voz amiga. Solo el vacío y mi propia mente repitiéndome una y otra vez que estaba atrapada. Cuando el sol comenzó a bajar, escuché pasos pesados acercarse. La llave giró en la cerradura, y la puerta se abrió de golpe. Mi padre entró. Llevaba en las manos una funda larga de terciopelo n***o. La dejó sobre la cama y me miró con esa frialdad que era peor que cualquier grito. —Te cambias. Te maquillas para esconder esa cara. Y bajas. Tragué saliva, sin atreverme a mirarlo a los ojos. —Papá, yo… El golpe de su bastón contra el piso me interrumpió. —No me avergüences. Porque si lo haces, la vida de uno de tus amiguitos terminará. Me quedé paralizada, sentí la amenaza implícita en cada célula de mi cuerpo. Él no esperó respuesta. Se giró y salió, cerrando la puerta de nuevo. Esta vez no giró la llave: sabía que no era necesario. Me quedé sola con el vestido sobre la cama. Lo miré como si fuera un ataúd. El terciopelo ocultaba la tela, pero no hacía falta descubrirlo para entender el mensaje: no era un regalo, era un chaleco de fuerza. Me acerqué con pasos lentos, lo abrí. Un vestido largo, elegante, del color más puro. Lo toqué con las yemas de los dedos y sentí que quemaba. Me vi en el espejo: ojos hinchados, piel pálida, labios partidos. Me odié. Me odié por obedecer, por agachar la cabeza, por aceptar que no tenía escapatoria. Pero al final, lo hice. Me puse el vestido. Me maquillé hasta borrar las huellas de mis lágrimas. Y cuando me miré otra vez, ya no vi a Gala. Vi a una muñeca. Un perro entrenado. Obedecí. Como siempre. El vestido me pesaba como si estuviera hecho de plomo. Cada paso hacia la escalera era una tortura. Y cuando finalmente puse un pie sobre el primer escalón, lo vi. Mi mundo se terminó de quebrar. Guille estaba allí. De pie, en el salón iluminado por los candelabros, con traje n***o y la pajarita que lo hacía parecer un extraño. Pero lo peor no era eso. Lo peor era que estaba hablando con mi padre. Con Arturo. Sentí que la sangre me abandonaba de golpe. Cada latido retumbaba en mis oídos y era lo único que podía escuchar. Cuando nuestros ojos se cruzaron, lo supe. Lo vi en su mirada: no me perdonaría. No después de esto. "Piensa, Gala, piensa." Los pensamientos intrusivos me golpearon con la misma violencia con la que se me torcía el estómago. ¿Y si me dejo caer por las escaleras? ¿Si finjo tener un episodio psicótico? ¿Si me invento una gemela malvada que es la verdadera prometida de Héctor? —Mierdâ… —murmuré entre dientes, clavando las uñas en la tela del vestido. ¿Por qué tenía que ser tan difícil? Mi padre seguía hablando con naturalidad, Héctor a su lado con su sonrisa venenosa, y Eduardo, el entrenador de Guille, escuchaba con la ilusión brillándole en los ojos. Terminé de bajar, cada escalón un suplicio. Me acerqué a ellos con la máscara perfecta: la hija obediente. —Aquí está —dijo Arturo, orgulloso, como si me hubiera tallado con sus propias manos—. Mi hija, Galardiel Castillo. El nombre me dio un escalofrío que me recorrió por completo. Galardiel. La palabra clave que me recordaba que no era libre, de que era de su propiedad, de que hasta mi nombre era suyo. Tragué saliva, miré a Guille de reojo y levanté la mano. —Un gusto —dije, mi voz hueca, estaba hecha trizas por dentro. Sus ojos ardieron. No necesitaba que hablara para saber lo que pensaba. Héctor rió bajo, con ese tono que me provocaba náuseas. —Más que un gusto, es un privilegio —soltó, y sus palabras goteaban veneno. Eduardo intentó disimular la incomodidad, pero mi padre, al parecer, no notó nada. —Discúlpenme —dijo Arturo, con una sonrisa falsa—. Debo saludar a algunos socios. Eduardo, acompáñame. Y así, sin más, se los llevó. Quedamos los tres. Héctor intentó dar un paso hacia mí, su mano extendida, pero yo me adelanté, desesperada. —Déjame explicarte… Por favor, Guille. Héctor arqueó una ceja y estiró el brazo para tomarme, pero antes de que pudiera tocarme, Guille llegó primero. Me agarró de la muñeca sana, firme, y sin una palabra me arrastró por un pasillo lateral. El murmullo del salón quedó atrás, tragado por el silencio de los corredores vacíos. Se detuvo de golpe y me giró hacia él. Su respiración era un trueno contenido, sus ojos un incendio que apenas lograba controlar. —¿Un gusto? —me escupió entre dientes, la voz grave, rota por la furia—. ¿Me sales con esa basura después de que me entero que estás comprometida? ¿A qué mierda estás jugando, Galardiel? Su voz me partió en dos. Y aun así, entre la ira, vi el brillo en sus ojos. Se estaba conteniendo. Aguantaba las ganas de gritar, de destrozar todo. Las lágrimas me subieron, pero no me importó. —Lo único que debes saber es que te amo a ti. —Mi voz temblaba, pero era verdad, mi verdad más sincera—. Lo demás no importa… Él soltó una risa incrédula y cargada de dolor. —¿¡QUÉ NO IMPORTA!? —subió el tono, apenas a un paso de gritar—. ¿Y QUÉ ESPERAS DE MÍ, ENTONCES? ¿QUÉ ME CONVIERTA EN TU AMANTE? ¿QUÉ ME ESCONDA DETRÁS DE TU SOMBRA? —No, no… —sollozaba ya, las lágrimas empañándome la vista—. No es eso, Guille. De verdad que no es eso. —¡ENTONCES, ILUMÍNAME! —rugió, con la respiración desbocada, como un toro enardecido. El pecho subía y bajaba con violencia, cada inhalación parecía un puñetazo al aire, como si acabara de pelear diez asaltos y aún le quedaran fuerzas para uno más. Extendí una mano, temblorosa, hacia él. —Por favor, déjame explicarte todo. Solo… solo escúchame. Durante un segundo creí que me soltaría y se iría. Que me daría la espalda para siempre. Pero no lo hizo. Respiró hondo, tan fuerte que sus hombros se sacudieron, y luego hizo un gesto con la cabeza. Un movimiento rápido, casi imperceptible, pero suficiente. Me estaba dando una oportunidad. Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Porque si abría la boca, si le decía la verdad completa, mi mundo podía colapsar. Y si me callaba, lo perdería igual. Me quedé atrapada en medio, con el corazón hecho pedazos. Y aun así, sabía que no tenía otra salida más que hablar.
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