Capítulo 24: Que empiece el juego

1834 Palabras
Guille El pasillo estaba vacío, pero todo dentro de mí rugía con fuerza y sin descanso. Tenía a Gala frente a mí, con ese vestido que parecía hecho para asfixiarla, los ojos brillando de miedo, y yo apenas podía pensar en lo que acababa de escuchar allá atrás. —¿¿Un gusto?? —le gruñí, conteniendo las ganas de gritar—. ¿Me sales con esa basura después de que me entero de que estás comprometida con ese perro? Dime, Galardiel… ¿A qué mierdâ estás jugando? Ella se encogió, como si, su nombre completo en mis labios, doliera más que cualquier otra cosa. —Lo único que debes saber es que te amo a ti —me dijo, con la voz rota—. Lo demás no importa. Reí, pero fue una risa seca, de pura incredulidad. —¿¡QUÉ NO IMPORTA!? —subí el tono, apenas a un paso de gritar—. ¿Y QUÉ ESPERAS DE MÍ, ENTONCES? ¿QUÉ ME CONVIERTA EN TU AMANTE? ¿QUÉ ME ESCONDA DETRÁS DE TU SOMBRA? —No, no… —las lágrimas empezaron a rodarle por las mejillas—. De verdad que no es eso. Me mordí la lengua para no explotar, para no decirle lo que me quemaba por dentro: que la había imaginado en mi casa, con Juana, con una vida normal, y que ahora todo se me desmoronaba. —¡ENTONCES, ILUMÍNAME! —le exigí, respirando como un toro furioso—. AHORA. Ella se aferró a mi chaqueta, sollozando. —Es Héctor… —susurró—. Él me acosa, me persigue. Y mi padre… él me presiona, me obliga a hacer cosas que no quiero. Mi mandíbula crujió al apretarla. —¿Qué cosas? —Esto… —sacudió la cabeza, desesperada—. No quiero casarme con Héctor, tienes que creerme… yo, yo solo te amo a ti. Su voz me atravesó. Esa frase, "te amo a ti", fue lo único que logró calmar el huracán dentro de mí. Pero no fue suficiente. Porque en cuanto escuché de nuevo el nombre de ese miserable, la imagen de sus manos en ella me encendió como si me hubieran mandado gasolina mientras yo ardía. Sentí cómo la furia me devoraba por completo, haciendo que mi vista se nublara. —Ese hijo de puta… —murmuré, girándome hacia el salón. Di un paso, y otro, con el cuerpo tenso. Lo buscaba con la mirada, ya imaginando su cara destrozada bajo mis puños, la sangre corriéndole por la boca, el sonido de mis nudillos quebrándole hasta la sonrisa. Pero Gala me detuvo. —¡Guille! —su voz desesperada me hizo girar. Estaba llorando, aferrada a mi brazo con toda la fuerza que tenía. —No, por favor… —su súplica fue más fuerte y dolorosa que cualquier golpe que haya recibido en mi vida—. No lo hagas. Me quedé inmóvil, los puños cerrados hasta que las uñas se me clavaron en la piel, la respiración desbordada como si el aire me quemara por dentro. Cada fibra de mi ser exigía lanzarme contra él, destrozar esa fachada elegante y desenmascararlo frente al mundo. Pero ella estaba ahí. Sus ojos, enrojecidos, me imploraban mucho más. Y entendí que, si lo hacía en medio de la fiesta de Arturo, no solo terminaría con mi carrera… la arrastraría conmigo al abismo. Tragué saliva, el sabor ácido de la rabia me quemaba la lengua, ardiendo de principio a raíz. —¿Quieres que me quede de brazos cruzados? —le pregunté, entre dientes. Ella asintió, llorando. —Solo… créeme. Yo estoy aquí contigo, aunque todo lo demás me grite que no puedo. Me pasé las manos por el cabello, necesitando calmarme, arrancarme la furia de raíz. La miré de nuevo. Gala, en ese vestido que, a pesar de que le quedaba espectacular, parecía una prisión, con el maquillaje cubriendo sus ojeras, con el corazón destrozado por dentro. "La amo. ¡Joder! La amo tanto que duele..." Pero esa misma certeza era un arma de doble filo: porque saber que me amaba no apagaba el fuego, lo alimentaba y a la misma vez me hacía vulnerable… Me acerqué de nuevo, la tomé del rostro con ambas manos. —No sé qué mierdâ está pasando, Gala. Pero si Héctor te puso una mano encima, lo mato. Me tomó del cuello de la chaqueta y me besó. No fue un beso calculado ni dulce. Fue desesperado, como si quisiera poner una cadena alrededor de mi descontrol y atarme a ella. Sus labios temblaban, sabían a lágrimas, y aun así me incendiaron de otra forma. Sentí su respiración rota y su corazón golpeando tan rápido como el mío. La abracé, instintivo, y por un momento todo se borró: las luces, la música, el eco del apellido Castillo. Solo quedamos nosotros dos, chocando como un par de náufragos en medio de un mar que no perdona. Cuando se apartó, apenas un poco, tenía la frente pegada a la mía. —No quiero perderte, Guille —susurró—. Si sales ahí y lo golpeas, no va a terminar con él. Va a terminar contigo. Y no puedo… no puedo soportar ni siquiera pensar en eso... Me quedé mirándola, con los puños aún cerrados a su alrededor, sintiendo cómo la furia seguía quemándome, pero también cómo ella se metía entre el fuego y yo. Y ahí me golpeó la duda. ¿Qué podía darle yo? Ella había nacido en un mundo de lujos, trajes caros, fiestas donde hasta el aire valía más que lo que yo ganaba en un mes. Podía tener todo lo que quisiera con solo levantar un dedo. Yo, en cambio, era un hombre con las manos marcadas por la rutina, que dejaba el sudor en un gimnasio desvencijado mientras cargaba con la vida de mi hermana, frágil que dependía exclusivamente de mí. ¿Podría ser suficiente para Gala? ¿O tarde o temprano me vería como un error, como un capricho pasajero? Sentí el vacío en el estómago al pensar en eso. Y sin embargo, su mirada me devolvía una certeza: ella me quería a mí. No a Héctor. No al apellido. No al mundo en el que había crecido. A mí. Apreté la mandíbula y, con la voz ronca, le dije lo que me estaba carcomiendo por dentro: —No sé si puedo darte lo que mereces, Gala. No sé si soy suficiente para ti. Pero lo que soy, lo que tengo… es tuyo. Ella sonrió entre lágrimas, apenas un gesto tímido, y me besó otra vez, más lento esta vez. Como si quisiera convencerme de que lo que le ofrecía era suficiente. Y la verdad es que sentí que tal vez sí lo era. Nos separamos buscando aire, ella cerró los ojos, apoyando la frente en mi pecho. Yo respiraba como un animal enjaulado, con un rugido que me vibraba por todo el cuerpo. Allá afuera, el salón seguía lleno de risas falsas, copas tintineando, y Héctor caminando como si ya hubiera ganado. Y yo, con Gala en mis brazos, sabía que esa guerra recién estaba empezando. Su amor me daba fuerzas, sí, pero también me recordaba cuán vulnerable era mi posición… y cuán poco preparado estaba para lo que venía. Quise quedarme ahí, en ese pasillo vacío, abrazándola hasta que todo el maldito mundo desapareciera. Pero su respiración entrecortada me recordó que estábamos rodeados de lobos. Y tarde o temprano, alguno iba a venir a meter las narices dónde no lo llaman. —Tenemos que volver —me dijo en un susurro, como si su voz pudiera romper la poca paz que quedaba entre nosotros—. Si mi padre no me ve en el salón, vendrá a buscarme. La idea me revolvió el estómago, pero asentí. Sabía que tenía razón. Regresamos juntos, uno al lado del otro pero sin tocarnos. El murmullo de la fiesta volvió a envolvernos. Todo ese lujo me pareció aún más vacío que antes. Arturo estaba de espaldas, conversando con un grupo de empresarios. No nos había visto. Gala aprovechó para acercarse un poco más a mí. —Sonríe —me murmuró, con los labios tensos—. Si alguien nos mira, pensará que solo hablamos de tonterías. La obedecí a medias, apretando la mandíbula. Porque dentro de mí no había lógica ni ánimos para sonrisas, solo la rabia que ardía como fuego vivo a punto de arrasar con todo a su paso. Y entonces, la voz que menos quería escuchar nos cortó el aire. —Qué romántico. —Héctor apareció a la izquierda, copa en mano, sonrisa de serpiente—. Tu padre nos pide que vayamos a bailar, cariño. Va a anunciar nuestro matrimonio. Noté a Gala ponerse rígida junto a mí. Él me miró haciendo un gesto con los labios de asco, dejando claro que yo no era nada para él. —Se te terminó la hora mágica, imbécil. Suelta a mi mujer. Me paré delante de Gala, tomando su mano. Sentí cómo temblaba. Me giré despacio hacia él. —¿Qué dijiste? —Que sueltes a mi mujer —repitió, un paso más cerca, y haciendo énfasis en las últimas palabras—. Ya jugaste bastante a ser el machito salvador. Ella me pertenece. El mundo se me hizo tan pequeño que cabía en mi puño. El primer golpe salió solo: un directo limpio a la mandíbula. El chasquido fue seco, contundente y potente. Él trastabilló hacia atrás y chocó con una mesa. Las copas y platos estallaron en un coro de cristal. La música se detuvo de golpe. Un murmullo de espanto recorrió el salón. El bastardo se incorporó con la boca ensangrentada y esa sonrisa arrogante que fue combustible para mi ira. —Perfecto —escupió—. Si quieres jugar, juguemos. Se lanzó hacia mi como un rinoceronte. Amagué a la izquierda, lo esperé y lo recibí con un gancho al cuerpo; sentí el impacto en mis nudillos. Respondió con un empujón y un derechazo a mi sien que apenas me rozó. Los invitados se apartaron dejando un círculo de morbo. Escuché a alguien decir “100 dólares a Torres” muy lejos, como si viniera de otra habitación. —¡BASTA! —Gala se metió entre nosotros, pequeña y valiente, sujetándome del antebrazo—. Guille, por favor. —Apártate —gruñó Héctor, con los dientes apretados—. Esto es entre hombres. Le vi cargar el hombro para soltar un cruzado. Yo bajé la guardia para cubrir a Gala, pero el brazo de Héctor salió con un ángulo sucio e irregular, un codazo que iba dirigido a mí… pero fue a Gala a quien alcanzó. El golpe le dio de lleno en la mejilla; el sonido fue desgarrador, el tipo de sonido que se queda pegado hasta el hueso. Gala cayó de lado lejos de mí, sus manos buscaron apoyo en el suelo, y la vi llevarse los dedos al labio; le sangraba. Todo se detuvo.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR