En cuanto Angie me soltó, yo me sentí sofocada allí, sobrepasada. Así que salí de la casa y recorrí los amplios jardines, hasta que los aterrados latidos de mi corazón retomaron su ritmo habitual. Entonces me senté sobre el césped con las piernas cruzadas. Las manos aun me temblaban. Angie era aterradora. Anne aunque ácida y mala conmigo, no era nada en comparación a esta chica. La expresión dura y afilada de Anne no me intimidaba demasiado, podía soportarlo; pero, la mirada dulce y la actitud aparentemente agradable de Angie, me resultaban escalofriantes. ¿Quiénes eran ellas? Estaba claro que eran chicas de humo del burdel. Pero antes de todo eso, ¿quiénes eran ellas? ¿También habían sido compradas por el señor Riva? Si era así, ¿por qué ellas eran libres de dejar la mansión y yo no?

