Apoyé la barbilla en la palma de la mano y, desde la barandilla de las escaleras, observé como el señor Riva dejaba la mansión para visitar BodyShop, como rutinariamente hacía cada día. Era su negocio y seguramente más que eso. Junto a él, estaba Anne. Solo vestida con una ligera bata de seda plateada y con el corto cabello cubierto por un gorro de lana. —Estaré esperándolo con ansias, mi Señor —le dijo con obediencia, a modo de despedida. Él se colocó el sombrero y tomó su abrigo de piel. Frente a la casa, un coche ya lo esperaba. —Sabes que te he permitido quedarte en la mansión por un solo motivo. Cúmplelo. Ella asintió. Y yo me pregunté qué era ese motivo. —Lo sé, y le prometo que su propiedad estará segura. Propiedad, ¿se refería a la mansión? —Eso espero. Permaneceré

