Viktor no solo era un hombre dispuesto a dominar a la italiana, sino a convertirla en su Dama, algo que antes de marcharse habló con ella en la cama, cuando ella se sentó a horcajadas sobre su m*****o erecto y él llevó las manos a sus senos redondeados. Lionetta se movía en unos putos círculos que enloquecían al ruso, y con cada movimiento, apretaba tan fuerte sus senos, que la hacían excitarse aún más. Viktor deslizó las manos por su vientre y alcanzó su clítoris cuando Lionetta reclinó el torso. Viktor estaba perdido en la lujuria que el cuerpo de la mujer le producía, pero al mismo tiempo pensaba en el futuro, en lo que sería después. —Tenemos que hablar —gruñó al sujetar su cintura y elevarse de la cama para mirarla—. Es una puta orden. Lionetta empujó la espalda de Viktor contra la

