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Descripción

Nacer en una islita y mudarse a la capital para estudiar en una cara universidad es todo un reto para cualquiera. Personas, lugares y hasta costumbres diferentes pueden ser un enorme obstáculo a afrontar. Pero ¿qué tal si un imprudente rubio tatuado se propone fastidiarte hasta enamorarte? ¿Y si por casualidad te enamoras de tu profesor de matemáticas y él te corresponde? Se pone difícil ¿no?

Pobre de la rubia, no sabe en qué problemón terminará envuelta.

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1*****- El primer día de la rubia -*****
Muchos meses después... —Señorita Hernández, ¿cómo está? —preguntó el rector con voz profunda y cálida. —E-estoy bien —atinó con voz trémula. —Señorita Hernández, no queremos asustarla, nos gustaría que, por favor, se tranquilizara, porque no está aquí por algo malo que haya hecho. Quiso hacerle caso, pero su cuerpo no respondía. Su diafragma no le obedecía, y la respiración le salía más como un jadeo silencioso y apresurado. »Seré breve y conciso, porque esto no puede ser tratado con rodeos. —Carraspeó, sujetó la carpeta hacia el frente y la golpeó un par de veces con la palma—. Señorita, he recibido esta carpeta de un remitente anónimo, la encontré bajo la puerta de mi oficina y nadie vio de dónde salió. Tiene imágenes delicadas y una nota de acusación, gravísima —entonó con fuerza— hacia uno de nuestros educadores. Se está acusando al profesor Franco García Viktor Alcides de hacer uso de su autoridad para intimidarla y obligarla a mantener una relación con él. Apenas escuchó el nombre completo de Viktor, quiso desmayarse. ¿Qué clase de acusación era esa? »La nota dice, además, que usted, temiendo su expulsión por no cumplir con el puntaje mínimo requerido para continuar siendo partícipe del programa de becas, realiza y se somete a las demandas que le exige el profesor. Indira palideció y sintió el calor agolparse en su rostro, como una bofetada en las mejillas, y los ojos se le llenaron de lágrimas tan calientes como el magma, queriendo salir y llevarse todo a su paso. Sollozó y se tapó la boca. Bajó la cabeza y apretó los dedos en su cara, clavándose las uñas en las mejillas, impotente. —Señorita… —llamó el rector con suavidad—. Hay evidencia fotográfica de esto, y queremos que nos confirme que todo esto es cierto para proceder legalmente. El rector Medina le extendió la carpeta a la muchacha, quien con trémulas manos la tomó y la abrió, temiendo ver el interior. La primera hoja, blanca con el texto en n***o y una letra sencilla y grande, describía la nota explicativa de acusación. La leyó con detenimiento y al finalizar, pasó la página. La siguiente hoja mostraba varias imágenes organizadas en recuadros con dos personas. Fotografías muy explícitas. Las lágrimas le zanjaron las calientes mejillas y ella intentó guardar silencio. ¿Qué estaba ocurriendo? ¡¿Por qué?! —¿Señorita Hernández? —insistió el rector. Ella cerró la carpeta, la tiró al escritorio y comenzó a llorar fuerte. La oficina se inundó de hipidos, y la muchacha quiso acallarlos con las temblorosas manos, pero, muy a su pesar, logró que resonaran más. —Y-yo n-no… N-no quería —balbuceó y se limpió con fuerza la cara—. Y-yo solo quiero estudiar, y-yo est-toy haciéndolo l-lo mejor que puedo, pero… Continuó llorando como si su corazón fuese de cristal y se le hubiese roto dentro, acuchillando su blando interior. Y le dolió el pecho, y la cabeza le iba a estallar en cualquier instante, entonces, en su angustia, de nuevo quiso calmarse y trató de respirar con calma, contando del uno al diez, pero su mente no la dejaba avanzar del tres y se zambulló directo a la desesperación y el miedo. —Indira —pronunció la psicóloga con voz cálida y sosegada—. ¿Hiciste algo en contra de tu voluntad, con él? La muchacha, sin saber qué escuchaba y menos cómo responder, y en medio de los lagrimones que le surcaban las mejillas, asintió con lentitud. —Dios mío —murmuró el rector. Se levantó, dejó la carpeta en el escritorio y salió de la oficina dando un portazo. La psicóloga soltó un resuello, y se acercó al sillón junto a Indira. La rubia, sabiendo que admitir aquello había sido una cruel mentira, se vio presa del pánico. Pero ¿cómo llegaron esas fotos hasta allí? ¿Acaso Viktor las había mostrado a alguien? ¿Habría perdido su celular? ¿Y en qué se basó el anónimo para hacer esa acusación? —¿Él abusó de ti? ¿Te forzó a tener relaciones? —preguntó la psicóloga, aprovechando la ausencia del rector. ¡Qué horrible sonó! —¿Esas fotos fueron tomadas bajo tu consentimiento? ¿Tienen una relación sentimental? La valentía la abandonó y no pudo siquiera asentir o negar. ¡Qué inoportuna resultó la muchacha! —Y-yo no quiero p-perder mi beca, e-es lo único que pido. —No tengas miedo de decir lo que sucedió, aunque él te haya amenazado con afectar tus calificaciones, no tiene autoridad para hacerlo y menos para perjudicar tu participación en el programa de becas bajo peticiones de índole s****l. La muchacha, viéndose tan presionada, volvió a estallar en llanto desaforado. Se encorvó hacia el frente hasta quedar con la cabeza apoyada en sus rodillas, apanicada. Se haló los cabellos y se quedó un rato en esa posición, como si el esconderse le evitara toda la situación de afuera. —Indira, no es tu culpa, y él no puede hacer nada para perjudicar tu permanencia en la institución —continuó la psicóloga con tono comprensivo ante el silencio de Indira—. Él no tiene derechos sobre ti… Minutos después, la puerta sonó. La blonda se sobresaltó, pero no se irguió. Casi hecha un ovillo sobre el sillón, escuchó la voz permisiva de la psicóloga y pasos dentro de la oficina. —Tome asiento, por favor. «Mierda, hay alguien más». Aterrada, se incorporó y notó que a su lado ya no estaba la psicóloga, sino Viktor. Pálido, con las pupilas contraídas y las cejas rectas, pero aun así, estoico. —Profesor Franco, ¿usted ha mantenido una relación con la señorita Hernández? —cuestionó sin ambages el rector y le tendió la carpeta a Viktor. Viktor resopló y cerró los ojos al tiempo que echó la cabeza hacia atrás. Abrió la carpeta y leyó con rapidez, frunció el ceño y la palidez de su cara se vio colorada segundos luego. Cogió otra bocanada de aire y la soltó ruidoso, pasó a la siguiente hoja y no demoró en analizarla. Cerró la carpeta, la devolvió y se pasó ambas manos por el rostro, como si retardar su respuesta lo ayudaría a evitar las consecuencias venideras. Parecía asustado, sin embargo, no tanto como la muchacha a su lado. —Sí. Ella y yo tenemos una relación —respondió con tono de resignación—. Pero yo jamás, jamás he obligado a Indira a estar conmigo, y ella puede dar fe de eso. —¡Mentira! —vociferó la muchacha—. Él y yo no tenemos nada. ¡Nada! —chilló. —¿Cómo que mentira? ¿Cómo que no…? —objetó Viktor y la miró como si ella hubiese dicho una disparatada broma—. Indira, por Dios… —¡Cállate! —chilló ella—. Tú y yo no somos nada. Tú lo sabes bien —señaló la muchacha. —Señorita Hernández, pero usted afirmó que él la obligó a hacer cosas en contra de su voluntad —rememoró el rector y los miró a ambos. —¡¿Que yo qué?! —saltó Viktor y se agarró a los posabrazos del sillón—. ¿Qué coño de la madre dijiste, Indira? ¡¿Tú eres loca?! —gritó y se levantó. —Profesor, por favor manténgase sentado —dijo el rector y le colocó una mano sobre el hombro, pero Viktor lo miró enfurecido y el rector retiró la mano. —¡¿Pero es que usted está escuchando lo que dice ella y lo que dijo usted?! —exclamó el ojizarco—. Mire, esas fotos sí son de nosotros, sí tenemos algo, mejor dicho, tuvimos —aclaró y miró a Indira con avasalladora ira—. Pero ella no me va a venir a joder con que yo la estaba obligando a algo. No seas tú tan perra desgraciada, Indira —gruñó y manoteó mientras le mantenía la mirada. —Profesor, estamos aquí para aclarar esta situación… —Y para acusarme y crear malos entendidos —interrumpió—, porque esta niña seguro se ha pasado llora y llora todo el rato y quién sabe qué vainas dijo. —Profesor Franco, por favor, tome asiento y aclaremos esto de la manera más civilizada —participó la psicóloga. —Claro, por supuesto. Pregunten lo que quieran, que vamos a aclarar esta vaina. El rector se recostó de nuevo al escritorio y tomó la carpeta. —Las acusaciones expresadas en la carta anónima ¿son ciertas? —Falso —respondió Viktor. —Cierto —musitó Indira. —No me jodas, Indira —exclamó Viktor y la miró con rabia. ... —Indira, cállate —ordenó Viktor—. Renuncio. El corazón de la rubia se volvió mudo y ella se paralizó. —¿Renuncia? —Rector Medina, renuncio. Si yo me voy y las fotografías se viralizan, ya yo no estaré relacionado con la institución. Usted se desliga del escándalo y yo veré qué hago por mi cuenta, pero mantengo mi licencia. Y ella… —Observó a Indira con los ojos rojos y aguados—. Usted decida, eso no me incumbe. El rector Medina, con una postura calmada y una expresión de neutralidad, asintió despacio. Permaneció en silencio por poco menos de un minuto y luego carraspeó. —Señorita Hernández, evaluaré con detenimiento su situación y le avisaré lo más pronto posible. Puede retirarse. —¿Qué? —dudó. No entendió lo que había sucedido. —Que te vayas, Indira —dijo Viktor de mala gana. El corazón se le hizo diminuto y blando como una uva pasa, recogió sus cosas y salió de la oficina sin poder mirar a Viktor, quien estaba hundido en el sillón y se tapaba la cara con ambas manos. Tenía deseos de consolar a Viktor y regañarlo por esa decisión tan descabellada, pero sobre todo, necesitaba hablar con él para disculparse. Y, consciente que una disculpa no bastaría, estaba dispuesta a rogar de rodillas si eso hacía falta. Luego de presentar las evaluaciones del día, la rubia llamó a Viktor, y todas las llamadas repicaban y caían en el contestador. Insistió por largo rato, hasta que el ojizarco le contestó. —¿Qué coño quieres, Indira? ¿No te bastó con exponerme de esa manera? —exclamó fuerte y a la rubia le tembló la mano que sujetaba el celular. —¿Exponerte? —musitó indignada—. Yo no envié esas fotos, más bien pudiste haber sido tú, que se las mostraste a algún amigo tuyo y ve lo que sucedió… —Coño, te la fumaste verde, carajita. ¿Tú crees que yo soy tan inmaduro e inconsciente como tú? Mira, de verdad hoy estoy al límite y no tengo tiempo de escuchar tus mariqueras. Así que hazme un favor y retírate de mi vida, de la manera en que te dé la perra gana, porque, coño, ya tuve bastante contigo, pero de verdad déjame en paz. —Viktor, espera… ¡Viktor!, no me cuelgues por favor. —Indira, es que… —Lo siento, perdóname —interrumpió—. Y-yo no supe qué decir o cómo actuar —sollozó. —¡Coño! Me defiendes —gritó y sonó desesperado—, inventas cualquier vaina así como inventaste que yo te obligué a hacer cosas. Pero no, la niña corrió a decir que yo la obligaba a estar conmigo. O sea, el violador, pues —expuso. —Lo siento, te lo juro… P-pero es que iba a perder mi beca… Y ahora seguro la voy a perder… No sé qué haré… —Pues ya no es mi peo, Indira. Me importaría si no hubieses sido una hipócrita de mierda, egoísta. Pero jódete, Indira. La puñalada que me diste acertó donde era. —Pero tal vez te precipitaste con renunciar así, tal vez no era… —Cállate, ¿sí? —cortó el profesor—. Tú eres la menos indicada para decirme si lo que hice estuvo bien o no. Preocúpate solo por ti, así como lo hiciste en la oficina. No le dio tiempo de responder o intentar excusarse, Viktor ya había colgado la llamada. Actualidad... Aquella universidad elitista estaba un poco retirada del poblado urbanismo capitalino. En el paisaje arbolado que se mostraba por la ventana, la muchacha percibía el bus subiendo la cúspide del cerro, y cuando no hubo más por ver, un enorme y robusto arco de ladrillos describía el nombre de la institución en macizas letras doradas. Y fue imposible que pasaran desapercibidos aquellos autos de lujo último modelo que iban entrando y acomodándose en los puestos libres del parqueadero. La rubia pensó «Esa gente tiene mucho dinero» y se limitó a mirar a aquel muchacho que bajaba de un brillante auto convertible rojo, vestido como lo haría un famoso modelo de revista y que seguramente llevaba una vida similar. Y más adelante, de una camioneta de tono blanco perlado, bajaba una chica también rubia, «la típica rubia plástica» pensó la joven. Le fue imposible obviar los tacones aguja, el vestidito ceñido y los enormes pechos queriendo escapar del escote. La chica resopló, pues no era ese tipo de persona que vestía con ropa de marca y se veía elegante. La chica observó que muchos estudiantes se veían tan comunes y grises como ella, con su mochila al hombro y la sencillez brillando en sus caras lavadas. No le costó mucho dar con el edificio de su carrera y pronto ubicó su respectiva aula, donde ya estaban algunos estudiantes ocupando los puestos del medio del salón. Se sentó en el primer escritorio junto a la ventana, lo que le permitía observar a todo aquel que entrara por la puerta del salón; y acomodó su bolso a un lado de su asiento, sacó un cuaderno y una lapicera y esperó atenta a que llegara alguna figura de autoridad. Un muchacho tomó asiento junto a ella y la saludó con alegría, con una soltura que ella envidió, pues era tan penosa que no se creía capaz de comenzar una conversación con cualquiera, ni siquiera con su hermana que la conocía de toda la vida. —¿No ha llegado el profesor? —preguntó el joven mientras se giraba sobre la silla y veía al resto del alumnado. —C-creo que no —musitó y cubrió su boca con las manos, apenada por la burbuja de saliva que había explotado en cuanto habló. Al chico le hizo gracia y sonrió. Ella observó la calmada sonrisa del muchacho y comenzó a relajarse, dejó que los ojos azules del joven, que la miraba con curiosidad, le transmitieran sosiego y confianza. —¿Una foto? —burló el atrevido joven y ella se sonrojó y negó muy rápido con la cabeza, con mucha vergüenza. El joven rió con gracia y con más atrevimiento, le colocó con suavidad una mano sobre su delgado hombro, cubierto por el suave abrigo y ella reaccionó con un saltito infantil que la hizo ver como un tembloroso conejillo de laboratorio. —Tranquila, te vas a morir de un infarto —largó relajado y sonrió. Se bajó el zipper de la chaqueta y casi se acostó sobre la silla. —E-es que… Esto es tan diferente a lo que yo conozco. —Lo peor que podría suceder es que repitas el semestre. La muchacha negó de nuevo de manera apresurada y con sus ojos muy abiertos, nerviosa, y pensando que sería inaceptable para ella que le sucediera algo así luego de todo su esfuerzo. —No puedo darme ese lujo —musitó ella. —Entonces éxito en estos meses. La chiquilla rubia asintió y musitó un gracias con su dulce vocecita y aquel joven de ojos azules asintió. —Bueno, creo que ya es la hora —comentó el muchacho, mirando la pantalla de su smartphone y se levantó. Dejó su bandolera de cuero marrón sobre el escritorio con descuido, estrujó sus dedos con el afán de tronarlos y se situó dándole la espalda a la pizarra acrílica, mirando a todos en una línea recta—. Buenos días —entonó seguro—, soy Viktor Franco, su profesor de matemáticas. La rubiecilla palideció y ahogó un gritito de sorpresa al darse cuenta que todo ese rato charló con su profesor y no se había dado cuenta de ello. Y casi se desmaya sobre el escritorio cuando aquel extrovertido muchacho le guiñó un ojo mientras les daba la bienvenida a su clase. Se quedó cohibida y lo miraba por educación porque sus modales no le permitían mirar a otra parte mientras alguien hablaba de manera cordial y persuasiva. A los minutos, el profesor Viktor le entregó un grueso paquete de hojas impresas. Cogió una hoja y pasó el resto a su compañero de atrás; leyó el encabezado y se encontró con una prueba de diagnóstico. Siguiendo las instrucciones de su profesor, leyó y respondió los ejercicios que pudo resolver, y al cabo de una hora, ya había entregado su prueba finalizada. Tan pronto terminó la clase, cogió su mochila y salió disparada del salón, evitando ver la cara del curioso profesor que se dio cuenta de su rápida huida; y se fue a la siguiente aula, donde le esperaba una de las tantas materias prácticas que le emocionaba de su carrera. Por la tarde, la muchacha llevaba un ridículo sombrerito como el que usaban los marineros, su carné estudiantil como prendedor en el pecho, una camisa negra con el emblema de la universidad y debajo la palabra cafetería y un delantal también n***o, pues comenzó su horario laboral y además, otra memoria más para sus recuerdos de primeras veces. A la joven le temblaban las manos cuando colocaba las tazas de café bajo la salida de espresso de la máquina, y se desesperaba un poco cuando ésta tardaba en llenarse, pero controló su nerviosismo y atendió a todos los estudiantes y profesores con amabilidad y una sonrisa. —Un moca grande y una torta de zanahoria, por fa —pidió una voz que a la muchacha se le hizo familiar. Al voltear, sus ojos se toparon con ese joven profesor de matemáticas, que al parecer quería causarle serios problemas de incomodidad a la jovencita. La chica abrió sus ojos con asombro y pretendió huir, pero se dio de frente con una de sus compañeras y le hizo derramar la taza de café espumoso que llevaba. —¡Lo siento! ¡Lo siento mucho! —exclamó la rubia, con el pánico calándole veloz por el cuerpo y ante su prisa y sus erráticas piernas, pisó aquel charco pegajoso y resbaló sobre la cerámica, limpiando así ese desastre con su espalda y su cabello. —¿Estás… Bien? —curioseó el joven profesor, que se asomó sobre el mostrador y sonrió divertido y a su vez, avergonzado con la escena. —¿Mi amor, estás bien? —preguntó la compañera de barra, que también estaba bañada de café, pero que no dudó en hacer a un lado la taza vacía y darle una mano a la pequeña rubia. —Lo siento tanto —murmuró la chica y aceptó la ayuda. Pero estaba tan apenada y se sentía tan torpe que se quebró en lágrimas silenciosas y se retiró hacia el baño, donde podía arrinconarse y llorar sin que la miraran. Humedeció su cabello hasta liberarlo del pegostoso líquido, y con toallas húmedas trató de limpiar su sencillo uniforme. Agradeció no ser una adicta al maquillaje, porque lavó su cara sin preocupaciones estéticas y luego de una charla consigo misma, salió de nuevo al salón que suponía un gran reto para ella. Al cabo de unos minutos donde mermaron los vestigios de la vergüenza, la chiquilla volvió al frente de la barra y vio de nuevo al profesor, que estaba estirando su porción de torta de zanahoria hasta la última migajita. Se acercó y pasó el paño húmedo por la superficie de granito, mientras el muchacho jugueteaba con un trozo de torta. —¿Estás bien? Te caíste como una caricatura. Ella asintió con una sonrisa cortés, de esas que se dan por compromiso, con los labios apretados y con el pensamiento de trágame tierra. —Estoy bien, gracias. —Qué bueno… ¿Hasta qué hora estás aquí? Ella dejó de fregar el mesón y miró al profesor con cautela. —Hasta las seis —respondió con dudas. —Ya no falta nada —comentó él y le dio un trago a su café casi frío—. Trata de irte rápido, porque la ciudad colapsa a esa hora —aconsejó. —Gracias. —Acompañó la palabra con una media sonrisa y continuó en su labor. —¿De dónde eres? Porque ese acento que tienes no es de aquí —objetó, con la mirada entrecerrada y una sonrisa torcida y pícara. —De Nueva Esparta, de la Isla de Margarita. —¡Guau! Margarita, la Perla del Caribe —exclamó Viktor con admiración—. Me gusta mucho Margarita, ¿a quién no? —Es un lugar muy bello y mágico —murmuró la muchacha, extrañando las playas de su hogar. —Los atardeceres en Juan Griego… —añadió Viktor, con un halo de nostalgia. —¿Los ha visto? —preguntó con emoción la muchacha e hizo a un lado el trapo húmedo, centrando su atención al dueño de los ojos azules. —Trato de ir todos los años, pero no siempre se puede. —Y la Isla de Cubagua también es preciosa. —No he ido. —En su próximo viaje no deje de ir, mi familia tiene… —comenzó y un pedacito de su interior se resquebrajó al recordar a sus padres—. Mi hermana tiene una empresa de turismo, ella programa viajes a esa isla. —Entonces me tienes que dar el contacto —agradeció Viktor con entusiasmo y la rubia asintió—. Indira Hernández —leyó sobre el pecho de la muchacha y la susodicha miró su pecho y al joven repetidas veces, dudando de si le miraba el busto o realmente se interesó en su nombre. Indira vio la estancia y notó que solo quedaban los empleados y el profesor en la barra. Se despidió de sus compañeras mientras desamarraba el delantal de su cintura y fue en busca de sus cosas para marcharse a su residencia estudiantil. Al salir de detrás de la barra, Viktor estaba de pie con su bandolero al hombro. Indira lo miró con sorpresa, y le pudo detallar los brazos, que estaban adornados de tatuajes. ¡Que inusual! ¡Un profesor tatuado! Indira recorrió el cuerpo de Viktor con la mirada, detallando su altura varonil, sus brazos trabajados en algún caro gimnasio y su sonrisa pícara. Y ese cabello algo despeinado, castaño y corto, que le daba cierto aire de niño travieso, aunque era un hombre, uno joven y que aparte, también era su profesor. Indira acortó la distancia para despedirse de él, pero se sorprendió al escuchar la propuesta de Viktor. —¿Te puedo llevar a alguna parte? Su interior estalló en minigritos infantiles de nervios, de miedo y unos muy pequeñitos de alegría. Con temor, le respondió: —V-voy al metro. —Bueno, pero te puedo acercar más a tu casa —propuso. Indira comenzó a andar y esto obligó a Viktor a seguirla, muy de cerca, pero aún así algo distante. —Es que creo que no está bien que me lleve, profesor, siento que abusaría de su amabilidad. Y le puede traer problemas. —Bueno, como sea mejor para ti ¿sí? —Sí —afirmó la chica, y sintió como el nudo de emociones se desvaneció hacia su estómago. Viktor la guió hacia el estacionamiento de la universidad y caminaron hasta llegar a un bonito auto plateado, cuya carrocería relucía de limpia. El jovial profesor invitó a Indira a subir al asiento de copiloto y luego subió él, no demoró en conducir hacia el enorme arco de ladrillos para tomar la carretera de regreso a la civilización. Minutos más tarde, Indira se despidió con un amistoso movimiento de su mano en el aire y le agradeció por la cola a su profesor Viktor. Mientras caminaba hacia la residencia estudiantil, se recriminaba por haber aceptado ese aventón. —¡Pudo haberte pasado algo! —se decía. Y con palmadas en su frente se reprochaba esa tonta decisión. Pero en el fondo se admiraba, pues había tenido un día diferente y no había pensado en su exnovio. Al llegar a su habitación, Indira sacó sus tenis gastados de sus pies y revisó su w******p, chequeando la foto de perfil de ese muchacho que tanto amaba y que extrañaba en demasía. —No debíamos terminar… podíamos seguir siendo novios a la distancia —musitó con los ojos aguados, y mirando la fotografía de perfil del muchacho. Pensó en llamarlo para decirle que lo extrañaba, para contarle como le había ido y que él le contara su primer día universitario, y compartir anécdotas y reírse, como lo hacían antes. Pero Indira se regañó y desechó la idea, pues aunque acordaron seguirse tratando como amigos, sabía que era una mentira más para evitar la sincera y cruel verdad del rompimiento y la ausencia. Así que se limitó a rememorar todo su día, y no pudo evitar sonreír en esos momentos en los que aparecía su interesante profesor de matemáticas, con su sonrisa blanquita y su cabello despeinado. Y luego se vio, de nuevo, tendida en el suelo, con la espalda empapada de café caliente y la particular mirada vivaz de Viktor sobre su pequeña figura. La vergüenza le volvió al rostro como si aún estuviese llena del dulce brebaje y se revolcó sobre su cama, con una inusitada emoción de felicidad que tenía tiempo sin experimentar. Pero su mente no tardó en jugarle una mala pasada, y le reprendió su espontánea alegría. «No deberías estar pensando en ese muchacho, ¡es tu profesor!». —Pero fue muy amable conmigo —murmuró Indira para sí. «¿Y dónde dejas a Maicol? ¿No lo amas?». —Por supuesto que lo amo. Pero él terminó conmigo —musitó con tristeza, y su alegría terminó por apagarse como una vela soplada con fuerza—. Pero él lo prefirió así y yo no puedo hacer mucho para cambiarlo —chilló acongojada y comenzó a llorar sobre su cama. Apretó la almohada con ambas manos y la batuqueó sobre el colchón, con mucha violencia, como si esta fuese Maicol y ella quisiera hacerlo entrar en razón. Pero pronto se dio por vencida y el bulto de tela volvió a cumplir su cometido, estar debajo de la cabeza de Indira para que ella pudiese descansar. Porque estando sola en esa nueva ciudad, no contaba con nadie más que ella misma.

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