—Caballos—, dijo e instantáneamente nos pusimos en alerta, mirando detenidamente en la dirección de Lochindorb desde donde vendría Alistair. Yo lo sentí después; con seguridad era transpiración de caballo, pero mezclado con la siniestra sangre y algo de sulfuro, pensé. Luego nos llegó el sonido, traído suavemente por el viento; escuché el ruido de bridas, los golpes del cuero, el sonido de ropas y los relinchos de un corcel. —No puedo ver nada—, miré a la distancia entrecerrando mis ojos a causa del viento en aumento. El páramo llegaba hasta unas colinas bajas un poco boscosas y a pesar de que no podía ver las torres de Lochindorb, sabía que estaban allí, arruinando este lugar que podría ser tan hermoso. —Están viniendo—. Peallaidh apareció de la nada. En un momento no estaba, al siguie

