—¡El lobo de Badenoch! ¡El lobo de Badenoch! ¡El lobo de Badenoch! Sin detenerse, esas palabras eran una maldición que arruinaba esta bella provincia, se elevaban hasta el cielo y desafiaban la justicia y la bondad, y hasta el amor a Dios. —¡El lobo de Badenoch! ¡El lobo de Badenoch! ¡El lobo de Badenoch! Pero esta vez, hubo respuesta. Era un lema que no había escuchado antes pero que ahora viajaba por la llanura a las afueras de Ruthven y retornaba desde las Monadhliath, como si fuesen un objeto de granito y acero en lugar del mero sonido de palabras. —¡Fraoch Eilean! ¡Fraoch Eilean! Lo traduje con rapidez: “islas de brezo”, lo que difícilmente era un grito de guerra, pero aquel día sonaba como una sentencia de perdición, y vi a más de un hombre de Badenoch caer de rodillas. Incluso

