Su casa quedaba a unos cien metros del límite del bosque, justo donde las sombras empezaban a volverse más densas y el aire adquiría ese aroma terroso, húmedo, a corteza vieja y musgo. Era el mismo bosque del que siempre se contaban historias: que si las antiguas Campbell lo habían usado para rituales, que si las brujas lo cruzaban bajo la luna nueva. Pero ella nunca le tuvo miedo. Ese bosque, para Isabella, siempre fue un lugar de secretos, no de amenazas. Un refugio. Un testigo silente de los momentos más honestos de su infancia.
—Está muy oscuro aquí y parece que pronto va a llover —comenta Jonathan, observando el cielo con el ceño levemente fruncido.
Lo dice justo antes de que un trueno retumbe a lo lejos, grave y prolongado, como si el cielo se aclarara la garganta antes de abrirse por completo. La vibración se extiende por el suelo, y de pronto el aire huele a tierra húmeda, a hojas mojadas, a la tormenta que se avecina. Respiro hondo, casi sin darme cuenta, como si esa mezcla de aromas me conectara de inmediato con mis recuerdos, con la historia que vive entre estas paredes y este bosque.
La oscuridad lo envuelve todo. La casa está en penumbras, sin una sola luz que la defienda del cielo encapotado. No hay señales de que mi madre haya estado aquí en dias, ni del parpadeo suave de las luces del porche. Por dentro, algo en mí se inquieta, pero trato de no dejarlo crecer.
Jonathan no dice nada, pero su mirada recorre el entorno con atención. Está alerta. No está tenso, ni paranoico como todos los que visitan estas tierras. Solo... consciente. Como si conociera bien el tipo de oscuridad que puede esconderse en los rincones más tranquilos.
—Quédate cerca de mí —dice con voz baja, sin dramatismo, solo como quien da una instrucción sensata.
Y lo hago. Camino a su lado, sintiéndome ridículamente segura con su presencia, aunque no debería. Apenas lo conozco. Apenas sé quién es. Y sin embargo, hay algo en su forma de moverse, en su voz pausada, en sus silencios cargados de intención, que hace que mi cuerpo se relaje aunque el cielo esté a punto de caerse.
Las primeras gotas comienzan a caer cuando llegamos al porche. Lentas, dispersas, como una advertencia. Jonathan sube primero los escalones de madera, aún con mi bolso colgado en su hombro, y extiende la mano para ayudarme a subir. La tomo, sin pensar, y por un instante siento su piel cálida contra la mía. Es apenas un segundo, pero me sacude. No por lo físico. Por lo que entiendo.
Me observa mientras busco las llaves en el bolsillo interno de mi chaqueta. Y no me incomoda. Es una mirada tranquila, sin apuro, sin doble intención. Como si estuviera esperando ver si soy realmente quien cree que soy.
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Mis manos tiemblan tanto que, cuando por fin logro sacar las llaves del bolsillo interno de la chaqueta, se me escapan y caen al suelo con un tintineo que parece burla. Me agacho, las recojo con torpeza y camino hasta la puerta con ese nudo en el estómago que no me suelta desde que salimos del hospital. Es la misma sensación que tuve esta tarde, cuando llegué a mi apartamento en Charlottesville y ni siquiera podía acertarle a la cerradura. Mis dedos están igual de inestables, como si mi cuerpo no hubiera terminado de procesar todo lo que pasó hoy.
—¿Me permites hacerlo? —pregunta Jonathan, con esa voz baja que no exige, solo ofrece.
Le entrego las llaves sin decir palabra. Él las toma con firmeza y en cuestión de segundos abre la puerta con una soltura que me sorprende. Luego se hace a un lado, dejando el paso libre para que yo entre primero.
El calor me envuelve al instante, ese calor familiar que no solo viene del ambiente, sino del olor que flota en el aire. A hierbas secas, a incienso de lavanda, a madera envejecida por el tiempo... y a hogar. A nuestra pequeña familia.
Enciendo la luz del recibidor y una cálida penumbra dorada recubre los marcos de madera del zócalo, los estantes cargados de libros antiguos, y la alfombra persa que mi abuela trajo de un viaje a Marruecos y que jamás permitió cambiar. Es un espacio que huele a historia, pero respira con alma joven.
Me doy vuelta al notar que Jonathan no ha entrado. Sigue afuera, de pie en el umbral, mirando hacia la oscuridad como si esperara que algo se revelara entre los árboles sacudidos por la tormenta. El cielo tiembla con otro relámpago, y durante un segundo, su rostro se ilumina con esa luz blanca y breve, como un negativo de sí mismo.
—Pasa, John. No muerdo —murmuro, intentando una sonrisa, pero hasta yo siento que me sale deshilachada.
Él no responde, pero al fin da un paso hacia adentro y deja mi bolso sobre la consola de la entrada con un gesto casi reverente. Sus ojos recorren el interior con genuina curiosidad, como si estuviera entrando en un lugar del que solo había oído hablar en susurros.
—Tu casa es preciosa por dentro —dice por fin—. Siempre tuve curiosidad por saber cómo lucía por dentro.
—¿Esperabas un gran caldero de hierro en medio del salón? —bromeo, mientras dejo mi chaqueta sobre el perchero y me encamino hacia el living.
—No exactamente. Quizás un gato negro... o un cuervo. Un sapo, tal vez —responde, siguiéndome con una sonrisa ladeada.
El living es amplio, con techos altos de vigas expuestas y paredes cubiertas por cuadros de flores secas y retratos antiguos. La chimenea de piedra está apagada, pero aún conserva ese aroma a leña que lo impregna todo, como un perfume secreto. Las cortinas gruesas amortiguan el sonido de la tormenta, aunque los truenos logran colarse cada tanto, vibrando sutilmente en los ventanales.
Aun así, hay una calma en el aire. Una pausa que me permite respirar. Por fin estoy en casa.
Camino hasta el mueble donde mi madre y mi abuela guardan sus botellas más extrañas: licores traídas por amigas extranjeras, cosechas viejisimas, frascos con etiquetas en idiomas que nadie en esta casa habla pero que igual conservamos por respeto a quien los regaló.
—Tengo fobia a los sapos —confieso mientras sirvo dos dedos de whisky escocés en vasos gruesos—. Nunca pude domesticar un cuervo, aunque lo intenté. Pero un gato n***o sí tengo. Se llama Salem.
—¿Como el gato de la bruja adolescente? —pregunta, y cuando le entrego el vaso, noto que ni siquiera pregunté si quería tomar. Simplemente asumí que sí.
—Como el lugar maldito donde muchas mujeres de mi linaje murieron injustamente —respondo con tono bajo, aunque sin rencor—. Pero sí, de niña adoraba esa serie. Me sabía cada línea de memoria.
Jonathan me mira mientras toma un sorbo, y por un momento, sus ojos se detienen en mí con una intensidad que me desarma. No hay juicio en ellos. Ni miedo. Ni esa curiosidad morbosa que veo en otras personas cuando escuchan la palabra "linaje" como si significara algo oscuro. No. Él me observa como si me hubiera leído de tapa a tapa y aún así quisiera volver a empezar el libro.
Y yo... yo solo atino a mirarlo de vuelta, tratando de memorizar cada rasgo mientras las gotas golpean los ventanales con fuerza. Hay algo en él —en esa mezcla de calma, de fuerza silenciosa, de presencia sin invadir— que me desconcierta y me reconforta al mismo tiempo. Como si no importara cuán torcido esté mi mundo, su forma de habitarlo no se alterará.
—Cocinaré para ti, es lo menos que puedo hacer después de todo lo que hiciste por mí hoy… pero primero, dame un segundo. Ponte cómodo y recorre la casa si te apetece, prometo que no hay fantasmas.
Le sonrío apenas, con esa mezcla de cansancio y confianza que ni yo sé cómo logro sostener todavía. Después subo por la escalera que cruje como siempre lo hizo, incluso después de que la reforzaron. Cada peldaño parece conocer el peso de nuestros pasos, como si guardara en su madera los ecos de los años felices… y de los otros también.
La puerta de la habitación de mi abuela está entreabierta, como si me estuviera esperando. Como si supiera que esta noche iba a volver. Y ahí está el aroma de mi abuela, envolviendome y dándome la bienvenida. Ese perfume suave a lavanda, a talco, a historia. Me detengo un segundo en el umbral con la mano apoyada en el marco. Trago saliva con fuerza, porque no pienso llorar. No mientras ella aún respire.
Entro despacio, dejando que mis ojos se acostumbren a la penumbra. Las cortinas se mueven con el viento de la tormenta que se filtra por alguna hendija mal cerrada, y la luz de los relámpagos ilumina por momentos los detalles de la habitación: la colcha tejida a mano, la silla mecedora con el chal a medio caer, el portarretrato de mi cuando era una bebita en sus brazos sobre la cómoda.
Camino hacia allí guiada por la memoria. Abro el primer cajón, con cuidado, como si el más mínimo ruido pudiera perturbar la calma que flota en el aire… y ahí está.
El libro.
Ese que ella me prohibía tocar de niña y que después fingía que no veía cuando lo hojeaba a escondidas en las tardes de verano. Está intacto, envuelto en una cinta de cuero que alguna vez fue vibrante y ahora parece más un susurro apagado por el tiempo. Mis dedos rozan el lomo de cuero agrietado, y por dentro algo tiembla. El pasado. Las raíces. Todo lo que todavía no entiendo, pero siento.
Aferrada al libro, me doy vuelta. La habitación sigue oliendo a ella. A hogar. A algo que me aferro a no perder. Y por un instante, me quedo ahí, simplemente respirando. Me repito que esto es algo que debo atravesar, con valor, como todas las Campbell antes de mi.