Jonathan no entiende lo que acabo de decir, pero lo toma con tranquilidad. No sé si no le da importancia o simplemente decide no insistir, porque justo cuando voy a explicarle, un pitido agudo se cuela en mis oídos. Es sutil, pero molesto. Como ese zumbido agudo que queda en el aire después de un silencio demasiado profundo. Por un instante, se intensifica tanto que llevo los dedos a la oreja, intentando despejarlo.
—¿Estás bien? —pregunta él, con el
ceño fruncido y una preocupación honesta dibujada en los ojos.
—Sí, sí… solo… —parpadeo varias veces, sacudiendo la cabeza para volver al presente—. Fue un sonido raro, como un pitido. Ya se fue.
No parece convencido. Lo noto en su silencio, en esa línea tensa que cruza su frente.
—¿Te pasa seguido?
—No. Debe ser el cansancio. Ha sido un día largo.
Asiente, pero esa sombra en su expresión no desaparece. Enciende el motor de la camioneta, aunque sus ojos vuelven a buscarme antes de arrancar.
—Si vuelve a pasar, me lo dices —advierte con una firmeza que me saca una sonrisa.
—De acuerdo, doctor.
Él se ríe mientras gira el volante, y el sonido, breve y cálido, aligera la tensión que todavía flota en el aire.
—No soy médico, pero si quieres, puedo fingir ser uno para cuidarte.
Suelto una carcajada suave, y agradezco el chiste. Me ayuda a soltar el aire que vengo conteniendo desde hace rato. Aun así, mientras avanzamos por las calles casi vacías, hay algo que no logro apartar de mi mente. Ese nombre. John. No sé por qué me choca. Es simple, normal… y sin embargo, algo en él me suena incómodo. Extraño. Jonathan es John. Lo vi.
Miro por la ventana. Las luces de la ciudad se deslizan como destellos sueltos en el vidrio. Tal vez solo estoy cansada. Tal vez estoy exagerando. Pero en el fondo, sé que no es solo eso.
—Isabella —dice mi nombre con suavidad, rompiendo el silencio con su tono tranquilo, casi como si leyera mis pensamientos—. ¿Quieres que te lleve a comer o prefieres hacerlo en tu casa?
Me toma un segundo reaccionar. Me había perdido. No solo en el paisaje, sino en mí misma. Pensaba en Charlottesville, en todo lo que dejé a medio hacer, en el departamento que ya siento ajeno… y, por supuesto, en Collin.
—Prefiero comer en casa —respondo sin pensar demasiado—. No me gusta mucho salir a comer a lugares públicos.
Él asiente sin cuestionar nada, con esa sonrisa leve que no necesita palabras.
—¿Y en qué más pensabas? Si quieres contarme, claro.
Dudo. Su pregunta es simple, pero la respuesta no lo es. No quiero incomodarlo, pero tampoco tengo razones para ocultarlo. Ya tomé una decisión, y no veo por qué debería seguir fingiendo.
—Estaba pensando en mi novio. Bueno… en mi ex novio —digo al fin, con ese tono que solo se usa cuando se suelta algo que ya está resuelto por dentro, aunque aún no se haya dicho en voz alta.
Veo cómo afloja un poco el agarre en el volante, pero no deja de mirar el camino. No hay juicio en su rostro, solo escucha.
—¿Problemas con él?
Suelto un suspiro, uno de esos que no se planean, que simplemente salen.
—No es exactamente "problemas". Es que… iba a terminar con él antes de que todo esto pasara. Antes de que mi mamá me llamara. Collin es… —busco las palabras, pero no encuentro más que frustración—. Es un desastre.
Jonathan levanta apenas una ceja, pero no dice nada. Me deja hablar, y se lo agradezco.
—Al principio hizo de todo para que saliera con él. Fue insistente, encantador… parecía que realmente le importaba. Me llevaba flores, me mandaba mensajes bonitos, se aparecía en mi casa con mi comida favorita. —Me río con amargura, sin poder evitarlo—. Pero una vez que acepté, una vez que dije que sí, todo eso desapareció.
El ceño de Jonathan se frunce, pero sigue en silencio. Su expresión no cambia, pero hay una tensión sutil en su mandíbula que no estaba antes.
—Hace dos meses que casi no lo veo. Cancela nuestras citas, desaparece por días, ni siquiera se molesta en inventar una excusa decente. No me llama, no me escribe… solo aparece para cancelar o decirme que está demasiado ocupado. No entiendo por qué sigue conmigo si no tiene tiempo para ser un novio.
Las palabras me raspan la garganta. Hago una pausa, y sin quererlo, mi cuerpo se encoje un poco, como si intentar ocupar menos espacio pudiera protegerme de lo que acabo de admitir. El silencio entre nosotros se vuelve denso, pero no incómodo. Es un silencio que sostiene, que escucha, que contiene sin presionar.
—Y lo peor es que ni siquiera sé por qué seguí con él. Supongo que fue la soledad. Esa ciudad me tragaba entera, y tal vez por eso acepté algo que sabía que no debía. Sabía que no debía mirar a ningún chico de esa forma… y aun así lo hice.
Trago saliva con dificultad. El aire dentro del auto se siente más espeso, como si las palabras hubieran desplazado el oxígeno. La luz del tablero parpadea débil sobre mis piernas cruzadas, y noto que las tengo tensas, como si todo mi cuerpo estuviera sujetando algo que no quiero dejar caer.
El silencio que sigue no es incómodo. Jonathan asimila mis palabras, mientras yo siento que, por fin, puedo soltar un peso que vengo cargando desde hace semanas. No hay juicio en su expresión. Solo esa quietud firme que empieza a parecerme familiar. Como si él supiera lo que es callar cosas durante tanto tiempo que duelen más adentro que cuando salen.
—Bueno, no suena como el tipo de hombre que sabe lo que tiene delante —dice al fin, con ese tono grave y decidido que parece no flaquear nunca—. Pero, si me permites decirlo, creo que ya sabes qué hacer.
Lo miro, algo sorprendida. Hay algo en su voz que va más allá del consejo: una certeza tranquila, como si acabara de poner en palabras algo que yo ya sabía, pero no me había permitido aceptar.
—¿Qué te hace decir eso?
Me sonríe de lado, como si esa expresión le viniera natural, hecha para infundir confianza. Una sonrisa que no pretende convencer ni consolar, sino simplemente estar.
—Porque no hablas de él como alguien a quien quieres. Hablas de él como alguien de quien ya te despediste.
Bajo la mirada a mis manos entrelazadas sobre el regazo. Es cierto. Colin se ha ido desvaneciendo tanto de mi vida, que terminar con él se siente más como una formalidad que como una ruptura. Pero escucharlo en voz alta hace que todo se ordene de golpe. Como si Jonathan acabara de señalar lo obvio. Como si la tristeza por la relación ya no estuviera, y lo que quedara fuera solo el eco de una decisión tomada hace tiempo.
No respondo, pero tampoco lo niego.
—De todos modos, no te preocupes por eso ahora —añade, más suave esta vez—. Primero comes, después descansas. Lo demás puede esperar.
Y con esas palabras, siento —por primera vez en mucho tiempo— que alguien de verdad se preocupa por mí. No por lo que aparento, no por lo que puedo dar, no por cortesía. Solo por estar ahí, entera o rota, pero siendo yo.
Ya nos hemos alejado del bullicio del centro cuando Jonathan desacelera el vehículo apenas un poco. Las luces de la ciudad quedaron atrás, y lo único que nos acompaña ahora es el zumbido sordo del motor y la música instrumental que aún flota en el ambiente, como si no quisiera marcharse del todo.
—Supongo que tu casa está en los mismos terrenos de las antiguas Campbell, ¿verdad? —pregunta con un tono casual, aunque hay algo más profundo escondido en su mirada.
Sonrío de lado, los ojos puestos en el camino iluminado. La curva del sendero, la forma en que los árboles se inclinan hacia nosotros como si reconocieran el auto… todo eso me hace sentir en casa incluso antes de llegar.
—Así es. Supongo que, si lo preguntas, es porque sabes exactamente dónde queda.
Asiente, bajando un poco el volumen de la radio. Una melodía suave queda flotando de fondo mientras toma un atajo que reconozco al instante.
Era un sendero de tierra rodeado de pastizales altos que solía recorrer cuando necesitaba despejarse, sobre todo en otoño, cuando el viento parecía barrerle las ideas y dejarlas en paz. Le gustaba evitar el ruido de la ciudad, bordearla por ese desvío silencioso donde solo se escuchaba el crujir de la grava bajo los neumáticos y el silbido del viento entre los tallos. A ambos lados, los campos dorados se mecían como un mar dormido, y más adelante, los árboles comenzaban a alzarse, formando un borde natural que marcaba la entrada a otro mundo.