Siento un nudo en el estómago mientras escucho las últimas palabras de mi abuela. La tristeza y la emoción se mezclan como fuego y hielo dentro mío. Pero también aparece algo más… una chispa que no sé si es fuerza o necesidad de no quebrarme.
Agnetha me sonríe. Está en paz. Lo noto en la manera en que sus ojos, que ya no brillan igual, se cierran despacio. Su voz, tan débil como firme, se clava en el aire:
—Recuerden, el amor es la fuerza más poderosa de todas. No dejen que nada ni nadie los separe.
Cuando salimos de la habitación, mamá se pone de pie. Le cuesta. Tiene el rostro marcado por el cansancio y los ojos vidriosos por las lágrimas que no quiso soltar delante de nosotras.
—¿Te dijo todo lo que tenías que saber, hija?
Asiento sin hablar, sintiendo la mano de Jonathan apoyarse en mi espalda. Su toque es firme, protector. Me aferro a eso mientras empiezo a desatarme el nudo de la bata esterilizada con manos torpes.
—En parte. Me dejó el libro de las Campbell. Dice que cuando lo lea, voy a entenderlo todo. Quiere que estés con ella ahora. ¿Estarás bien si paso por casa a dejar mis cosas y lo busco? No voy a tardar.
Me quito la bata. La dejo en el cesto sin pensar, como quien deja atrás algo que ya no le pertenece. Miro a mamá. Su cara agotada. Sus ojos que ya saben.
—Quiero que te quedes en casa —dice, con esa voz suave que no da lugar a réplicas—. Esta va a ser una noche difícil para las dos. Y sé que lo sientes, Isabella.
Tiene razón. Puedo sentirlo. Puedo notar cómo la vida de mi abuela se apaga. Como una vela consumida que parpadea antes de extinguirse. Se me forma un nudo en la garganta, y los ojos empiezan a arder, pero no lloro.
—De nada sirve quedarse en esas sillas, toda contracturada, si ya te despediste de ella.
Mamá mira a Jonathan, buscando algo más que apoyo. Confirma lo que ya decidió.
—¿Puedes quedarte con ella esta noche? Si la dejo sola, no va a comer, no va a descansar, y la voy a tener aquí de nuevo en menos de media hora.
Él asiente con esa tranquilidad que me descoloca.
—Voy a cuidar de su hija, señora Campbell.
Me lanza una sonrisa, pero yo apenas levanto la vista. Solo asiento. Mamá habla, y eso, para mí, ya es una orden. Además... sé que tiene razón. Ya me despedí de mi abuela Agnetha. Y estoy muerta de hambre y de cansancio.
Hoy no fue un buen dia.
—Yo mismo la llevo —dice Jonathan, como si no hubiera alternativa—. Y sobre la cuenta del hospital... ya está cubierta. Traerán un sillón más cómodo para usted en unos minutos.
—No hace falta, señor Dunne. Nosotras...
Jonathan levanta la mano. Punto final.
—Soy dueño del hospital. Y ahora ustedes tres son mi familia. Lo menos que puedo hacer por la señora Agnetha es esto. Darles un poco de paz y comodidad en sus últimos momentos juntas.
Mamá se queda callada. Está sorprendida. Casi sin palabras.
—Podemos pagarla, Jonathan —respondo yo, más seca de lo que quería, pero no me arrepiento. No me gusta deberle nada a nadie. Ni siquiera a él.
Jonathan suelta una risa suave. Le brillan los ojos.
—No lo dudo. He visto tu motocicleta.
Ruedo los ojos. No tengo energía para discutir.
—Déjenme hacer esto por ustedes.
—Gracias, señor Dunne —dice mamá al fin. Y esta vez su voz es honesta, agradecida—. Ahora váyanse. Yo me quedo con ella. Les voy a llamar cuando sea el momento. Descansen, coman algo. Estoy segura de que tienen muchas cosas de qué hablar.
Tomo mi bolso. Está en la silla, donde lo dejé. Pero Jonathan me extiende la mano. Solo se lo entrego.
—¿Estarás bien, mamá?
—Sí. Ahora váyanse.
Nos da la espalda. Entra a la habitación sin mirar atrás. Jonathan y yo volvemos sobre nuestros pasos. Caminamos por los pasillos fríos del hospital. Y en un momento, sin decir nada, él toma mi mano. Entrelaza sus dedos con los míos.
Debería sentir que es demasiado. Demasiado íntimo. Demasiado pronto. Pero no se siente así. No ahora que sé que lo que hay entre nosotros viene de otro lugar. De otro tiempo, quizás.
La camioneta está donde la dejó. Solo entonces noto el cartel: “Espacio reservado para personal autorizado”.
—No sabía que eras el dueño del hospital —cemento, más para romper el silencio que por sorpresa real.
—Soy dueño de casi todo este maldito lugar —responde con una media sonrisa que no le llega a los ojos—. Mi familia lleva generaciones comprando tierras, invirtiendo en todo: hospitales, bares, lo que sea. Si hubiera sabido que iba a heredar todo esto... les habría rogado que pararan.
No digo nada. Hay algo en su tono, una especie de agotamiento crudo que no necesita explicación.
Abre la puerta del copiloto y me tiende la mano. Subo sin decir palabra, pero noto la calidez del gesto. Pongo mi bolso junto al suyo. Él rodea la camioneta y se sienta al volante.
—Gracias por hacer esto por nosotras —digo, mirando por la ventana—. No tenías por qué.
Se asegura de que tenga bien puesto el cinturón. Entonces me mira. Y no desvío la mirada.
—Sí tenía que hacerlo, Isabella. Desde que te vi hoy, sentí una necesidad absurda de estar contigo De acompañarte. De entender qué diablos me pasa cuando te miro. Ahora lo sabemos.
Hace una pausa. Lo que dice después suena simple, pero no lo es.
—No me pidas que me aleje, porque no lo voy a hacer, cariño.
Trago saliva. Sus palabras se instalan en algún lugar profundo. Me abrigan. Me asustan.
—No iba a hacerlo, Jonathan.
—Por favor, llamame John.
Cuando pronuncia ese nombre, un escalofrío me recorre la espalda. Algo en ese “John” resuena en mi interior como un eco lejano que despierta algo dormido, algo que no sé nombrar pero que late fuerte, como si lo hubiera escuchado antes. En otro sueño. En otra vida.
Y entonces lo veo. No sé cómo ni por qué, pero lo veo. Como si una grieta se abriera en mi mente, las imágenes me invaden con violencia. Son ráfagas, recuerdos que no recuerdo, momentos que no sé si viví o imaginé. Un pueblo cubierto de lodo, la lluvia cayendo con furia, un hombre entre la niebla, y sus ojos… los mismos ojos que tengo frente a mí ahora. Jonathan. Hay amor en ellos, amor real, profundo, de ese que duele. Pero también hay sangre. Una tormenta. Gritos. Y muerte.
Un nudo se forma en mi garganta y los ojos me escuecen. Las lágrimas que había logrado contener se derraman sin pedir permiso. Jonathan toma mi mano con suavidad, y su dedo roza mi mejilla como si quisiera borrar el dolor que no entiende. Su gesto es delicado, casi reverente.
—Ya no llores, preciosa —susurra con voz baja, convencido de que lloro por mi abuela. Pero no es por ella. No exactamente. Lloro por las imágenes que no son mías, pero que me desgarran como si lo fueran. Lloro por lo que no sé explicar, por esa certeza imposible de que esto ya pasó. Que nosotros ya fuimos algo, en otro tiempo, en otra historia.
—No voy a dejar que te pase nada, John —murmuro sin pensarlo, con la voz rota por algo más hondo que la tristeza—. Voy a cuidar de ti. No volverá a ocurrir. Te lo prometo.