Mientras avanza por el pasillo, ese pensamiento se le clava en la cabeza. No lo dice en voz alta, claro que no, pero quizá—solo quizá—hay algo que aprender en la forma en que su madre enfrenta lo inevitable. Sin miedo. Con la cabeza erguida. Como si la muerte no tuviera derecho a arrebatarle la dignidad.
Cuando la puerta se cierra, Isabella vuelve la mirada hacia su abuela, que ahora la observa con una intensidad casi insoportable. Como si pudiera leerle el alma. Como si ya supiera todo lo que ella todavía no se atreve a aceptar.
—Presta mucha atención a lo que voy a decir —empieza Agneta, con esa voz firme que no deja espacio a dudas, aunque en el fondo siga escondida la ternura de siempre—. De ti depende que todo lo que hemos construido siga en pie.
Hace una pausa. Sus ojos siguen fijos en los de su nieta, como si quisiera tatuarse su imagen antes de partir. Como si quisiera dejarle un legado invisible pero eterno.
—Fuiste criada por tu madre y por mí. Hicimos lo posible por enseñarte lo esencial. Y lo has hecho bien, hasta ahora. Es solo una lástima que no pueda acompañarte en la segunda parte más importante de tu vida.
La voz de Agneta se suaviza. Ya no es la de la bruja fuerte y sabia que todos temen, sino la de la abuela que le contaba cuentos con voz baja, bajo una manta, cuando afuera llovía y el mundo parecía lejano.
—La muerte es una ilusión, querida. Cuando este corazón idiota deje de latir, mi ausencia será real para este mundo, pero no para el verdadero. Estaré esperándolas, a ti y a tu madre, en nuestro hogar. En el original. Cuando todo esto termine.
Isabella cierra los ojos. No para llorar, aunque las lágrimas le arden en la garganta. Lo hace para guardar esas palabras, como quien guarda un secreto en el centro mismo del alma.
—Abuela… —susurra, y la voz se le quiebra—. Voy a extrañarte tanto.
—Llámalo. Quiero hablar con él. —Una sonrisa traviesa le curva los labios—. Apenas cruzaron esa puerta juntos, lo sentí. El vínculo.
—¿Abuela...? —Isabella la mira, atónita—. ¿Cómo sabes que… Jonathan es…?
—No sé quién demonios sea Jonathan. —Agneta se ríe, ronca y divertida—. Yo no veo personas, veo espíritus. Y él... él es leal. A nuestro origen, a nuestro dios. Además, el lazo entre ustedes es más fuerte de lo que crees.
Isabella traga saliva, sin saber qué decir. Sin saber si debe decir algo.
—No sé qué responder...
—Entonces deja de perder el maldito tiempo y llama al chico —resopla Agneta, revoleando los ojos como si tuviera veinte años—. ¿O querés que me dé un infarto mientras lo pensás?
Ahí está, su abuela. Esa mujer irreverente que se burla hasta de su propia muerte. Que convierte la tragedia en comedia con dos líneas y un gesto. Como si morirse fuera un trámite más. Como si el dolor ajeno no le pesara porque ya supo todo lo que tenía que saber.
—Solo me queda una duda —agrega, alzando una ceja como quien suelta la bomba final—. Conozco a un solo Jonathan. ¿No será Jonathan Dunne?
—Sí, abuela. Es Jonathan Dunne —responde Isabella, mientras saca el móvil del bolsillo, incapaz de disimular la sonrisa.
Agneta ríe bajito, como si ya hubiera ganado algo en ese intercambio.
—Dejá de amenazar con morirte, abuela. Parecés una señora con gripe.
—Mi amor, esto es real. Este cuerpo ya casi no me pertenece. —Mira sus manos temblorosas, tan delgadas que la piel parece papel—. Pero esto que ves, este cuerpo, no soy yo. Lo conquisté cuando tenía tu edad. Y tú también lo harás. Está en tu sangre. Solo tenés que dar el siguiente paso.
Isabella frunce el ceño. No entiende del todo, pero tampoco discute. No es el momento.
Marca el número. Espera.
Jonathan contesta al segundo tono.
—Dunne —dice él, con voz firme—. ¿Quién habla?
Isabella mira a su abuela, que le hace un gesto con las cejas como si estuviera viendo una telenovela y supiera exactamente lo que va a pasar.
—Soy Isabella —dice ella, aclarándose la garganta—. Disculpa que te moleste otra vez, pero… mi abuela quiere verte.
Del otro lado solo hay silencio. Uno denso, que se siente en los oídos como un zumbido. Al fin, Jonathan habla.
—Estoy en administración. Ya voy. ¿Estás bien, Isa?
Isabella cierra los ojos un instante. Respira. Y por primera vez en ese día, algo se acomoda adentro suyo.
—Estoy bien. Gracias.
—Ya voy.
Cuelga. Y su abuela asiente, satisfecha, con esa mirada que mezcla orgullo con una pizca de malicia. Hay complicidad en esos ojos viejos, como si ya supiera en qué va a terminar todo esto.
—Tu oído siempre fue demasiado agudo —dice Isabella, con una sonrisa tenue, el humor al borde del cansancio—. Lo escuchaste… ya viene.
Agneta asiente sin decir nada, solo extiende la mano. Isabella la toma. Están tibias, pero con esa frialdad apenas perceptible que delata el tiempo contado. Le acomoda las almohadas con cuidado, intentando que esté cómoda, aunque nada puede borrar esa fragilidad que cuelga en el aire como una amenaza silenciosa.
Pasan apenas unos segundos antes de que se escuchen dos golpes suaves en la puerta. Isabella se incorpora y camina hacia ella.
Del otro lado, Jonathan. Bata esterilizada, la misma que ella lleva puesta, pero en él parece otra cosa. Sus ojos la encuentran al instante, cálidos y serenos. Un ancla.
—Ya estoy aquí, pequeña —murmura. Su voz no es más que aire con forma, pero basta.
Desde la cama, Agneta oye todo. Y sonríe como si le hubieran contado un chiste privado.
—Perdón por molestarte... —dice Isabella mientras le abre paso—. Quiere verte.
—No es molestia —responde Jonathan, inclinándose apenas hacia ella—. Cada vez que me llames, voy a venir.
La abuela lo observa desde su trinchera de sábanas. No dice nada, pero su expresión lo dice todo: ya los leyó, ya entendió, ya decidió.
Aún con las manos enlazadas a las de su nieta, Agneta dirige la mirada hacia Jonathan. Y cuando habla, su voz es baja, pero tan firme que no deja espacio para la duda.
—Ustedes dos...
Hace una pausa. Respira.
—Hay cosas que este mundo no comprende. Reglas antiguas, que no caben en la lógica. Y ustedes están atados a ellas, lo sepan o no.
Jonathan ni se inmuta. La mira con respeto, sí, pero no con sorpresa. Sabe perfectamente a qué se refiere. Desde que llegó, lo sintió. Desde antes.
—No estás aquí por azar. —Agneta lo mira como si pudiera verlo por dentro—. Desde el primer momento, supe quién eras. No eres un amigo. No eres un capricho romántico. Eres la otra mitad de mi nieta.
Isabella parpadea, confundida. Abre la boca, pero su abuela sigue, sin permitir interrupciones.
—Son pareja original. Almas nacidas juntas. Inseparables en el origen. Separadas aquí. Pero destinadas a reencontrarse, siempre.
Jonathan asiente. No hace falta más. Lo sabe. Lo ha sabido desde que ella apareció en su vida como una respuesta no formulada.
—Lo sé, señora Campbell. Y quiero que Isabella también lo sepa. Que no lo olvide jamás.
Isa lo mira, con los ojos a medio camino entre la incredulidad y algo mucho más profundo. Un reconocimiento. Pero no es fácil tragarlo todo así, de golpe.
—¿De qué están hablando? —pregunta, más por necesidad que por duda.
Agneta la mira con una ternura que no suele mostrar en público.
—Jonathan tiene un papel en tu vida. No es solo compañía. Es guía. Es escudo. Y van a intentar separarlos, créeme. Pero si lo permiten… si ceden… ambos se perderán.
Él da un paso. Se acerca, sin tocarla, pero ocupando ese espacio que solo a él le corresponde.
—No estás sola en esto, Isabella. Estoy contigo. Y voy a estar, pase lo que pase.
Isa asiente, despacio. Lo siente. Lo sabe. Su madre se lo dijo. Su cuerpo se lo repite cada vez que lo tiene cerca. No necesita entenderlo todo para creerlo.
—¿Crees en esto, Isa? —pregunta Jonathan, sin apuro, sin presión.
—Creo en nosotros —responde ella, más firme de lo que esperaba—. Aunque todavía no entienda cómo funciona. Aunque me parezca una locura.
Agneta cierra los ojos un momento. Respira. Sonríe, apenas.
—Entonces, no hay más que decir. Sigan juntos. Por encima de todo. Y cuando llegue el momento, entenderán por qué.
Se acomoda en las almohadas. Parece cansada, pero no vencida.
—Tú siempre fuiste la más poderosa de las tres. Tienes que despertar, Isabella. Hay una sabiduría en ti que aún no conoces. Pero está ahí, dormida. Esperando.
Isabella la observa en silencio, tragando una mezcla de tristeza, orgullo y ese miedo que siempre viene cuando una etapa se termina.
—Te dejé algo —agrega Agneta, como si hablara del clima—. Ese libro que siempre querías leer de niña y nunca te dejé tocar. Está en el cajón de mi mesita de noche.
Isabella asiente, sin preguntar cuál. Ya sabe.
—Léelo con el espíritu. No con la cabeza. La lógica no te va a servir. Una vez que lo comprendas… estarás lista para tu nueva vida.
Isa siente un nudo en el estómago. Está por llorar, pero se contiene. No porque no quiera, sino porque todavía no.
—Lo haré, abuela. Haré todo lo que sea necesario.
Jonathan se queda en silencio, respetando ese momento entre ellas. Pero su mirada está firme, como un pacto.
—Vamos a encontrarle sentido a todo esto —dice, bajito, solo para ella.
Isabella asiente, mientras la realidad empieza a cambiar de forma frente a sus ojos.