—Madre, hay cosas que hasta ahora me estás revelando… —mi voz tiembla apenas, pero no retrocede—. Y estás abriendo cicatrices antiguas que ni siquiera sabía que existían.
Eleonora me mira con los ojos clavados en los míos. Hay un destello en su mirada que se asemeja al de una llama que se resiste a apagarse. Sus dedos tiemblan levemente, pero su postura es la de una mujer que ha peleado batallas silenciosas durante demasiado tiempo.
—Y las cicatrices de ese tiempo aún arden —dice finalmente. Su voz se ha vuelto más baja, áspera, como si raspase el aire al salir de su garganta. Pero lo que de verdad hiela la sangre es el miedo que ya no se molesta en ocultar—. Recuerda bien esto: las Campbell que olvidaron su naturaleza y jugaron con los sentimientos humanos… terminaron en la hoguera.
Hace una pausa. El silencio se carga de imágenes que no necesito ver para imaginar: el crepitar del fuego, las sogas en carne viva, los rezos deformados en gritos.
—Sus voces —continúa, como si estuviera viendo aquel pasado mientras lo narraba—. Sus gritos resonaron por todo Ravenswood. El eco aún se oye en el bosque si lo sabes escuchar. Y su legado quedó manchado… por su debilidad.
Las palabras se clavan como garras heladas.
—No cometerás sus mismos errores, Isabella —dice, más firme que nunca—. No mientras yo esté aquí para impedirlo.
Me quedo en silencio, con la mandíbula tensa, los labios sellados. No me atrevo a discutirle. No porque no quiera, sino porque siento que cualquier palabra sería un fósforo encendido sobre pólvora antigua.
Miro sus manos —esas manos arrugadas y duras como raíces viejas—, y pienso en cuántas veces habrán sostenido la verdad sin decirla. Me duele la garganta. El aire del hospital huele a desinfectante, pero también a algo más denso, ancestral. A humo viejo, a destino sellado en piedra.
A pesar de todo, quiero creer que todavía tengo elección. Pero en los ojos de mi madre no hay espacio para dudas. Solo fuego. Fuego que lo consume todo.
No cometerás los mismos errores.
Las palabras de mi madre caen con el peso de una advertencia y una sentencia. Bajo la cabeza, incapaz de sostener su mirada, sé que no es ni el momento ni el lugar para discutir. Mi mente se escapa a otra parte, a un nombre que pesa más que el silencio: la abuela. Dejo de jugar con mis dedos y levanto la vista. Eleonora no ha dejado de observarme ni un instante.
—Madre, ¿qué le pasó a la abuela?
Ella suspira, se sienta a mi lado y toma mi mano entre las suyas. No hay enojo que dure cuando se trata de mí. Con ternura, frota la cara interna de mis manos, y su rostro se suaviza por un instante.
—Mi madre...
Un hombre con bata blanca se detiene frente a nosotras, las manos metidas en los bolsillos.
—Señora Campbell. —Es un médico de unos cuarenta años, su expresión neutra apenas logra ocultar la sombra de tristeza en sus ojos, esa mirada que anuncia malas noticias sin necesidad de palabras.
Mi madre se pone de pie, sin soltar mi mano.
—Doctor, ¿cómo está mi madre? —pregunta, aunque sé que ya intuye la respuesta.
El médico toma aire, su tono medido, cargado de empatía.
—Lo siento mucho, señora Campbell. Hicimos todo lo posible para estabilizarla, pero el corazón de la señora Agnetha está demasiado débil. Por su edad y el estado crítico en el que se encuentra, no es candidata para una intervención quirúrgica. Cualquier procedimiento sería demasiado arriesgado y solo le causaría más dolor.
Siento que el suelo tiembla bajo mis pies, pero la presión firme de mi madre me ancla.
—¿Entonces...? —la voz de Eleonora tiembla, pero no aparta la mirada del médico.
—Recomiendo que pasen sus últimos momentos con ella. Está consciente y tranquila, pero... —hace una pausa, eligiendo las palabras con cuidado— el tiempo que le queda es limitado. Les sugiero que entren a verla cuanto antes.
El silencio que sigue pesa en el aire, denso y opresivo, interrumpido solo por el eco lejano y cadencioso de pasos que resuenan en el pasillo. Eleonora avanza lentamente, casi como si midiera cada movimiento, y cuando se vuelve hacia mí, su rostro se endurece con una resolución que contrasta con las lágrimas que amenazan con brotar de sus ojos.
—Vamos, cariño. La abuela nos necesita —dice con voz firme y urgente.
Guiada por Eleonora, camino por un pasillo frío, impregnado del olor intenso y penetrante a desinfectante que domina cualquier hospital. El suelo blanco brilla bajo la luz fría de los fluorescentes, proyectando un resplandor artificial que vuelve todo el entorno más distante, más ajeno a la vida que alguna vez conocí. Pienso con amarga claridad que este lugar solo recibe dos tipos de personas: quienes salen caminando y quienes dejan únicamente un recuerdo. La abuela será una de esas últimas.
El hospital no es cualquiera; es un centro exclusivo, pensado para quienes pueden pagar lo mejor. La señora Agnetha Campbell está en una de las habitaciones de lujo, rodeada de monitores y tecnología que, aunque avanzada, no puede cambiar la certeza de lo que viene.
Antes de entrar, pasamos por un cuarto de desinfección. Una enfermera me entrega una bata blanca, fresca y limpia, que roza mi piel con delicadeza, subrayando la fragilidad del momento, como un rito silencioso para atravesar la frontera entre el mundo exterior y esta cruda realidad.
Cuando cruzo el umbral, veo a mi abuela. Yace en la cama, su cabello largo y gris recogido en una trenza perfecta que conserva intacta su dignidad. La piel, más pálida y delgada que en mis recuerdos, contrasta con la sonrisa suave que aún adorna sus labios, una sonrisa que desafía la gravedad del instante y me devuelve un destello de esperanza.
—Al fin llegas —dice con voz firme, casi desafiante—. Pensé que moriría antes de decirte todo lo que tengo que decirte.
Sorprendida por la fuerza que desprenden sus palabras, me acerco rápidamente y la abrazo con cuidado. Sus labios rozan mi frente, frágil como el cristal, pero su espíritu permanece indomable.
—Siéntate —me ordena, señalando la silla junto a la cama con tono innegociable—. Y tú, Eleonora...
Sus ojos se clavan en mi madre, que permanece inmóvil cerca de la puerta.
—Déjanos un momento a solas.
Eleonora frunce el ceño, sus labios se aprietan en una línea delgada, como un arma afilada.
—Mamá... tienes que descansar.
—Descansaré cuando muera —responde Agnetha, con una firmeza que corta el aire—. Ahora déjanos a solas, que tengo cosas que decirle a mi nieta, y tú no estás invitada.
La determinación en su voz y la chispa rebelde en sus ojos no parecen propias de alguien al borde de la muerte. No puedo evitar sonreír con ternura. Solo mi abuela puede silenciar a mi madre con unas pocas palabras, sin que ella intente luchar.
Eleonora se detiene un instante, midiendo la fuerza implacable de su madre, antes de cerrar la puerta con suavidad, pero sin vacilar. Sus ojos recorren a Agnetha, que permanece firme y decidida en su lecho, y por un breve instante veo en el rostro de mi madre una mezcla de respeto e inspiración. Agnetha es la columna vertebral de las Campbell, un faro de fortaleza que no se dobla, ni siquiera ante la muerte.