Destinado

1937 Palabras
—Si no te molesta y no tienes prisa, sí me gustaría que me acompañaras hasta que encuentre a mamá. Solo somos nosotras tres, no tengo más familia. Mi voz tiembla al final, y aunque intento mantenerme firme, nuevamente las lágrimas se deslizan silenciosas por mis mejillas, calientes, persistentes, como si se negaran a dejarme fingir fortaleza. Jonathan no dice nada, pero sus ojos—claros, serenos, pero atentos—se clavan en los míos con una promesa muda. Me ayuda a bajar de la camioneta y se cuelga mi bolso al hombro sin siquiera pedírselo. El gesto, tan simple, me golpea en lo más blando. Me cuesta mirar hacia otro lado. Entramos al hospital, y el contraste me sacude: del aire templado de la noche al aroma crudo del desinfectante, de lo incierto del camino al blanco impersonal de las paredes. Las luces fluorescentes zumban sobre nuestras cabezas. Me siento minúscula bajo ese brillo hostil. Jonathan camina a mi lado en silencio, pero su presencia me ancla. Alto, seguro, con los hombros rectos y el ceño levemente fruncido como si estuviera dispuesto a enfrentarse al mundo si es necesario. Sus dedos se rozan con los míos mientras avanzamos por los pasillos, y aunque no me toma la mano, el roce basta para calmar el temblor que llevo en la piel. Preguntamos por Agnetha Campbell. Una enfermera de rostro severo, pero ojos cansados, nos guía hasta cuidados intensivos. Las puertas automáticas se abren con un suspiro mecánico, como si el hospital respirara por sí mismo. A medida que avanzamos, el olor a alcohol se vuelve más denso, casi punzante. A mi derecha, los monitores emiten pitidos suaves, regulares, y una mezcla de voces apagadas y llantos contenidos flota en el aire. En una de las sillas del pasillo, encorvada sobre sus propias manos, está mi madre. —Madre —digo con toda la determinación que puedo reunir en la voz—. Ya estoy aquí. Eleonora Campbell alza la vista lentamente. Sus ojos, que alguna vez fueron el faro de la casa, lucen apagados, inyectados de un rojo discreto, como si llevaran horas llorando sin descanso. Se pone de pie con una lentitud que me parte el alma, y sus pasos, tambaleantes, la traen hasta mí. Ya no hay templanza ni fuerza en su mirada; está tan devastada como yo. —Llegaste rápido, mi cielo. ¿No habrás venido en esa cosa hasta aquí, verdad? Su voz intenta sonar ligera, casi burlona, pero le tiembla. Nos fundimos en un abrazo que ninguna de las dos se atreve a romper. Huele a lavanda y a miedo, y sus brazos me envuelven con esa mezcla de ternura y desesperación que solo una madre puede transmitir. Por un segundo, olvido todo lo demás. —No, madre. No podía conducir en este estado. —Nos separamos poco a poco, a regañadientes. Sus ojos se posan en Jonathan, que espera a unos pasos, y lo observa más de lo necesario. Reconozco esa mirada: mide, evalúa, recuerda algo—hasta que finalmente le sonríe con esa calidez que suele reservar para unos pocos—. Me trajo un amigo. —Señor Dunne, qué gusto verlo —dice con voz suave, y por un instante me siento excluida de un secreto que desconozco. Frunzo el ceño, mirando de uno a otro, esperando una explicación que no llega. —Señora Campbell —responde Jonathan con una leve sonrisa. Su voz, grave y limpia, suena extrañamente íntima en medio del bullicio hospitalario. Saca una tarjeta y me la tiende—. Creo que las dejaré a solas. Llámame, por favor; estaré esperando. Tomo la tarjeta, la noto caliente por el contacto con sus dedos, y me despido de él con un abrazo y un beso en la mejilla. Siento su olor a cuero, café y algo más, algo salvaje que no logro identificar. —Gracias por todo, Jonathan. Él deja mi bolso en una de las sillas, asiente hacia mamá con un leve gesto de respeto y me regala una última mirada. Una que pesa. Una que no quiero soltar. —Te llamaré luego —murmura. Con cada paso que Jonathan se aleja, siento un tirón en el pecho, como si una cuerda invisible me jalara hacia él con una urgencia que no entiendo. Llevó la mano al centro de mi pecho, justo donde esa tensión punza, y me estremezco cuando la puerta se cierra del todo y su silueta desaparece. —¿Qué es esto que siento? —murmuro en voz baja, pero sé que mamá me ha escuchado. Eleonora alza la mirada, observándome con una mezcla de sorpresa y ternura. Su voz, cuando habla, es casi un susurro cargado de una verdad que me deja helada: —Eso, cariño, es el cordón vincular de tu pareja destinada —dice con suavidad, como si nombrarlo fuera suficiente para invocar lo imposible—. Él también lo siente. ¿Cómo te encontró? Se fue de aquí hace dos semanas. Fue noticia en el pueblo cuando se marchó. Me quedo en silencio. Tomo una bocanada de aire, como si fuera a sumergirme, y me dejo caer junto a ella en el banco del pasillo. Eleonora me envuelve con una mirada cálida, casi reconfortante, como si supiera que ha llegado el momento de compartir algo que había estado guardando por demasiado tiempo. Solo me abraza, y yo empiezo a hablar. Le cuento todo. Desde el instante en que Jonathan irrumpió en el auditorio, como salido de un sueño ajeno, hasta el momento en que me trajo aquí. No omito nada. Todo eso... en un solo día. Mamá me escucha en silencio, sin interrumpirme, como si supiera que hay momentos en los que hablar demasiado puede romper algo sagrado. Solo asiente de vez en cuando, y en sus gestos percibo más certezas que dudas, como si cada palabra que digo encajara en un rompecabezas que ya conocía de memoria. Sus ojos no parpadean, pero están húmedos, enrojecidos. El brillo metálico de la luz del pasillo los vuelve casi transparentes. Cuando termino, toma mi mano entre las suyas —esas manos que alguna vez me alzaron cuando era niña, ahora tan frágiles, tan quietas— y habla con una calma que me desarma: —Es el destino, cariño. Muchos tardan años en encontrar a su pareja. Algunos, ni siquiera lo logran, porque están perdidos... atrapados en las redes de los dioses traidores. —Hace una pausa, sus dedos se aferran un poco más a los míos—. Deberías estar agradecida de que él no sea uno de ellos. Trago saliva. La garganta me arde. La miro, intentando procesar esas palabras que resuenan en mí con un peso inesperado, como si activaran una herida vieja que no sabía que existía. —¿Qué sabes de la familia Dunne? —pregunto finalmente. Mi voz carga una mezcla de curiosidad, incertidumbre... y miedo. Mamá sonríe. No es una sonrisa alegre. Es una de esas que vienen acompañadas por un silencio lleno de nombres olvidados y fechas borradas de los libros de historia. En sus ojos, más que recuerdos, hay advertencias. —Los Dunne y los Campbell siempre han vivido aquí, desde que se fundó la primera colonia —empieza, y algo cambia en su tono. Se vuelve más grave, más íntimo, como si hablara para mí... y para los espíritus del pasado que la escuchan desde algún rincón—. Se dice que uno de sus ancestros pretendía a una Campbell, pero ella ya estaba comprometida. Lo rechazó por obligación, no por falta de amor. Hace una pausa larga. Puedo escuchar la respiración pausada del paciente de la habitación contigua. El murmullo lejano de una enfermera. Y a mamá, sumida en su relato. —Es una historia muy oscura, en realidad. Ese Dunne la salvó de la hoguera... y de un destino aún más triste. Pero lo pagó con su vida. Fue asesinado por el prometido de ella, un hombre cruel, frío, que, según se cuenta, nunca la amó realmente. Solo esperaba el momento oportuno para deshacerse de ella. Él y otra mujer fueron responsables de que esas tres mujeres terminaran en la hoguera. Solo una logró salvarse, gracias al Dunne. Se perdió en el bosque... y nunca regresó. Siento un escalofrío recorrerme. Me abrazo a mí misma, como si mi cuerpo intentara protegerme de algo invisible. —Entonces... es cierto. Nuestras antepasadas, esas mujeres, eran como nosotras. Mamá asiente con solemnidad. Su voz baja, pero firme: —Así es. Los Campbell tenemos una deuda de sangre con el señor Dunne. No es algo simbólico. Es real. —¿Él es el último Dunne? —Sí. Su padre murió hace tres años, y su madre... falleció al darlo a luz. —Sus palabras se clavan como clavos oxidados en mi pecho. Suelto el aire que no sabía que estaba conteniendo. Siento los hombros pesados. Sacudo la cabeza, pero no logro despejarme. La información recién dicha cae sobre mí como un alud. Mi mente gira en torno a una sola idea: hay más en Jonathan Dunne de lo que había imaginado, y su historia, al parecer, está entrelazada con la mía desde siglos atrás. Tal vez desde antes de que yo siquiera existiera. —Madre... dejé a alguien atrás en Charlottesville. No te lo dije antes porque sabía que te enfadarías, y... Mi voz vacila. El rostro de mamá cambia en un segundo. El ceño fruncido. La mandíbula rígida. La misma expresión que usaba cuando me descubría mintiendo de niña, pero ahora... más severa. Casi amarga. —Ni se te ocurra decirme que ese hombre y tú... —Su voz es baja, pero afilada como una cuchilla bien templada. Se cruza de brazos, y el silencio entre nosotras se espesa—. No quiero ni pensarlo. Tienes que dejarlo definitivamente. Tu destino es Jonathan. Solo Jonathan. Bajo la cabeza. La vergüenza, la culpa y la necesidad de defenderme pelean dentro de mí. Apenas puedo responder: —No me acosté con él, si es lo que estás pensando. Mamá suelta un suspiro largo, cargado de alivio. Pero sus ojos siguen igual de firmes, de impasibles. —Eso no cambia nada, Isabella. Lo que sientas por él no importa. Nunca podrás ser feliz con un hombre que no sea el que te fue destinado. Deberías saberlo ya. Nuestra sangre nos ata, hija, y esas ataduras no pueden romperse sin consecuencias. —Pero él... —Ese hombre no es para ti. Nunca lo será —me corta, sin dudar—. Recuerda las palabras de tu abuela: si desafiamos a los dioses, solo traeremos ruina y muerte. Da un paso hacia mí. La bata de hospital que lleva se mueve con un susurro seco, y su sombra se alarga, deformada por la luz cenital. —Si sigues ignorando quién eres, si permites que el pasado de las Campbell se repita, nos estarás condenando a todas. ¿Es eso lo que quieres? ¿Convertirte en otra historia trágica, como aquellas que nos persiguen desde hace siglos? Mi padre. Mi esposo. Tu padre. Los tres sacrificaron sus vidas para mantenernos a salvo. Y hay que ser muy estúpida para creerse la historia oficial de que murieron en accidentes. Su voz tiembla por primera vez, pero no es debilidad: es furia contenida. —No es casual que todas las Campbell terminemos siendo viudas. Nos acechan. Tenemos una misión que se nos será revelada en el momento indicado. Solo debemos aguardar a ese día. Un escalofrío me recorre la espalda. Me abrazo los brazos y, por primera vez en años, no sé si lo que siento es miedo… o destino.
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