El viaje a casa

1593 Palabras
Nos tomó diez minutos a cada uno reunir lo necesario y meterlo en un bolso ligero. Cuando regreso a la sala, noto que Jonathan ha recogido las cosas que dejé tiradas en el pasillo y las colocó cuidadosamente sobre la mesita de café. Por un instante, me siento más desastre que persona. Suelto un suspiro largo, me llevo la mano al cabello desordenado y enciendo el móvil otra vez. Espero encontrar algún mensaje de Collin. Uno solo. Un simple “¿Estás bien?”, aunque sea. Pero la pantalla sigue vacía. Ni él ni Ruth se han molestado en escribirme. Aprieto los labios para contener la frustración que empieza a mezclarse con una tristeza áspera. Finalmente, bloqueo el movil, esta vez sin apagar y lo guardo en el bolsillo de mi chaqueta. Cierro la puerta del apartamento con llave y, por costumbre, miro a ambos lados del pasillo para asegurarme de que no haya nadie cerca. Una sensación de vulnerabilidad me envuelve, pero sé cómo protegerme. Me llevo el pulgar izquierdo a los labios y muerdo con suavidad la cutícula, solo lo suficiente para extraer una gota de sangre. Luego dibujo con el dedo una pequeña runa en la esquina de la puerta. Brilla débilmente, apenas un parpadeo tenue, y cierro los ojos mientras murmuro un conjuro breve, casi como un suspiro. Es algo sencillo, un escudo que me da protección… y un poco de paz. Nadie podrá cruzar esta puerta sin mi invitación. Estoy tan concentrada en lo que hago que no noto su presencia hasta que lo oigo justo a mi lado. —Bruja. —Su voz suave y grave me roza el oído, provocando un escalofrío. Me sobresalto y doy un pequeño brinco.— Te atrapé. Me giro de golpe, con los ojos muy abiertos. Lo encuentro ahí, sonriéndome con picardía. La intensidad en su mirada me deja sin palabras por un instante, y siento cómo el calor sube desde el cuello hasta las mejillas. —¡No estaba haciendo nada malo! —me defiendo, algo nerviosa y a la defensiva. Intento sonar indignada, pero el rubor en las mejillas me traiciona. Jonathan alza una ceja y sonríe, claramente disfrutando de mi reacción. —Nunca dije que hicieras nada malo. Pero ahora entiendo por qué tu presentación trataba sobre brujas, defendiéndolas. Tú eres una de ellas ¿Quien lo diria? esos chicos tenían razón, bueno, al menos en esta parte al menos. Hace una pausa. Se inclina apenas hacia mí, como si estuviera por confiarme un secreto. —Esa runa fue interesante… aunque si combinas el trazo con un sigilo mayor, tendrías un campo de protección más fuerte. Aunque, con tu sangre, supongo que es más que suficiente. Frunzo el ceño. ¿Cómo lo sabe? ¿Y por qué no parece sorprendido? —¿Qué sabes tú de runas? —pregunto con cautela acomodando mi mochila en mi hombro, dando un paso atrás sin darme cuenta. Jonathan me sostiene la mirada con calma. Su sonrisa se suaviza, sin desaparecer del todo. —Quizá más de lo que imaginas, preciosa. Pero por ahora, vamos. No queremos perder tiempo, ¿cierto? Asiento, aún desconcertada, y ajusto la correa del bolso sobre mi hombro que se niega a quedarse en su lugar. Caminamos en silencio hacia la escalera, pero no puedo evitar lanzarle una última mirada. ¿Quién es realmente? ¿Qué secretos guarda? Hay algo en él que no encaja del todo… y, al mismo tiempo, me intriga más de lo que me gustaría. Al llegar al estacionamiento, mis pasos me llevan directo hasta mi Ducati Panigale. Pero lo que me llama la atención es la camioneta que está justo al lado. Una Dodge RAM negra, brillante y robusta. Impresionante. Me quedo mirándola un instante, preguntándome si es suya. Me vuelvo para preguntar, pero descubro que él está de pie frente a mi moto, observándola con los brazos cruzados y una ceja enarcada. —¿Esta es tu motocicleta? Asiento con orgullo. —Sí. Es mía. —¿Sabes que esta moto vale más que el edificio en el que vivimos? —me dice Jonathan, admirando mi Ducati con los ojos bien abiertos—. Solo hicieron quinientas de estas. Es como montar al mismísimo diablo en medio de un jodido huracán. Y tú, siendo tan pequeña… ¿de verdad crees que puedes controlarla sin matarte? —Lo sé, es poderosa. Pero puedo con ella —respondo, firme. No necesito convencerlo, solo decirlo en voz alta. Luego miro hacia su camioneta y cambio de tema—. ¿Nos vamos? Jonathan asiente, todavía con ese gesto entre estupefacto y divertido. Mete la mano en el bolsillo y desactiva la alarma de la Dodge. Las luces parpadean con un sonido seco cuando se destraban las puertas. —Por cierto, linda camioneta. Siempre quise una así. —Gracias. Aunque, honestamente, creo que combina más contigo que conmigo —responde, sonriendo mientras abre la puerta del copiloto para mí. ¿vas a dejar esa belleza aquí? este lugar no es seguro y... —Como la puerta del apartamento, está protegido. Este bebé no puede ser montado por otro, solo por su mami.—Sonrió. No tengo tiempo de hacer que la trasladen a Ravenswood ahora mismo. Subo al vehículo y dejo el bolso en el asiento trasero. Él se acomoda al volante y, cuando estamos listos, el motor ruge con fuerza, haciendo vibrar el aire en el estacionamiento. Es una máquina poderosa, como él. O como algo que todavía no termino de entender. —¿Estás lista? —me pregunta, echándome una mirada rápida. —Listísima —respondo, aunque por dentro hay una mezcla rara de adrenalina y nerviosismo. El paisaje de Charlottesville empieza a desdibujarse tras la ventana, y siento que algo más que una ciudad queda atrás. No sé cuánto tiempo llevamos en la carretera cuando la pregunta se me escapa sin filtro: —¿Quién eres realmente, Jonathan Dunne? Suena más brusca de lo que quería, pero no me retracto. Lo observo de reojo. Hay algo en él que reconozco, algo que no es del todo humano… o que al menos no pertenece al mundo común. Es como yo. —¿De verdad fue casualidad que aparecieras en mi vida justo hoy? —Lanzo la segunda pregunta. Jonathan sonríe, pero su expresión cambia apenas. Se vuelve más seria. Gira hacia una estación de servicio y detiene la camioneta junto a los surtidores de combustible. —Tengo que cargar combustible. ¿Quieres algo del mini? —Estoy bien, gracias —respondo, mientras él baja del vehículo y se dirige al local. Enciendo la radio, sin pensar demasiado, y dejo que la música llene el silencio. Unos minutos después, estamos de nuevo en la carretera. Ninguno dice nada. Jonathan tiene el rostro tenso: mandíbula apretada, cejas fruncidas, los ojos fijos en el camino, más azules y profundos que antes. —Sabes… —empieza, como si llevara rato debatiéndoselo— no puedo decir que todo esto sea pura casualidad. Hay cosas que simplemente… suceden por una razón. Lo miro, intrigada. —¿A qué te refieres? —A veces, el destino te empuja hacia ciertos caminos y a personas. Tal vez esto sea una forma de prepararte para algo más grande. Frunzo el ceño. Hay un peso extraño en sus palabras, como si supiera algo que yo no. —¿Cómo puedes estar tan seguro? Él no contesta de inmediato. Mira hacia el horizonte, como si buscara la respuesta allá afuera, entre los árboles o el cielo gris. —No lo sé. Solo lo siento. Llevo un tiempo buscando respuestas, y encontrarte… no sé, es extraño. Pero siento que hay una conexión entre nosotros. No creo que sepas de qué estoy hablando y quizás pienses que estoy loco. Suspiro. Mis pensamientos son una espiral entre la incredulidad y la necesidad de entenderlo. —A veces, esas conexiones pueden ser peligrosas —murmuro, bajando la mirada hacia la ventanilla. El mundo pasa rápido del otro lado del vidrio, como si huyera de algo. —Sí, lo sé. Pero a veces, los riesgos valen la pena. Su voz suena decidida. Serena, incluso. Y eso me inquieta más que sus silencios. Mi corazón late un poco más rápido. Hay algo en Jonathan. Una energía contenida, casi vibrante. Un secreto que no dice… pero que me llama. —Espero que no me lleves a la ruina —bromeo, dejando escapar una sonrisa pequeña, que le quita algo de gravedad al momento. Jonathan me devuelve la sonrisa, y por un instante, la tensión se disuelve como si nunca hubiese estado ahí. —No te preocupes, Isabella. Estoy aquí para ayudarte, no para hacerte daño. Quiero creerle. Parte de mí ya lo hace. Pero sé que el camino que tengo por delante no va a ser fácil. La camioneta se detiene frente al hospital de Ravenswood. Jonathan apaga el motor y toma mi bolso del asiento trasero. Luego baja y rodea el vehículo para abrirme la puerta. Mis ojos se clavan en las puertas de vidrio del hospital. Siento cómo la sangre se me va de la cara. Las manos me tiemblan sobre las piernas, inútiles. —¿Quieres que te acompañe adentro? —me pregunta, notando mi tensión. Su voz es suave, sin presión.— No es ninguna molestia para mí quedarme hasta que encuentres a tu familia. Trago saliva. La idea de entrar sola me ahoga, pero también me cuesta admitir que necesito ayuda. Lo miro. Y él está ahí. Firme. Presente. Esperando mi decisión sin invadir.
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