El mentón me tiembla y las lágrimas que había intentado contener se derraman en silencio, sin pedir permiso. Jonathan no aparta la mirada y, aunque no me toca, su presencia se siente como un refugio en medio de esta tormenta emocional que no da tregua.
—Respira, preciosa —dice con un tono tan cálido y sincero que casi me rompe por completo—. Necesitas calmarte. ¿Quieres contarme qué te dijeron? Hablar ayuda.
Quiero hacerlo. Quiero soltarlo todo. Pero las palabras se me atragantan en a garganta, enredadas con este dolor que me está ahogando. No es falta de confianza. Es algo más. Más profundo.
Lo siento. Esa conexión con mi abuela... ese hilo invisible que siempre nos unió, está aflojándose. Lo sé. Lo siento como si mi corazón lo estuviera gritando. Y eso es lo que más me duele.
Jonathan espera, sin presionarme. Sus ojos, llenos de una paciencia inmensa, siguen fijos en mí, como si me ofreciera un espacio donde quebrarme no fuera peligroso. Pero yo solo logro esconder el rostro entre mis manos y dejar que las lágrimas me arrastren, mientras intento, desesperadamente, encontrar una forma de seguir respirando.
—Mi abuela está en el hospital —digo al fin, con la voz hecha trizas, los ojos clavados en el suelo—. Está muriendo. Puedo sentir cómo su corazón se rinde, poco a poco. Tengo que ir. Tengo que llegar antes de que sea demasiado tarde… pero no me siento capaz de subir a la moto y conducir a casa.
Él guarda silencio unos segundos. Me observa. No sé exactamente qué está pensando, pero su expresión no me resulta ajena: preocupación, algo de reflexión… y algo más.
—¿Dónde está tu novio? ¿Viene por ti?
La pregunta me golpea en seco. Collin. No… él no sabe. Después de cancelar nuestra cita una vez más, apague el teléfono. Igual, aunque lo supiera… tampoco creo que se moviera.
—Creo que no debería estar aquí—murmura Jonathan, bajando la mirada por un instante—. No quiero darte más problemas si decide venir.
Suelto el aire en un suspiro largo y me dejo caer en el sillón. Me duele hasta respirar. Tomo una bocanada de aire, intento ordenarme un poco antes de hablar.
—Él no va a venir. Lo llamé al salir de la cafetería, pero me canceló. Dijo que se quedaría en el trabajo, reemplazando a un compañero. No le conté nada de mi abuela. No tenía sentido hacerlo porque no movería un solo dedo por venir a mi.
No entiendo del todo por qué le estoy contando esto a Jonathan. Apenas lo conozco, pero hay algo en él que me hace sentir que está bien abrirme. Que no tengo que fingir nada. Es raro. Inesperado. Pero me alivia. Mi corazón, que hace unos minutos latía como loco, empieza a calmarse cuando vuelve a apoyarme la mano en el hombro, firme pero suave, guiándome a respirar con él. Jonathan es distinto. Y eso me descoloca más de lo que quiero admitir.
—¿Dónde vives? —pregunta de pronto, mientras observa con atención mi apartamento. La decoración escasa, sin fotos ni adornos, habla por mí. No es un hogar. Es un sitio de paso. Y él lo nota.
Lo miro, sorprendida. Poco a poco, mi respiración vuelve a encontrar su ritmo.
—Eres un hombre observador, Jonathan Dunne —respondo con una sonrisa tenue, que apenas se me escapa.
Él asiente, y me devuelve una sonrisa igual de discreta.
—Ravenswood —agrego—. Ahí está mi hogar y el tuyo.
Su ceja se alza, sorprendido. No dice nada, pero algo en su expresión cambia. Yo me pongo de pie despacio y miro hacia la puerta de mi habitación, como si necesitara un respiro más profundo que el anterior.
—Tiene que ser una broma. Los dioses deben estar divirtiéndose conmigo —murmuro, medio para mí misma—. Todo este tiempo tan cerca… y te encuentro justo hoy. Justo en medio de esta noticia. Es muy loco.
Jonathan me observa con detenimiento. En sus ojos hay sorpresa, sí, pero también curiosidad. Y algo más que no termino de entender.
—Así parece. No quiero parecer descortés, pero necesito buscar unas cosas antes de que salir y…
—Tómate tu tiempo. Yo iré por las mías —responde, sin pensarlo demasiado.
Frunzo el ceño, confundida. No entiendo a qué se refiere con eso de "sus cosas". Él se da cuenta de mi desconcierto y vuelve a sonreír. Esa sonrisa suya que, no sé cómo, alivia.
—No pienso dejar que conduzcas esa cosa en tu estado —dice, señalando mi chaqueta de motociclista colgada en la pared—. Yo te llevo al hospital. Después iré a casa. Igual tenía que ir. Te prometo que no voy a ser un problema, solo dejame ayudarte.
No discute. No pide permiso. Lo decide, y me deja el espacio para que yo lo acepte o lo rechace. Me quedo unos segundos en silencio, asimilando lo que acaba de decir. No solo me está ayudando a sostenerme. También se ofrece a llevarme con mi familia, sin que yo le pida nada.
—Te voy a deber un gran favor después de esto —le digo al fin, con una sonrisa sincera, mientras me encamino a mi habitación—. Gracias, Jonathan. De verdad. Eres un chico muy dulce.
Él se encoge de hombros, con humildad. Pero algo en su expresión me dice que mis palabras le llegan.
—No me vas a deber nada. Somos vecinos, aquí y allá. Eres un regalo de los dioses, Isabella Campbell. Cuando quieras compensarlo, invítame un café.
Lo escucho justo antes de cerrar la puerta. Me detengo un segundo. Esa frase. Otra vez los dioses.
—¿De qué dioses hablas, Jonathan? —pregunto, asomando la cabeza—. ¿En qué dioses crees?
Me mira con esa expresión enigmática suya. Los ojos le brillan como si guardara secretos que no está listo para decir.
—En los mismos en los que crees tú, preciosa. Nos vemos en unos minutos y hablamos de eso en el camino.
Se da vuelta y se va, cerrando la puerta con cuidado. Lo escucho subir las escaleras rumbo a su departamento. Va a buscar lo que necesite para el viaje. Son solo cuarenta y cinco minutos hasta Ravenswood. Pero algo me dice que no va a ser un trayecto cualquiera.
Mientras tanto, yo me encierro en mi habitación y dejo escapar un suspiro que no sabía que estaba aguantando. La ansiedad se disipa un poco. No del todo, pero sí lo suficiente para dejarme pensar. Y sin embargo, las palabras de Jonathan siguen latiendo en mi mente como una advertencia disfrazada.
Los dioses también se están burlando de mí, pienso, con una mezcla de resignación y desvelo. Por un instante, casi puedo creer que el destino me lo puso en el camino justo ahora… para algo más que esto.