Al salir de la cafetería, deslizo los dedos por la pantalla del móvil y marco el número de Collin. No tengo fuerzas para subirme a la moto con este frío, no después de la llamada de mi madre. Si quiero llegar a Ravenswood sin congelarme ni romperme en mil pedazos, necesito que él me pase a buscar. Aunque sé que es improbable, nunca tiene tiempo.
Mientras suena el tono, me ajusto la bufanda con los dedos entumecidos. El viento helado me atraviesa el abrigo como cuchillas delgadas, arrastrando hojas secas y basura en mini remolinos por la vereda. El cielo, encapotado, amenaza con oscurecer antes de lo previsto. Las nubes son tan pesadas que parecen a punto de desplomarse.
Va a llover.
Collin atiende al tercer tono con su voz habitual, esa mezcla de afecto tibio y apuro que me sé de memoria cuando está a punto de disculparse.
—Cariño, lo siento por hacerte esperar, pero voy a tener que cancelar nuestra cita...
Otra vez.
Cierro los ojos un segundo. Otra vez. Justo ahora que lo necesito, que no estoy bien y no puedo hacer el viaje hasta casa sola.
Suspiro cansada de que siempre me cancele a ultimo momento, de que para todo tenga una buena excusa.
—Un compañero faltó y tengo que cubrir su turno —sigue hablando, como si eso lo justificara todo—. Me tomé un descanso de diez minutos antes de volver al trabajo y estaba a punto de llamarte cuando…
Corto la llamada sin esperar a que termine de hablar. Apago el móvil, lo guardo en la mochila y sigo caminando. No estoy enojada, ya ni siquiera siento decepción o rabia. Ya no me quedan fuerzas para discutir ni ganas de hacerme problema por alguien que nunca está cuando realmente lo necesito. Me limito a cruzar la calle con la cabeza gacha por el frío, ignorando el zumbido del tráfico, los gritos lejanos de un vendedor ambulante y el canto roto de un saxofón callejero que sale de algún rincón del campus.
Apuro el paso por la acera, recorriendo las tres cuadras que me separan de mi viejo apartamento. Las baldosas están agrietadas, la pintura de las rejas descascarada, y el buzón de la entrada lleva meses colgando de un solo tornillo. El edificio entero huele a humedad y a cigarrillo rancio. A pesar de todo, no me importa. Ya casi termino esta etapa. En unos días me mudo y regresaré a casa.
Subo las escaleras de dos en dos cuando llego al viejo edificio donde vivo. El crujido metálico de cada escalón me taladra los oídos, amplificando los latidos desbocados en mi pecho. Las luces del pasillo parpadean con un zumbido eléctrico, y el frío se cuela por las rendijas de las ventanas viejas.
Al llegar al cuarto piso, busco las llaves en la mochila, pero no están donde deberían. Maldita sea. Rebusco en los bolsillos del abrigo sin éxito. Siento el calor subirme al rostro soy literalmente una bola de frustración y cansancio. Dejo caer la mochila al piso y empiezo a abrir el cierre con torpeza con las manos temblorosas, pero antes de que pueda alcanzarla cuando siento el metal frio en mis dedos, unas manos masculinas me detienen.
—Sea cual sea la mala noticia que te dieron, no puedes hacer nada para cambiarla —dice Jonathan, parado a mi lado.— Solo enfocate en lo importante y no dejes que el miedo o la ansiedad se apoderen de tu voluntad.
Su mano se posa sobre mi hombro, firme pero sin presionar. El contacto me sacude. Me pongo rígida al instante, como si acabara de tocar un cable pelado. Comienzo a entender que él, es exactamente igual a mi.
Su voz suena grave, pero suave, con un matiz de preocupación que no me esperaba. Sus ojos —esos ojos brillantes que hace unos minutos destilaban arrogancia— ahora se ven distintos. Menos arrogantes. Más... humanos.
—Respira, preciosa. Cálmate.— Su voz, en alguna parte de mi ser, me resulta reconfortante, como si fuera familiar.
Giro el rostro hacia él, desconcertada. No sé si agradecerle o acusarlo de seguirme como una maldito acosador. Me siento expuesta.
—¿Me seguiste hasta aquí? —pregunto con más reproche del que pretendía.
Jonathan niega con la cabeza y señala hacia arriba con un gesto casual, como si todo esto fuera una broma del universo.
—Es el destino, Isabella. Dejé a tu encantadora pero agotadora amiga en la cafetería apenas un minuto después de verte doblar la esquina. Solo seguí mi camino a casa cuando te vi entrar en este viejo edificio. Nuestro edificio.
—¿Nuestro...? —mi voz apenas sale. El concepto rebota en mi mente como un eco absurdo.
Su sonrisa cálida me desarma un poco, pero todo me resulta demasiado extraño, demasiado conveniente.
—De haber sabido que vivías en el mismo lugar que yo, jamás habría hecho el ridículo delante de toda la universidad en tu presentación para conocerte —dice bajando un poco la mirada, como si realmente se sintiera avergonzado—. Por cierto, lamento mucho eso. Ahora entiendo que fue lo que me paso cuando pase por la puerta de este horrible edificio. Tu, estabas aqui.
No respondo. Las palabras se me quedan trabadas en la garganta. Me entrega la mochila, y mis dedos tiemblan al recibirla. Ya no tengo paciencia. Ni ánimo. La volteo sin cuidado y dejo caer todo el contenido en el suelo.
La llave aparece junto a la suela de mi bota izquierda. Me agacho para recogerla, pero mis dedos fallan dos, tres veces al intentar meterla en la cerradura. El llavero tiembla junto a mi pulso.
Entonces, otra vez, su mano se posa sobre mi hombro.
Firme. Cálida. Presente.
—Dejame abrirla por ti.— Lo hace y me meto al departamento.
—Gracias —logro decir con un hilo de voz, todavía temblando por el torpe intento de abrir la puerta.
Jonathan asiente, tranquilo. No se mueve hasta que yo me aparto. No presiona, no invade. Solo espera. Hay algo en él que me transmite calma, una calidez extraña que no estoy acostumbrada a sentir. Lo dejo entrar, sin pensarlo demasiado.
—Entra. Lo siento... es que... lo siento —balbuceo, sin saber bien qué digo mientras señalo el interior. —Gracias por ayudarme.
No contesta. Solo cruza el umbral y cierra la puerta detrás de sí con ese mismo cuidado que ya le vi antes. Como si todo en mi casa pudiera romperse si hace ruido. Se queda un momento quieto, mirando alrededor sin apuro, y después me mira a mí. Solo a mí.
Su mirada es directa, sin miedo, sin exageraciones. Me observa como si de verdad me viera. Como si entendiera que estoy al borde.
—Tranquila —dice al fin, sin moverse—. ¿Estás bien?
Me trago la respuesta. Me trago las ganas de romperme ahí mismo. No le contesto, solo asiento. Una mentira automática. No estoy bien. No tengo fuerzas ni para hablar. Pero no quiero decirlo.
Y sin embargo, él se queda. No hace preguntas. No intenta forzar nada. Está. Y eso, en este momento, es mucho más de lo que debería significar.
Pienso en lo que habría pasado si nadie me hubiese seguido. Si me quedaba sola, como siempre. Quizás ahora estaría llorando contra la puerta, con la mochila tirada en el suelo y la llave todavía sin aparecer. Pero él está aquí. No sé por qué, ni qué pretende, pero está.
—No —termino diciendo al fin, con la voz rota—. No estoy bien. Lo que pasa es que…
Me callo. Me arde la garganta. Me tiembla el labio. No puedo seguir. Los ojos se me llenan de lágrimas y me odio por eso. Me siento tan ridícula.
Él da un paso. No me toca. No se acerca más de lo necesario. Solo se queda ahí, firme.
—Lo que pasa —dice con voz baja— es que te dieron una mala noticia. La tomaste mal y no supiste cómo manejar todo eso, así que huiste para no romperte delante de nadie, y esta bien, linda. No te preocupes.
Lo miro. No entiendo cómo lo sabe. O sí. Tal vez era obvio. Tal vez cualquiera con un poco de sensibilidad lo habría notado.
Pero él lo dice así, sin juzgar, sin dar lástima, sin intentar consolarme con frases que no sirven para nada. Y por eso, ahora mismo, lo único que quiero es quedarme quieta. No pensar. No hablar. Solo respirar por un segundo y procesar todo lo que está pasando.
Mi madre, que solo me llamaría al móvil por algo urgente, lo hizo, para darme una mala noticia. Si mi abuela solo estuviera en el hospital por una gripe, esa llamada no hubiera llegado. Me pidió que vuelva, porque mi abuela va a morir.
Recuerdos de ella y yo cuando era pequeña, de las charlas y cuentos fabulosos vienen a mi mente con la fuerza de un látigo. No estoy lista para perderla.