La llamada

1431 Palabras
Hay algo que no encaja. Por más que intento convencerme de que Jonathan es solo otro chico carismático, no puedo ignorar la intriga que sus palabras en el auditorio dejaron en mi mente. Finalmente, cuando tomamos asiento en una de las mesas junto a la ventana y Ruth va por los tres cafés, no puedo evitar preguntarle. —Si me viste por primera vez en esta cafetería y me seguiste hasta el auditorio, ¿cómo supiste lo de las mujeres de mi familia que murieron en 1692? —mi voz suena firme, aunque por dentro la inquietud crece. Ruth, que acaba de sentarse junto a Jonathan, lo mira con curiosidad, como si también se estuviera planteando la misma pregunta pero no tuviera el valor de formularla. Él, sin embargo, no muestra sorpresa. En lugar de eso, se reclina en su silla y esboza una pequeña sonrisa, como si hubiera estado esperando esa pregunta. —Mientras hablabas, dos chicos que estaban sentados detrás de mí no paraban de comentar cosas sobre ti —mantiene el tono calmado, aunque en su mirada hay algo más profundo—. No prestaron atención a lo que decías, pero sí se dedicaron a criticarte y hablar mal, como si fueras una especie de plaga apocalíptica. Frunzo el ceño, sintiendo una punzada de indignación mezclada con humillación. Noté las miradas de algunos compañeros durante la presentación, pero no imaginé que hubieran llegado tan lejos. —¿Qué dijeron exactamente? —pregunto, más cortante de lo que quiero. Jonathan ladea la cabeza, como si considerara la mejor forma de responder. —Repetían cosas sin sentido, comentarios superficiales y llenos de prejuicio. Algo sobre tu “sangre maldita” y cómo las mujeres de tu familia terminaron en la hoguera por “brujas”. —Hace una pausa, observándome con atención—. Parecían más asustados que otra cosa. El miedo siempre lleva a la gente a decir estupideces o reaccionar de manera irracional. Lo dijiste hace un rato, lo recuerdo. Parpadeo, mi mente trabaja rápido para procesar lo que acabo de escuchar. —Yo no dije eso —mi tono es más defensivo de lo que pretendía, pero es cierto. No mencioné el miedo en mi presentación, solo hice una alusión al prejuicio irracional que causó esas tragedias. Jonathan levanta las manos, como para calmarme. —Lo sé. Pero fue lo que pensé al escucharlos. Sus palabras no son más que estupideces nacidas de la ignorancia. —Nuestros ojos se encuentran y, por un momento, siento que veo algo más allá de su fachada encantadora. Una mezcla de intensidad y comprensión que no esperaba. Me hace sentir extraña, pero no de mala forma, no se como explicar lo que siento estando frente a Jonathan. Ruth, que hasta ahora ha estado en silencio, se aclara la garganta y deja caer su mano sobre el brazo de Jonathan con un gesto coqueto. —Bueno, ellos claramente no tienen ni idea de lo que dicen —intenta restarle importancia, aunque su tono tiene un deje de incomodidad—. Y tú... —se dirige a Jonathan, alzando una ceja con sonrisa juguetona—. Pareces saber mucho para alguien que acaba de llegar aquí. Jonathan solo le devuelve la sonrisa, aunque su atención sigue fija en mí. —Digamos que tengo buen oído para las cosas importantes.— Le responde a mi amiga, y aunque no lo diga, se lo nota algo incómodo. No puedo evitar sentirme expuesta, como si supiera más de mí de lo que deja entrever. Aprieto los labios y desvío la mirada hacia la ventana mientras mi mente sigue dando vueltas. Ruth no para de hablar, decidida a conocer cada detalle de la vida de Jonathan. Las preguntas fluyen, cada vez más atrevidas y personales. —¿De dónde eres? —pregunta, con un tono que parece lista para evaluar cada palabra. —De Ravenswood —responde Jonathan con una sonrisa suave, pero su mirada se desvía casi de inmediato hacia mí, como si esa fuera su verdadera respuesta. Ruth arquea una ceja, claramente intrigada. Yo vivo en Ravenswood y… mi familia. ¿Casualidad? No, no lo creo. —¿Estudiaste en alguna universidad famosa?—Ruth sigue preguntando y preguntando sin descanso. Asiente, toma su taza y da el último sorbo antes de responder. —Harvard —dice casual, como si no fuera importante, aunque Ruth suelta una exclamación exagerada de sorpresa. —¡Harvard! —repite ella, emocionada. Pero antes de que pueda ahondar en detalles, Jonathan mira su reloj. Ya llevamos casi una hora en la cafetería y sabe que pronto me iré. Decide que es hora de marcharse; no quiere quedarse ni un segundo más cerca de Ruth. Hay algo en ella que le resulta irritante, incluso desagradable. Aunque Jonathan mantiene una actitud impecable y caballerosa, está claro que su interés no va dirigido hacia Ruth. Sus respuestas son corteses, pero medidas, evitando cuidadosamente caer en su juego. Su atención sigue posándose en mí, como si intentara descifrar un enigma que ni yo misma sabía que estaba planteando. Yo, por mi parte, me mantengo en silencio casi todo el tiempo, con la vista perdida en la ventana mientras el murmullo de conversaciones y el traqueteo de tazas llenan los espacios vacíos de la cafetería. Pero el sonido insistente de mi móvil dentro de la mochila me arranca de golpe de ese ensimismamiento. El zumbido y el repiqueteo cesan justo cuando logro sacarlo. Al desbloquear la pantalla, siento un nudo apretarse en mi estómago. El nombre en la notificación de llamada perdida no deja lugar a dudas: Mamá – Eleonora. Mi madre no llama nunca sin una razón importante. Trago saliva, y mi mente comienza a correr, fabricando escenarios posibles. Eleonora no es de las que pierden el tiempo en trivialidades. Si me llamó, es porque algo pasó. Intento calmarme, pero una urgencia sorda empieza a crecer en el centro de mi pecho, incómoda, punzante. —¿Todo bien? —pregunta Jonathan. Su voz suena tranquila, pero hay en ella un interés genuino que me toma desprevenida. Levanto la mirada. Los dos me están observando ahora. Jonathan inclina ligeramente la cabeza, como si intentara leerme, mientras Ruth me mira con una mezcla de curiosidad y una pizca de preocupación. —Sí, todo bien —miento, apagando la pantalla y guardando el teléfono en la mochila con una lentitud estudiada. No quiero hablar de eso. No frente a alguien que apenas conozco. No frente a ninguno de los dos. —¿Era Colin? —pregunta Ruth, intentando sonar casual, como si con eso pudiera suavizar la tensión que se ha instalado de repente. —No. Era... mi madre —respondo. Mi tono sale más corto de lo que pretendía. Ruth alza las cejas, sorprendida, pero no insiste. Jonathan no dice nada, pero su mirada me hace sentir desnuda. Como si intuyera más de lo que dejo entrever. Hay algo en él... algo inquietante y desconcertante que no sé cómo manejar. —¿No vas a devolverle la llamada? —insiste Ruth con ese entusiasmo despreocupado de quien no entiende —ni intenta entender— la gravedad del asunto. Niego con la cabeza, fingiendo una calma que no siento. —Lo haré más tarde. Probablemente no sea importante. No ha vuelto a llamar —miento con naturalidad, aunque la inquietud me punza el estómago como una espina mal clavada. Ruth se encoge de hombros, acepta la respuesta con facilidad y vuelve a enfocarse en Jonathan, lanzándole otra ronda de preguntas. Él responde con la misma cortesía reservada de antes, como si supiera mantener el equilibrio entre el interés y la distancia. Aunque su atención, sutil pero firme, no deja de buscarme a mí. ¿Por qué mi madre abría llamado? ¿Y por qué siento, con una certeza que me hiela la sangre, que lo que sea que me diga va a cambiar algo para siempre? El móvil vuelve a sonar y esta vez logro contestar. Me llevo el teléfono al oído, y la voz de mi madre no tarda en atravesarme con su tristeza: —Vuelve pronto. La abuela está internada. Antes de que pueda abrir la boca para preguntar algo, corta la llamada. Me quedo sentada por un segundo, inmóvil, tratando de entender si escuché bien. Después, como si algo me empujara desde dentro, me levanto de golpe y salgo de la cafetería sin dar explicaciones. Dejo atrás a Ruth, que se queda con cara de signo de interrogación, y a Jonathan, que se pone de pie con el ceño fruncido, visiblemente preocupado.
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