El murmullo en el auditorio crece y todas las miradas se centran en mí. Siento cómo el nudo en mi estómago se aprieta de nuevo. El ambiente se torna tenso, como si el aire mismo se volviera denso y pesado.
Tomo una profunda respiración, consciente de que este es el momento decisivo. He estado preparando mi investigación sobre la persecución de las mujeres “sabias” a lo largo de la historia, pero nunca imaginé que mi propio legado familiar se convertiría en el centro de atención. Con la mirada fija en el rostro inquisitivo del interrogador, me dispongo a responder.
—Las historias sobre mi antepasada son, en gran medida, producto del miedo y la superstición de la época —comienzo, con voz firme, aunque temblorosa por la presión—. Lo que muchos consideran “brujería” es, en realidad, un conocimiento profundo de la naturaleza y la medicina. La historia de mi familia refleja cómo el miedo a lo desconocido puede distorsionar la verdad.
—Entonces sí, es cierto. Quemaron a las mujeres Campbell en 1692, y ellas eran tus antepasadas. ¿Por qué decidiste este tema en específico? ¿También eres una bruja?
Las risas resuenan en el auditorio, llenando el aire con un tono burlón que me incomoda. Sin embargo, no voy a permitir que me ridiculicen.
—¿Tu antepasado fue quien encendió las hogueras? —interrumpe, cortando la conversación antes de que se extienda más. Se acerca a recoger sus cosas, decidida a no robar más tiempo a mis compañeros—. No quiero quitarles tiempo.
—No te preocupes —responde el chico con una risa despectiva.
—Eres la última, señorita Campbell. Lo siento. Tú eras la última en exponer hoy. Los que quieran escuchar se pueden quedar, y los que no, pueden irse. Estoy interesado; tu tesis fue excelente, pero me encantan los debates. ¿Quieres continuar, por favor, Isabella? —El decano me anima; yo, por otro lado, quiero irme.
Mientras el hombre habla, el chico ya baja los escalones y sube al escenario. Puedo verlo con claridad: cabello n***o, ojos azules, mandíbula cuadrada y una apariencia muy atractiva. Tiene casi treinta años o algunos menos, pero su porte y tono de voz reflejan la seguridad de un aristócrata inglés.
—Lo haré —respondo con determinación— si este señor aquí presente se presenta adecuadamente ante todos.
Las risas se apagan rápidamente y un murmullo de sorpresa recorre la sala. Sé que lancé un desafío, y el chico no puede evitar sentirse intrigado.
El chico enarca una ceja y sonríe de lado, con una expresión que deja claro que mi desafío no lo intimida en absoluto. Se acerca con una confianza serena, extendiendo la mano en un gesto tan natural como respirar. Su sonrisa se amplía, transformándose en una cálida y encantadora que ilumina el auditorio.
Me quedo sorprendida al observar su mano. Cuando me doy cuenta de que estoy frente a todo el curso, mis profesores y hasta el decano, siento un ligero cosquilleo en el estómago. Tomo su mano para darle un apretón rápido, pero él, con un movimiento suave y decidido, voltea mi mano y deposita un cálido beso en el dorso. Un estremecimiento recorre mi cuerpo y mi corazón late con más fuerza de la que anticipé.
Sus ojos entrecierran y asiente con reconocimiento.
—Mi nombre es Jonathan, un placer conocerte —dice en voz baja, como si compartiera un secreto solo conmigo. Sus ojos azules brillan con una intensidad que me deja aturdida, llenos de una chispa que parece entenderme más allá de las palabras.
Al soltar mi mano, se gira para enfrentar a todos. Con voz clara y resonante, continúa:
—Mi nombre es Jonathan Dunne, y no soy estudiante ni profesor de esta ilustre universidad. Vi a la señorita Campbell en la cafetería que está a una calle de aquí, y quedé alucinado por su belleza. Me dije: “¡Síguela! Ella será mi esposa y madre de mis hijos.”
Las risitas y suspiros de las chicas que lo escuchan llenan el aire, creando un murmullo de admiración. Siento que mi rostro se sonroja, una mezcla perfecta de sorpresa y confusión. No sé si reír o sentir incomodidad, pero algo en la forma en que me mira me hace sentir especial, como si en ese momento fuera la única persona que importa.
Jonathan continúa con una sonrisa diseñada para encantar:
—Como dije, la seguí hasta que entró aquí y me quedé en un lugar apartado hasta que terminó. Un gusto conocerlos a todos, pero si me disculpan, quiero invitar a esta belleza a un café.
Mientras habla, su voz emana confianza y calidez, y puedo ver en su rostro una mezcla de determinación y diversión. Hay algo en su mirada que insinúa que es un hombre que sabe lo que quiere, y en ese instante parece decidido a demostrar que yo soy su elección.
Siento una mezcla de emociones; la sorpresa inicial se transforma en una curiosidad inquietante. ¿Quién es este hombre que se atreve a declararme algo así en medio de mi presentación? Con el corazón latiendo fuerte, sé que este encuentro no es algo que pueda ignorar. Me pregunto cómo responderé a su propuesta; la idea de compartir un café con alguien tan intrigante es a la vez emocionante y aterradora. Pero no puedo.
—En ese caso, es todo por hoy. —La voz del decano me saca de mis pensamientos, devolviéndome al mundo real.— Las calificaciones estarán en sus correos en una semana.
Parpadeo un par de veces, volviendo a enfocarme en el presente. Al mirar alrededor, noto que el auditorio se vacía rápidamente, dejando solo a un puñado de personas. Jonathan sigue frente a mí, tan paciente como una estatua, aunque en su mirada hay una chispa de expectación que me hace sentir atrapada.
—Lo siento, pero no estaría bien ir por ese café. —Intento sonreír, aunque la decisión pesa en mi interior.— Tengo novio.
Por un momento, el rostro de Jonathan refleja algo parecido a la decepción, pero se desvanece tan rápido como apareció, reemplazado por una media sonrisa que irradia confianza.
—Supongo que tienes razón. —Se encoge de hombros, pero sus ojos no me dejan escapar.— ¿Qué hay de hacer un nuevo amigo? Me acabo de mudar y no conozco a nadie.
La propuesta, presentada con una mezcla de humildad y carisma, me da vueltas en la cabeza. Colin no pasará por mí hasta dentro de una hora, y lo último que quiero es quedarme sola en el campus.
—Solo será un café. Como amigos —cedo al final, tratando de sonar casual, aunque hay algo en él que me hace sentir fuera de mi zona de confort.
Jonathan sonríe como si acabara de ganar la lotería, y su expresión me hace preguntarme si tomé la decisión correcta. Antes de que pueda decir algo más, la voz de Ruth interrumpe el momento.
—Supongo que ya te dijo que no estás a su alcance, Jonathan. —Ruth aparece a mi lado, jugueteando con un mechón de su largo cabello pelirrojo. Tiene una sonrisa maliciosa y divertida en los labios mientras me entrega la mochila.
Suspiro mientras guardo mis cosas. Conozco demasiado bien a mi amiga. Cuando un chico le interesa, no para hasta captar toda su atención, y claramente Jonathan captó la suya.
—¿Molesto si también los acompaño a tomar café? —pregunta Ruth con una inocencia fingida, aunque el brillo en sus ojos la delata.
—Por mí no hay problema. —Jonathan la mira con la misma sonrisa encantadora, ahora dirigida hacia Ruth.— Estoy abierto a hacer nuevos amigos. ¿Cómo te llamas?
Dejo de prestarles atención. Ya sé cómo terminará esto: Ruth no tardará en acaparar a Jonathan, llevándolo al límite de su paciencia o hasta su habitación, lo que ocurra primero. Yo, mientras tanto, esperaré sola en la cafetería a que llegue Colin.
Suspiró, sintiendo una extraña mezcla de alivio y descontento. Aunque Jonathan captó mi interés por unos breves momentos, sé que es mejor no complicarme. Después de todo, Colin estará aquí pronto, y todo volverá a la normalidad.
—Ruth Thompson. Un placer conocerte. —Jonathan no es descortés con la chica, pero no deja de mirarme a mí, la pelinegra de ojos azules como zafiros.
Salimos del auditorio los tres y nos dirigimos a la cafetería, caminando entre risas dispersas y murmullos que aún resuenan en los pasillos. Ruth se cuelga del brazo de Jonathan con una confianza que parece natural en ella, mientras él no parece ni incómodo ni particularmente interesado. Yo los sigo unos pasos atrás, inmersa en mis propios pensamientos.