Episodio 1
El teléfono vibró sobre la mesa de noche a las 2:17 de la madrugada.
Sofía abrió los ojos a medias, atrapada en esa duermevela incómoda donde el cerebro sabe, antes que uno mismo, que algo anda mal. Se quedó inmóvil, mirando el techo oscuro de su pequeño apartamento mientras el sonido insistente cortaba el silencio sepulcral de la noche.
A sus 29 años, su vida era una rutina tan predecible como solitaria. Vivía sola en un espacio funcional, con un par de contactos contados en la agenda y los días divididos de forma casi matemática entre el trabajo y sus propios pensamientos. Por eso, sabía perfectamente que nadie la llamaba a esa hora. Nadie lo hacía, a menos que el mundo se estuviera derrumbando.
Se incorporó despacio, sintiendo cómo el frío de la madrugada le erizaba la piel. Su corazón empezó a golpear con una fuerza sorda contra sus costillas. La pantalla del teléfono se encendía y apagaba rítmicamente, bañando las paredes de la habitación con una luz azulada y fantasmal.
Número desconocido.
Dudó. Una parte cobarde dentro de ella quiso ignorarlo, dejar que sonara hasta apagarse y seguir fingiendo que su pequeña burbuja de aislamiento era segura. Pero una intuición pesada, un nudo frío en el estómago, la obligó a deslizar el dedo por la pantalla.
—¿Hola? —Su voz sonó extraña, rota por el sueño.
Al otro lado se instaló un silencio breve, seguido por la voz de un hombre. Era un tono demasiado neutro, ensayado, de esos que utilizan los profesionales que prefieren no involucrarse con el dolor ajeno.
—¿Sofía Herrera?
Escuchar su nombre completo a esa hora le heló la sangre.
—Sí... ¿quién habla?
Otra pausa. Esta vez se sintió eterna.
—Lamento informarle que su hermana, Valeria Herrera... ha sufrido un accidente de tránsito hace unas horas. Ha fallecido.
El mundo no solo se detuvo: se destruyó. El impacto de las palabras atravesó a Sofía como una descarga eléctrica que le paralizó la espina dorsal. De pronto, el aire desapareció por completo de sus pulmones, dejándole un dolor punzante e insoportable en el pecho.
—No... —un gemido desgarrador se le escapó de la garganta mientras negaba violentamente con la cabeza—. No, no, no... ¡debe ser un error! ¡Se ha equivocado de persona! Yo... yo no veo a mi hermana desde hace once años, ella no puede... ¡no puede estar muerta!
—Los documentos de identidad coinciden, señorita Herrera —continuó la voz, implacable, soltando detalles con una frialdad funcionarial—: horario de ingreso a la morgue, protocolos de identificación y el tanatorio asignado. Le sugiero presentarse por la mañana.
La llamada se cortó con un pitido seco.
El teléfono resbaló de sus dedos temblorosos y cayó sobre las cobijas. Sofía se llevó las manos a la cabeza, tirando de su propio cabello mientras un sollozo ahogado y violento le desgarraba la garganta. Caída de rodillas sobre la alfombra helada al lado de la cama, se abrazó a sí misma en un intento desesperado por sostener la estructura de su cuerpo, que amenazaba con romperse en mil pedazos.
Once años. Once largos años tirados a la basura por culpa del orgullo. La imagen de la última discusión en la cocina familiar volvió para golpearla sin piedad: los reproches escupidos con rabia, la mirada herida de Valeria y el portazo definitivo con el que su hermana pequeña había salido de su vida para siempre.
Durante más de una década, Sofía se había mentido diciéndose que no le importaba, que tenía tiempo, que algún día madurarían y arreglarían las cosas. Pero el tiempo se había agotado de golpe. No habría reconciliación, no habría un abraza a destiempo, no habría perdón. Un llanto inconsolable y visceral la arrastró durante horas en la oscuridad de la noche, asfixiándola con el peso aplastante de la culpa, el remordimiento y una soledad rabiosa que la devoraba por dentro.
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El día del funeral amaneció sepultado bajo un cielo gris, espeso y húmedo.
Sofía llegó a la capilla como un fantasma, agotada tras horas de hiperventilar y desgastarse en lágrimas. Llevaba un vestido n***o que le apretaba el pecho como una armadura de plomo. Las pómulos le ardían y sus ojos, hinchados y rojos, apenas podías tolerar la luz mortecina del lugar.
Caminó a pasos lentos hasta el ataúd de madera oscura. Al asomarse, la realidad la volvió a golpear en el estómago con la fuerza de un puñetazo físico. Se le cortó la respiración de nuevo. El rostro de Valeria lucía extrañamente tranquilo. Sin esa chispa de arrogancia y la rebeldía indomable que siempre la había definido en su juventud, parecía increíblemente joven. Casi indefensa.
Sofía apoyó las manos temblorosas sobre el borde de madera, incapaz de mantenerse firme. Un nuevo sollozo silencioso sacudió sus hombros mientras las lágrimas, calientes y amargas, caían sin control sobre el cristal del féretro.
—¿Por qué no me buscaste, Vale? —rompió a llorar de nuevo, con la voz ahogada por un dolor que le quemaba las entrañas—. ¡Perdóname! Por favor, perdóname... Fui una cobarde, fui una estúpida... ¿Por qué dejamos que pasara tanto tiempo?
Apretó los puños hasta que las uñas se le clavaron en las palmas. Quería gritar, quería sacudir el cuerpo inerte de su hermana y obligarla a despertar, pero solo pudo apoyarse contra el féretro, escondiendo el rostro entre los brazos mientras el llanto la consumía por entero ante la certeza de que las respuestas jamás llegarían.
Al intentar reponerse y limpiarse bruscamente el rostro con la mano, miró alrededor. La soledad de la capilla resultaba desoladora. Estaba prácticamente vacía, un recordatorio brutal de que ambas eran los últimos eslabones de una familia extinta. Sin embargo, las contadas personas que habían acudido al funeral no encajaban en absoluto con la imagen que Sofía conservaba de su hermana. Eran hombres y mujeres maduros, vestidos con trajes de diseñador de cortes impecables, que se movían con una elegancia rígida y proyectaban un aura de dinero oscuro y autoridad.
¿De dónde había sacado Valeria a esa gente? ¿En qué clase de mundo se había movido durante la última década mientras Sofía se escondía en la mediocridad de su rutina?
—Señorita Herrera.
Una voz sobria a su espalda cortó el hilo de sus pensamientos. Sofía se giró despacio, limpiándose una última lágrima rebelde, y se topó con un hombre de unos cincuenta años, de traje gris oscuro y maletín de cuero. Su expresión era strictly profesional.
—Soy el licenciado Torres, el abogado personal de su hermana. Necesito que me acompañe a una sala privada de inmediato, por favor.
—¿Abogado personal? —Sofía arrugó el ceño, con la voz raspada por el llanto—. Yo no...
—Es de extrema urgencia, señorita —la interrumpió el hombre, sin dar pie a discusiones—. Se trata de las voluntades de Valeria.
Un nudo amargo y helado se le formó de nuevo en el estómago. Asintió despacio y lo siguió por un pasillo silencioso de paredes blancas que olía de forma sofocante a desinfectante y flores marchitas.
Al llegar a la pequeña oficina privada, la puerta ya estaba entreabierta. El abogado le hizo un gesto para que pasara.
Dentro, de pie junto a un gran ventanal que daba a un patio interior, esperaba un hombre. Era alto, de espaldas anchas y una postura rígida, casi militar. La tensión en sus hombros se percibía a metros de distancia, como la de un depredador atrapado. Al escuchar los pasos de Sofía, se giró bruscamente.
Tenía la mandíbula marcada y unos ojos oscuros que la escudriñaron de arriba abajo con una mezcla de hostilidad y abierta desconfianza.
Durante unos segundos, el aire de la habitación pareció congelarse.