Capítulo 11

1701 Palabras
LUC Nunca he sido un hombre de planes, porque no me gusta seguir mapas, no me atraen las rutas establecidas ni las direcciones que todo el mundo sigue. La vida, para mí es mucho más simple que eso, siempre ha sido más sobre lo inesperado, sobre lo que no está escrito, sobre el momento en que te desvías del camino habitual y te sumerges en algo más profundo, algo más real, algo inesperado. Y Charly... Bueno, ella era todo lo contrario a mí y no es algo que me moleste, simplemente es algo nuevo. Ella se adhería a lo que se esperaba, a lo que era seguro, a lo que le daba control, ella no es el tipo de mujeres que simplemente se deja llevar y disfrutar de lo que pueda pasar, no, ella es completamente lo contrario. Pero ojo, no me malinterpreten, me gustaba que fuera así, ya que de alguna manera, me desafía, me obliga a ver las cosas desde otro ángulo, desde uno que desconozco completamente pero también sabía que, si quería que viviera algo diferente, tendría que empujarla, tendría que llevarla un paso más lejos de lo que ella misma estaba dispuesta a ceder. Es una mujer fascinante, una mujer que logró cautivarme de una manera que nunca antes había pasado. Si, he conocido muchas mujeres pero como ella? ninguna y quizás por eso estoy tan atrapado. Y lo supe desde el primer día que la vi, sabía que no estaba en París solo para ver los monumentos, que no estaba solo para seguir las rutas establecidas, algo en ella me decía que no era así. No, su mirada me decía que había algo más profundo en ella, algo que no podía describir, algo que París podría despertar si se atrevía a perderse un poco, si dejaba de intentar controlar todo, si se dejaba llevar. A veces, siento que la ciudad tiene ese poder, que, de alguna manera, te obliga a enfrentarte a ti mismo. Porque aquí, en las calles de París, no puedes esconderte. El caos de la ciudad es tan absoluto y tan sublime que, de alguna manera, te hace soltar lo que te limita, lo que te frena, te ayuda a enfrentar tus miedos por muy mínimos que sean. Así que cuando la convencí de que caminaríamos desde el Sena hasta Montmartre sin ningún plan, no era solo por la aventura, era por que necesitaba que viviera más, experimentará más y porque sabía que, al final de ese día, vería una versión diferente de ella misma, una Charly que no estaba atada a su timidez, a sus preocupaciones, una Charly que, por primera vez, se permitiría ser parte de la ciudad sin filtros, sin miedos y sería libre de todas las ataduras que ella misma se ha impuesto. Y vaya que lo ha hecho y me parece maravilloso saber que yo, he sido el responsable de aquello. Cuando le propuse el reto, su respuesta fue lo que esperaba, no esperaba otra cosa a decir verdad, ya que ella en general es una mezcla de incredulidad y dudas. Pero vi algo en su mirada, una chispa que me dijo que, quizás, podría ser posible, que ella si se atrevería. Ella no quería, lo sé, pero a la vez, no podía dejar de preguntarse qué pasaría si lo hacía y su silencio pero más que nada, su mirada me dieron la respuesta que buscaba y esperaba. Y esa duda, esa pequeña g****a en su forma de ver las cosas, fue suficiente para mí. Ya que lo que quería realmente era que entendiera, que este viaje no era solo sobre la ciudad, sino sobre ella misma y su propio descubrimiento. El primer tramo fue fácil. Nos dirigimos al barrio de Saint-Germain-des-Prés, un lugar lleno de energía, donde los turistas se mezclan con los parisinos, donde el arte se respira en cada rincón. Pero pronto, cuando llegamos a un par de calles más solitarias, donde el bullicio se diluía y las tiendas se hacían más escasas, comencé a ver en su rostro el primer signo de incomodidad. Era una incomodidad que siempre había notado en ella: la necesidad de tener control, de saber exactamente qué esperar, de saber donde ir, por donde caminar. Claramente no es una mujer de las que se deja llevar. “No podemos seguir caminando sin rumbo, no podemos ir a donde no sabemos…” sus palabras se desvanecieron mientras la miraba. Su rostro, normalmente sereno, empezaba a mostrar signos de tensión y eso era algo que no quería en ella, quería que disfrutara de este viaje. Le sonreí con esa tranquilidad que, a veces, no entiende. “Es exactamente eso, Charly. Se trata de lo que sucede cuando dejas de planificar, cuando dejas de predecir. No necesitas saber todo el tiempo adónde vas.” Desde donde estamos, la ciudad nos absorbía de una manera diferente y esperaba que ella lo pudiera sentir de aquella manera. Charly, siempre tan concentrada, empezó a detenerse con más frecuencia, a tomar un respiro, a mirar las escaleras como si fueran una montaña imposible de escalar y fue en ese momento, que me di cuenta de algo importante: ella pensaba que todo esto tenía que ser perfecto. Pensaba que teníamos que llegar a la cima, que había que hacer todo correctamente. Pero lo que no entendía era que, en realidad, lo único que importaba era lo que pasaba entre los pasos. La subida, la duda, el cansancio… todo eso era parte de la experiencia. Y yo sabía que ella aún no lo entendía, pero algún día lo haría y espero estar ahí para presenciarlo. Finalmente, llegamos a la cima. Montmartre, con su aire bohemio, su vibrante energía, se desplegaba ante nosotros. Era un contraste perfecto con la tranquila calma de las calles que habíamos cruzado. Allí, en la cima, con la vista panorámica de la ciudad a nuestros pies, Lucía finalmente dejó de mirar el reloj y se permitió simplemente estar. Me quedé mirando la ciudad, dejando que el silencio entre nosotros hablara más que cualquier palabra. La ciudad parecía más hermosa ahora, al igual que Charly, irradiaba una energía tan hermosa que me absorbe. Ya no era solo la turista que había llegado con sus reservas, su cautela, ese miedo constante por lo desconocido. Ahora era parte de París y estaba respirando la ciudad, caminando en ella y eso, en mi opinión, era lo único que realmente importaba. Y quizás fue eso lo que me llamó desde un principio la atención, no negaré que la atracción física entre nosotros fue más que evidente, ya que es indiscutiblemente guapa. Con una sonrisa que enamora a cualquiera y unos ojos en los que me podría perder por décadas sin problema alguno. Creo que finalmente iría al infierno por ella. Joder, que estoy diciendo. Pero entonces Charly me miró, en su rostro podía ver lo agotada pero satisfecha que se encontraba. Había algo diferente en su mirada, algo que ya no era inseguro, algo había cambiado y para mejor y eso me llenó el pecho de orgullo. Era como si hubiera comprendido, aunque fuera por un instante, que la vida no es solo un destino, sino una serie de momentos que nos transforman. - Lo hice…- dice nuevamente, casi como si se estuviera sorprendiendo a sí misma, como sino lo pudiera creer y tuviera que decirlo en voz alta muchas veces para creerlo -...Lo hicimos - La miré, satisfecho, con una sonrisa en el rostro y sin poder evitarlo, lleve mi mano a su rostro y acaricie su suave y acalorada mejilla. Charly me vio con esos ojos que me llamaban a hundirme en la profundidad de su intensidad y sus labios, esos labios que me apetecen desde el primer momento, me invitan a ser besados. Pero aunque muera por hacerlo, no se si estará bien hacerlo. Y si la espanto? No quiero que se aleje de mí, llevamos varios días conociéndonos, viviendo locas aventuras juntos para provocar que me rechace y se aleje. Aunque… muero por besar sus labios. Pero y si… al diablo, sin pensarlo mucho acercó mis labios a los de ella y dejó un suave, delicado y casto pero hermoso beso provocando que mi pulso se acelere, que mi corazón quiera salir corriendo y que mi cuerpo tiemble de manera incontrolable. ¡Dios mío! Cierro los ojos esperando los gritos, la bofetada y que se vaya. Pero no sucede, así que los abro temerosamente y antes de hacerlo por completo, siento sus labios presionando los míos en otro delicado beso, haciendo que abro los ojos como platos pero los que me obligó a cerrar de inmediato para disfrutar de esta entrega. No se cuanto tiempo dura el beso, pero siendo que es una eternidad y que no deseo que termine. Diablos, creo que me enamore. - Gracias, gracias por todo lo que me has hecho vivir - dice en un suave susurro cuando aleja sus labios de los mio. Me siento vacío ya al no tener su contacto. Abro mis ojos y asiento a sus palabras. Vuelvo acariciar sus mejillas, pero ahora ya sin miedo y le sonrio, porque me había dado cuenta que Charly ya había dado el primer paso, el más importante: había dejado de controlar y se había permitido vivir el momento y aquel beso me lo demostró. Y aunque no lo dijera con palabras, sabía que algo había cambiado en ella, algo que la haría ver el mundo de una manera diferente y el beso y yo, somos prueba de aquello. - No se trata de lo que hicimos, Lucía…- respondí con una sonrisa sin dejar de aprovechar y acariciarla -...Se trata de lo que estamos aprendiendo mientras lo hacemos - Y fue justo ahí, en la cima de Montmartre, que entendí algo muy simple pero profundo: a veces, la vida no se trata de lo que estás buscando. Se trata de lo que te permite encontrar cuando te dejas ir, cuando dejas que el caos de la ciudad, o de la vida, te transforme y como en mi caso, ser de guía turístico de esta hermosa mujer, provocó que conociera a una excelente mujer y quizás, el amor de mi vida.
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