A lo largo de las siguientes horas, las calles de París dejaron de ser solo un paisaje para convertirse en una extensión de mis pensamientos.
Cada rincón parecía susurrar secretos, como si la ciudad misma estuviera invitándome a descubrir algo que aún no había sido revelado y es por esto, que siempre París me ha llamado la intención, esa energía que siempre sentí con este lugar y que ahora, estando aquí, puro corroborar que no me equivoque en elegir.
Estaba comenzando a entender lo que Luc había dicho sobre perderse. París no era solo una ciudad para visitar, sino una ciudad para vivir, para sentir con cada poro de tu ser.
Y lo más extraño de todo es que ahora, mientras caminaba por sus calles, me sentía más cerca de mí misma que nunca, ni siquiera en casa, en mi país natal me había sentido como me he sentido aquí.
- Charly…- comenzó él, su tono serio pero cargado de una energía que nunca podía dejar de percibir y a la que ya me había acostumbrado -...quiero que me sigas en algo más grande - Lo miré, ligeramente confundida.
Habíamos estado paseando sin rumbo fijo durante estos días que llevaba aquí, disfrutando del silencio entre los dos y las pequeñas conversaciones que surgían entre nosotros sin prisa, pero esto era algo nuevo.
- ¿Algo más grande? - le pregunté, mis ojos buscando respuestas en su expresión.
- Sí, algo más grande…- repitió, tomando una respiración profunda sin dejar de verme fijamente a los ojos -...He estado pensando. Sé que no te atreverías a hacerlo por ti misma y es por eso que estoy aquí, pero quiero que lo hagas conmigo. Vamos a caminar por todo París, desde la orilla del Sena hasta el Montmartre. Sin detenernos, sin un plan, sin horarios. Solo nosotros, las calles, y la ciudad. Te juro que te va a cambiar la vida - lo veo sorprendida, ya que la idea parecía completamente absurda.
Pensé en lo difícil que había sido solo caminar sin rumbo en aquellos días anteriores. Me había sentido perdida, pero al mismo tiempo, libre. Pero lo que él proponía era algo completamente diferente. Era un desafío, uno que iba mucho más allá de lo que mi mente racional podía aceptar o de lo que mi cuerpo podría responder, no soy deportista así que pensar en todo lo que tendría que caminar, me generaba hasta dolor de cabeza.
- Eso suena... imposible…- respondí, sin ocultar la incredulidad que sentía -...No podríamos caminar toda la ciudad sin parar. ¿Qué pasa si necesitamos descansar? ¿Y qué pasa si no encontramos el camino? - Luc sonrió, como si ya hubiera anticipado mis preguntas, cosa que no me sorprende, soy bastante predecible.
- Eso es precisamente lo que lo hace interesante. Vas a aprender a no necesitar un mapa, ni un plan. Vas a aprender a confiar en ti misma, en tus piernas, y en la ciudad. ¿Te atreves? - Por un momento, pensé en todas las razones por las que no debía hacerlo, las cuales eran demasiadas. Mi lado más cauteloso me decía que era una locura y que no debía hacerlo, pero había otra parte que me pedía a gritos hacerlo.
Pero al ver a Luc algo en su mirada, algo en la forma en que hablaba, me impulsó a decir todo lo contrario.
Quizás, si no lo hacía, me arrepentiría más adelante, cuando regrese a casa y recuerde lo vivido.
Quizás este era el momento en el que debía salir de mi zona de confort, de mi vida planificada y controlada, y dejar que la vida me llevara donde quisiera.
- Está bien…- dije finalmente desafiandome a mi misma y con mi voz un poco más firme de lo que me sentía realmente -...Voy a hacerlo. Pero no voy a prometer que lo disfrutaré, te aviso desde ya - Luc se rió, con esa risa contagiante que siempre me hacía sentir un poco más ligera.
- No se trata de disfrutarlo. Se trata de vivirlo Charly, solo de vivirlo - suelta sus palabras tan llenas de sentidos que me parecen más que fascinantes.
Y con esas palabras, comenzamos nuestro desafío de la tarde de hoy y sabiendo que solo me quedaba un día en esta ciudad, decidí aprovecharlo al máximo.
La idea era simple, pero en realidad, no lo era en absoluto y ya luego de unos minutos estaba comenzando a arrepentirme.
Caminar desde el Sena hasta Montmartre no era solo una cuestión de distancia, no era muchísimo más que eso. Era atravesar barrios, pasar por mercados, calles llenas de vida y otras desiertas. Seríamos parte de la ciudad, sin filtro, sin el lujo de la comodidad, simplemente nosotros, nuestras ganas, energías y nuestros pobres pies.
Los primeros pasos fueron lentos, como si fuera caminando a una sentencia de muerte. Al principio, los músculos de mis piernas se quejaban, ya que no están acostumbrados a caminar tanto, y el calor del día comenzaba a sentirse sobre mi piel con una fuerza intensa.
Pero Luc caminaba con tanta energía, tan seguro de su propósito, que me sentí impulsada a seguirle el ritmo, a no rendirme. Me di cuenta de que, aunque no lo decía, me estaba retando y era algo que me gustaba. Y lo peor de todo es que yo quería aceptar ese reto. Quería ver hasta dónde podía llegar en toda esta loca aventura.
Nos dirigimos hacia el barrio de Saint-Germain-des-Prés, donde el bullicio de los cafés se mezclaba con la quietud de las galerías de arte y me tentaban a ir a alguno de esos lugares.
A cada paso, descubrimos un nuevo rincón de la ciudad, algo que antes nunca había visto, algo que se sentía tan personal y único que era como si París solo nos perteneciera a nosotros en ese momento, como si fuéramos los únicos dueños de estos lugares.
-¿Qué te parece hasta ahora? - me preguntó, observando mi expresión mientras caminábamos juntos.
- No sé…- respondí, algo sorprendida por la sensación que estaba experimentando porque todo era algo nuevo para mi -...Es... diferente. Es como si estuviera viendo una ciudad completamente nueva durante esta caminata - le digo señalando mi alrededor.
- Eso es lo que quería que sintieras…- dijo, sin dejar de caminar -...Porque lo que la gente no sabe de París es que es una ciudad que te cambia, te transforma, pero solo si te atreves a dejarla hacerlo. Si te quedas en los mismos lugares, con los mismos planes, nunca vas a ver lo que realmente es y descubrir su eterna belleza - me dice sin dejar de caminar y con su mirada fija en el camino que tenemos por delante.
Seguimos caminando, y aunque mi cuerpo comenzaba a sentirse fatigado, con unas increíbles ganas de lanzarme a la cama para dejar que mi cuerpo descanse, mi mente se mantenía alerta, atento a todo.
Las calles parecían transformarse a medida que nos adentramos más en los barrios de París. Cada esquina revelaba algo más: una tienda de libros antiguos, a la cual deseo volver a ingresar para llevarme un par de libros, una panadería con olor a pan fresco que se me hacía agua la boca, una iglesia olvidada por el turismo masivo, la cual es ideal para sacar unas buenas fotografías para el recuerdo. Pero lo más sorprendente era lo que estábamos creando juntos: un vínculo con la ciudad, un lazo que no era solo físico, sino emocional, que es muchísimo más potente que un simple recuerdo.
A medida que cruzábamos el río, nos dirigimos hacia el norte, hacia Montmartre. El contraste era inmediato. El ambiente cambiaba.
Las calles se volvían más empinadas, las escaleras que nos llevaban a la cima se sentían como un desafío físico y de solo mirarlas, ya quería rendirme. Pero no había vuelta atrás. Ya estábamos en el camino, así que me tomé un pequeño momento para recargar energías, respirar profundamente y continuar y aunque mi cuerpo gritaba de manera desesperada por descansar, había algo dentro de mí que me impulsaba a seguir adelante y no bajar los brazos, tenía que terminar esta caminata, tenía que terminar este reto personal.
Y hasta que llegamos finalmente a la cima de la colina de Montmartre, donde la Basílica del Sagrado Corazón se alzaba frente a nosotros de una manera majestuosa y que en estos momentos me quitaba el aliento.
Miré a mi alrededor, agotada, pero también increíblemente satisfecha, sonreí por todo lo amplio al darme cuenta de lo que había logrado.
La ciudad, con sus luces doradas y su aire fresco, parecía contemplarnos desde arriba, como si hubiera estado esperando ese momento, esperado por nosotros o más bien, esperado todo este tiempo por mi, por esta chica tímida e insegura por la vida.
Mi corazón se sentía feliz.
- Lo hicimos…- dijo Luc, con una sonrisa que no era solo de triunfo, sino de satisfacción por haberme desafiado a algo tan grande, algo que jamás había conseguido sola -...¿Cómo te sientes? - Tomé un momento para respirar profundamente, sintiendo la brisa fresca en mi rostro antes de responder.
- Me siento... diferente. Me siento viva, tan viva como nunca me había sentido - y si, eso era todo.
Esa era la lección que necesitaba aprender.
No se trataba de alcanzar un destino o de cumplir con un objetivo. Se trataba de lo que habíamos vivido en el camino, de la libertad que habíamos experimentado al dejar de lado el control, lo libre que nos habíamos sentido con cada paso que dábamos, con cada rayo de sol que nos golpeaba en el rostro. Cada música, lugar, risas, calles que pudimos admirar en el camino.
Mientras el sol comenzaba a ponerse detrás de la basílica, me di cuenta de que este día había sido más que una caminata, había sido una lección de vida.
Había sido una metáfora de todo lo que él me había enseñado hasta ahora: vivir en el momento, dejarse llevar, y perderse para finalmente encontrarse.
Y en ese instante, algo dentro de mí se liberó otra vez, pero esta vez mucho más potente que las veces anteriores.
París, con toda su belleza y caos, me había mostrado la verdad más sencilla: la vida no es algo que puedas controlar. Es algo que debes vivir, arriesgarte, y sobre todo, dejar que te sorprenda y simplemente dejarte llevar.