CAPÍTULO TREINTA Y SIETE El Señor de la Sangre despertó de su vieja duermevela, desorientado, completamente conmocionado. Había sentido cómo todo el castillo temblaba a su alrededor, despertándolo de su reposo, había notado una gran alteración de la fuerza, había percibido al instante que alguien metido en su sagrado espacio. Era imposible. Nadie antes se había acercado a su castillo, y mucho menos había entrado. No en miles de milenios. Al principio, el Señor de la Sangre supuso que había sido una pesadilla. Pero cuando los muros continuaron temblando y desmoronándose a su alrededor, hacia las profundidades, pronto vio que no lo era. Era una perturbación diferente a cualquier cosa que jamás hubiera sentido. Y, al incorporarse, en alerta, inmediatamente notó que el niño había desapareci

