El viaje en el avión privado de Aaron Morgan fue una tortura silenciosa. Katerina Volkov no pronunció ni una sola palabra. Se mantuvo sentada, con la espalda rígida y las manos apretadas sobre su regazo, observando con resentimiento el horizonte que se extendía más allá de la ventanilla. Las luces de la ciudad se desdibujaban bajo ellos, y con cada milla que avanzaban, Katerina sentía que su vida quedaba más y más atrás. Su hogar. Su país. Su libertad. Todo se desvanecía, y lo único que la esperaba era un futuro incierto en manos de un hombre al que odiaba con cada fibra de su ser. Intentó calmarse, respirar, encontrar un atisbo de control en una situación en la que no tenía ninguno. Pero era imposible. La desesperación la devoraba desde dentro, la sensación de encierro se hacía cada v

