El mostrador se extendía a lo largo de todo el local. Había unas diez personas esperando a que me dignara a ir más rápido. Pero sinceramente, el olor dulce de los helados hacía estragos en mi estómago. Me daba hambre… y segundos después, ganas de vomitar. Así era con casi todo últimamente. El murmullo de la gente, el tintinear de las cucharas contra los recipientes metálicos, el frío constante que salía de las vitrinas… todo se mezclaba en una sensación incómoda que no terminaba de desaparecer. Mi vida había cambiado después de marcharme del penthouse. No supe mucho más sobre Luca, a excepción de cuando mi hermano llamaba por teléfono y, entre palabras sueltas, intentaba decirme algo que yo nunca quería escuchar. Hacía cuatro meses que me había ido de la ciudad. Me había alejado de mi

