Veía su espalda avanzar hacia el auto con la misma seguridad con la que había firmado nuestro destino unas horas antes. A mi hermano y a mí no nos quedó otra opción que aceptar aquel contrato, pero aun así me aferraba a la idea de que Ángel encontraría una g****a, una forma de impedir que Luca tuviera acceso a todo. Siempre lo hacía. Antes de que pudiera rodear el auto, estiré la mano para tomarlo del hombro y hacerlo girar. En mi mente, el gesto fue firme. En la realidad, fue torpe. No era tan alta ni tan fuerte como para obligarlo a mirarme. Mis dedos se aferraron a la tela de su cuello y, con un tirón cargado de furia, lo obligué a retroceder un paso. Frunció el ceño, intentando soltarse. —¿Qué demonios te pasa? —preguntó, riendo nervioso al notar que no lo soltaba. —¿Qué demonios

