Mientras en la mansión se celebraba la victoria del rescate, A las afueras de un lugar apartado y sombrío. Vanno y el mexicano se enfrentaban a una frustración creciente, reunidos con sus hombres, alrededor de la mesa de madera maciza. La tensión era palpable, como una niebla espesa que llenaba el espacio. Vanno, el italiano, golpeaba la mesa con tanta fuerza que los vasos temblaban en sus bordes. Su rostro, normalmente impasible, ahora estaba contorsionado por la ira y la frustración. —¡Cómo es posible que hayan mandado solo a diez hombres! —exclamó, su voz resonando en la habitación como un trueno. La ira lo consumía, como un fuego que amenazaba con devorarlo. El mexicano, con la mirada fija en un punto indeterminado, asintió con gravedad. —Se supone que Arango está en Colombia jun

