El agua, antes refrescante y placentera, se volvió viscosa y pesada al contacto con su piel. Jayden sintió cada gota que le resbalaba por la espalda, cada brizna de cabello empapado que se pegaba a su frente. El sol, antes cálido, ahora ardía como un foco incandescente, cegándolo. momentáneamente, cuando levantó la vista. —Que salgas del agua y entregues al niño —repitió la voz del secuestrador, su voz era metálica, sin un ápice de humanidad. Las palabras resonaron en el aire, amplificadas por el silencio sepulcral que las rodeaba. Jayden buscó instintivamente su arma, la mano hundiéndose en el bolsillo vacío de sus pantalones. La adrenalina pulsaba en sus venas, convirtiendo cada latido en un martillo golpeando contra sus sienes. La ira lo consumía, pero era un fuego contenido, a punto

