Capítulo 3: Reglas Bajo el Mismo Techo
La violenta advertencia de Christian en el invernadero no hizo más que encender una mecha explosiva en el pecho de Victoria, alimentando su sed de venganza, mientras sembraba una confusión absoluta y un torbellino de dudas en la mente de Jade. ¿Cómo era posible que el mismo hombre que la trataba con tanto desdén, frialdad y desprecio en la intimidad fuera capaz de mostrar una ferocidad tan posesiva y protectora frente a los demás? La respuesta se desvanecía tan pronto como Christian volvía a cruzar las puertas de su estudio privado, transformándose de nuevo en el monolito de hielo que dictaba las normas de un juego cruel y solitario.
Esa misma noche, la tensión acumulada durante días estalló con fuerza en el comedor principal de la mansión. La mesa de caoba oscura, con capacidad para veinte personas y reluciente bajo la luz de una enorme lámpara de araña de cristal checo, parecía un recordatorio físico y visual de la distancia insalvable que separaba sus mundos. Jade ocupaba un extremo minúsculo de aquella inmensidad, vistiendo un sencillo suéter de punto descolorido que su hermanastra le había permitido conservar de su antigua vida, sintiéndose como una intrusa absoluta en un banquete reservado para la realeza.
Christian descendió las escaleras con la elegancia impecable y natural que lo caracterizaba, ajustándose los puños de su camisa blanca de seda con movimientos pausados. Se detuvo justo detrás de su silla antes de sentarse, observando el plato y la presencia de Jade con una mueca de fría y evidente desaprobación, como si su simple existencia en ese comedor fuera una ofensa estética a su refinado entorno.
—Veo que has decidido ignorar por completo las reglas de etiqueta y vestimenta que marqué de forma explícita en el anexo tres del contrato —comenzó Christian con su tono cortante y cortopunzante, sirviéndose una copa de vino tinto en un vaso de cristal tallado sin apartar sus oscuros ojos de ella—. Una Sforza, incluso una de papel y de origen cuestionable, no se viste con harapos descoloridos ni con esa dejadez para recibir a los socios internacionales de la corporación este fin de semana. Das una imagen patética que afecta directamente los intereses de mi empresa.
—No tengo otros vestidos, Christian... —replicó Jade, intentando mantener la voz firme a pesar de que el uso de su nombre de pila por parte de él siempre le producía un vuelco extraño, cálido y doloroso al mismo tiempo en el estómago—. Me quitaron absolutamente todo lo de valor antes de traerme a rastras a esta casa. No hay un guardarropa esperándome.
Christian soltó una risa seca, áspera y desprovista de cualquier atisbo de humor, apoyando ambas manos sobre el pesado respaldo de su asiento mientras se inclinaba lentamente hacia adelante, acortando la distancia visual.
—Eso se soluciona de inmediato, sin excusas —sentenció, con una frialdad glacial—. Mañana por la mañana temprano enviaré a mi asistente personal a los mejores ateliers de la ciudad con catálogos exclusivos de alta costura. Te vestirán, te maquillarán, te arreglarán el cabello y te enseñarán a sonreír y comportarte para las cámaras, porque el sábado por la noche tenemos nuestra primera gala pública oficial en la Ópera de la Ciudad. Es un evento imperativo.
Jade sintió que la paciencia, cuidadosamente construida a base de aguantar humillaciones, se rompía en mil pedazos.
—Y te advierto algo muy serio, Jade —continuó Christian, ignorando el fuego que comenzaba a encenderse en los ojos de ella y sentándose por fin con movimientos milimétricos—. Un solo tropiezo, una sola muestra de torpeza, ignorancia o timidez que arruine la imagen impecable de los Sforza ante la alta sociedad y la prensa este fin de semana, y me aseguraré personalmente de que la deuda impagable de tu familia parezca un juego de niños comparada con las consecuencias devastadoras que enfrentarás. No tendré piedad.
Jade apretó los cubiertos de plata con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron completamente blancos, un dolor sordo en las manos que reflejaba la furia contenida que le quemaba las entrañas. La rabia, ahogada durante semanas bajo mantos de miedo paralizante, brotó de repente rompiendo todas las barreras. Alzó la barbilla con un orgullo renovado, clavando sus ojos castaños directamente en la mirada oscura y desafiante de su esposo desde el otro extremo de la mesa.
—Puedes comprar mi presencia en este contrato de mierda, señor Sforza, y puedes obligarme a vivir bajo tu techo dorado como un prisionero con lujos... pero no me vas a quitar la dignidad tan fácil —espetó ella con una firmeza inesperada, un tono de voz que resonó con eco en las paredes del comedor y dejó a Christian momentáneamente mudo, con la copa de vino detenida a mitad de camino hacia sus labios.
Los ojos de Christian destellaron con un brillo indescifrable, una mezcla volátil de asombro genuino y una furia posesiva y contenida que amenazaba con desbordar los límites de su control. Por primera vez desde que se conocieron en aquel rascacielos, la sumisa Cenicienta había decidido rebelarse, alzando la voz y plantándole cara al rey de hielo. Y el magnate, por primera vez en su vida, no supo exactamente cómo reaccionar ante el fuego incontrolable que acababa de encender con sus propias manos.