Uno a uno de los presentes fue contando su vida, para algunos era la primera vez como yo y otros iban describiendo los avances que habían realizado durante la semana.
Unos trataban sólo de pasar sin bebida, otros de esforzarse por asistir con regularidad al trabajo o para poder ver a sus hijos.
Pero aquello me extrañaba, no recordaba haber estado tan mal como los de allí, personas aparentemente normales a los que la bebida les había provocado consecuencias desastrosas para su vida y su profesión.
Cuando terminó la reunión me quedé a solas con la psicóloga y la pregunté,
―¿Por qué estos han caído tan bajos?
―Estos son enfermos y como tal se les tiene que ayudar.
―¿Enfermos?, ¿qué enfermedad tienen?
―La adicción al alcohol, como cualquier otra adicción es una enfermedad con un fuerte componente psicológico, pero si a eso le unes la peculiaridad de que la sustancia consumida afecta directamente el cerebro, a la larga se complica con una dependencia fisiológica lo que dificulta la recuperación.
―Pero ¿llamarlo enfermedad no es una expresión exagerada?
―No, cada copa que se bebe destruye varias neuronas del cerebro.
Imagínate cuentas neuronas habrás perdido.
―¿Y qué más da unos cientos de neuronas más que menos? ―pregunté desconociendo la respuesta.
―Quizás al principio no se noten sus efectos, pero a medida que se repite se va produciendo una eliminación dentro de su cerebro, pudiendo llegar a degradar zonas enteras dejándolas reducidas a nada. Sus consecuencias se empiezan a observar mediante las lagunas que se producen en la memoria, así como problemas de coordinación tanto en el hablar como en el andar.
Aquello me asustó, que no recuerdo haber experimentado nada de lo que me decía, quizás porque ya me creía rehabilitado y por eso pensaba que exagerada o quizás para no asumir lo que había estado haciendo con mi cerebro.
―¡No creo que sea un alcohólico! ―la dije a tenor de sus palabras.
―Quizá hoy no, pero si no se cuida acabará siéndolo, recuerde que la reincidencia es muy elevada.
Quise decirla cómo había conseguido superarlo, pero me contuve, seguro que en otro momento podría hablar de ello, ahora quería que fuese ella quien me contase, por lo que la pregunté,
―¿Le puedo hacer una pregunta?
―¡Dígame! ―me respondió con tono de querer terminar.
―¿Qué sabe de los albinos? ―pregunté queriendo saber si me podía ayudar.
―¿De los albinos?, no sé nada ―me respondió sorprendida―. Un defecto genético creo y una alteración en la coloración de la piel.
―¿Y a nivel psicológico? ―la pregunté concretando mi inquietud.
―Totalmente igual que el resto, es como distinguir entre blancos y negros, nada de especial ―me afirmó.
―¿Y qué me dice de…?
―Antoine ¿por qué me haces estas preguntas tan raras?, creo que no has sido del todo sincero conmigo ―me dijo la psicóloga con tono de reproche.
―¿Por qué dice eso? ―la repuse sin saber el motivo de su enfado.
―Los alcohólicos, por lo menos los que he conocido hasta ahora que han sido muchos, no se comportan como lo haces tú, no dejan de beber y luego vienen a pedir ayuda. Si es cierto que muchos lo han intentado dejar por su cuenta o bien movidos por sus familias, pero nadie está tres meses sin beber sin ayuda. Me parece que está intentando buscar información para algún artículo, quizás sobre la forma de trabajar de aquí o quizás de cómo va evolucionando el grupo.
―De verdad que todo lo que he dicho es cierto, me ha costado mucho darme cuenta de mi adicción, lo veía algo normal, una copita por la mañana, otra con la comida, quizás alguna por la tarde con los amigos, y otra antes de cenar. Al principio no le di importancia, se trataba de un vicio más como el que tienen muchos. Era una costumbre que no hacía daño a nadie, pero con el tiempo esto fue haciendo que dejase de lado mis actividades para cumplir con mi ritual, ya no me importaba si salía con amigos o no por la tarde para beber mi ración de alcohol, si cenaba o no esa noche, pero sí me bebía mi ración. Y luego empezaron las borracheras, al principio estas eran esporádicas, como parte de la celebración de algún acto dentro del trabajo, luego fueron aumentando, yo mismo me buscaba alguna excusa para hacerlo, y luego llegué a hacerlo sin necesidad de excusas. Poco a poco tras finalizar el trabajo salía al bar, y ahí estaba hasta que daban la última ronda, y de ahí a mi casa y hasta el día siguiente. Mis amigos me dejaron de hablar, pues decían que era insoportable mi comportamiento y mi manera de beber, pero creía que exageraban, que eran unos aburridos, y seguía cada vez más solo. Llegaron las jaquecas matutinas, los vómitos, y con el tiempo los dolores de estómago, al principio no me supieron decir de qué se trataba, pero por fin me dieron el diagnóstico, tenía cirrosis, una enfermedad de alcohólicos. Hace tiempo que ya había perdido mi trabajo por mis múltiples ausencias, y por llegar al bebido. Poco a poco me encerré en mí mismo, en mi mundo de alcohol y de autocompadecerme. Le echaba la culpa al mundo de ser tan injusto y me consolaba únicamente con la bebida.
―Disculpe ―dijo la psicóloga―. Que, si fue un caso de alcoholismo el suyo, pero lo que no me explico es cómo lo dejó.
―Esa es otra historia, que quizás algún día se la cuente.
Hoy quisiera hacerle una pregunta más ―dije con tono jovial.
―¡Dígame! ―me dijo ella intrigada avergonzada de sus acusaciones.
―¿Cree usted en los milagros? ―Y sin darle tiempo a contestar la sonreí, guiñé el ojo y me fui.
Era ya tarde, por lo que preferí dirigirme a uno de los centros comerciales próximos, desde donde bajando por unas escalinatas y tras atravesar unos pasillos llegué a una de las estaciones subterráneas que comunican buena parte de la ciudad para ir en metro hasta una salida próxima al lugar en donde vivía.
ésta es la famosa ciudad subterránea, que es en sí una ciudad debajo de otra, una red interior de más de treinta kilómetros que une gracias a un metro limpio y rápido, edificio de oficinas, centros comerciales, hoteles, cines, restaurantes, estaciones de trenes y estacionamiento de automóviles.
Un lugar ideal para pasar una tarde de invierno cuando arriba hace mucho frío.
No me llevó más de veinte minutos llegar a mi casa, ésta era la de siempre, un lugar frío y sombrío, pero desde que había llegado de mi viaje de conocer a los indios había aprendido a apreciar todo lo que tenía.
Entrando por la puerta, vi la portada del periódico, el cual había enmarcado, este era el fruto de mi esfuerzo y dedicación, mi primer trabajo desde que volvía a estar en activo, así es como lo sentía, y estaba orgulloso de ello.
En ella se mostraba una imagen que ocupaba casi toda la hoja, con un gran titular debajo que decía, «Ha nacido un milagro».
Además de ésta se exponían en su lateral derecho y en la parte inferior otras noticias, pero de menor tamaño.
Allí estaba la foto de aquel animal blanco, que tanto esfuerzo me había supuesto conseguir, y tantas alegrías me habían dado.
Ahora era un hombre limpio, alejado de las adicciones, que poco a poco recuperaba su vida, tanto social como laboralmente, trabajaba para la revista sensacionalista a la que al principio había hecho ascos.
No lo hacía por lo que me pagaban, que a pesar de ser un buen sueldo no llegaba a lo que cobraba en mi anterior puesto de redactor jefe.
Hacía ese trabajo porque me permitía explorar con otros ojos un mundo que había permanecido invisible para mí hasta ese momento, pero por mi formación seguía huyendo de las noticias sin confirmar, buscaba todos los puntos de vista y explicaciones, era un meticuloso trabajador y mantenía un espíritu crítico, a pesar de ello, era todo un mundo el que se había abierto delante de mí.