CAPÍTULO 2. EL NIÑO
Aquel titular a página completa en la primera hoja del periódico había supuesto un gran empujón para mi carrera, de ser un completo desconocido había pasado a recibir del orden de veinte cartas semanales.
Estas eran de lectores inquietos, que a veces daban su opinión personal sobre las noticias, dejándose llevar por su mucho o poco conocimiento previo, y en la mayoría de los casos de un efusivo sentido crítico.
Intentaba siempre contestar a cada uno, agradeciéndole su interés e invitándoles a seguir las noticias de la revista.
Personalmente no ganaba nada si la compraban o no, pero contento el jefe, contento también yo.
Estando en mi casa en Montreal revisando los correos de las cartas que enviaban a la revista que tenía sede en New York, me llegó la información de una noticia publicada sobre África que se titulaba, «Cacería de albinos en Tanzania», la cual me la remitía una madre desconsolada, que vivía en New York, cuyo contenido era el siguiente:
«Estimado señor, antes de nada, felicitarle por su artículo, que me dejó gratamente sorprendida, no sólo por su trabajo sino también por el cuidado y el respeto con el que trató el tema, que en otros lugares tratan tan mal.
Le confieso que estoy preocupada, acabo de dar a luz, apenas hace unas semanas y mi hijo a nacido albino.
Eso me asustó al principio, pues no sabía a qué podía deberse, pero gracias a Dios no tuve que dar explicaciones a nadie.
Soy soltera y trabajo en una peluquería en mi barrio. Bueno, no quiero extenderme, sólo le escribo para contarle mi preocupación sobre esta noticia, esperando que no se extienda ese fenómeno a otros lugares, y que nunca llegue a Estados Unidos».
Aquello me turbó, había investigado un poco acerca de las causas del albinismo en animales, y de sus efectos.
No parecía que existiese ninguna razón para suponer que eran diferentes del resto, es cierto que en algunos lugares se les atribuía determinados poderes, pero lo de aquel artículo me parecía aberrante.
¿Cómo se le puede seguir a alguien por el color de su piel?
No estamos hablando de que sus congéneres desconozcan la causa de porqué son así, sino que a pesar de ello cometan esa barbarie.
Cogí el teléfono y llamé a la revista, la recepcionista me pasó con mi jefe, al cual le comenté la carta de aquella mujer, el artículo que acompañaba y los sentimientos que había despertado en mí, a la vez que le pedí que me apoyase económicamente para investigar la noticia.
Él después de escucharme pacientemente me dijo,
―Me parece muy interesante, pero no me puedo permitir enviarte hasta África para cubrir la noticia, eso excede del presupuesto de la revista para investigación, te tendrás que conformar con venir a New York.
―A New York ¿y qué pinto yo allí? ―pregunté sorprendido ante aquella propuesta.
―Si ésta noticia te ha indignado ha sido por las declaraciones de esa mujer, si no te hubiese pasado totalmente desapercibida. Quiero que la entrevistes, y que obtengas un buen reportaje, y luego ya veremos qué hacemos con todo ese material.
No entendía muy bien su actitud, me mandaba a un lugar diferente a donde estaba la noticia ¿cómo pretendía que así hiciese un buen trabajo?
Es como si ante un incendio me mandase a la central de bomberos a entrevistar a los que no habían salido a atender la emergencia.
Me estaba separando del lugar caliente de la noticia, estuve a punto de soltar un improperio, pero me lo reservé, sabía que era mucho lo que le debía, al haberse acordar de mí cuando todos me habían dado la espalda.
Él había creído en mí y gracias a eso estoy de nuevo trabajando y lo que es más importante, estoy vivo.
Me dirigí hacia a New York, este era un lugar conocido por mí por haber pasado algún tiempo viviendo allí.
Reservé hotel lo más céntrico posible, a pesar de que existe una buena y rápida comunicación por metro con cualquier punto de la ciudad, aunque no es muy conveniente usarlo por la noche.
Mi llegada a New York fue cuanto menos variopinta, ya no recordaba las miles de luces que iluminaban las grandes calles, los innumerables anuncios que vendían de todo a cualquier hora, la masa de gente yendo de un lugar a otro, las sirenas de la policía o los bomberos rompiendo el constante devenir de los coches, y de esos taxis tan particularmente pintados de amarillo.
Entrando al hotel me dirigía a recepción donde me encontré a una mujer que estaba pidiendo algo, lo que me llamó la atención era la poca ropa que llevaba, iba con un atuendo casi de colegial, aunque se veía que ya era toda una mujer, faldita mini, y un top casi transparente.
“Es lo que tiene New York, no hace ni un minuto me he cruzado con cientos de personas enchaquetadas e incluso con algún judío ortodoxo que llevaba ese atuendo tan característico de chaqueta larga, pantalón y gorro negros, y ahora me encuentro esto otro en el hotel” pensé para mí.
La verdad es que no tenía mucha idea de cuál era la noticia que quería obtener, a mí que me gustaba siempre hacer una previsión de lo que me encontraría, llevando preguntas escritas para que no se me escapase ni un detalle importante, ahora estaba en blanco, no sé muy bien a lo que iba, pues lo que tenía que decir la mujer ya lo había hecho en su carta.
Esa noche en el hotel, me eché en la cama mirando al techo, y me puse a recordar mi estancia con la tribu de Canadá.
Ya llevaba un par de semanas con aquellas gentes y parecía que ellos cogían confianza conmigo a la vez que yo con ellos, eran personas muy ocupadas durante el día, pues cada uno tenía su tarea a realizar, pero por la noche a partir de la puesta del sol, todo parecía cambiar, dejaban cualquier actividad y se centraban exclusivamente en dedicase a las tareas de la casa, unos atendían a los niños, otros por su parte los más ancianos se dedicaban a comentar el día entre sí, mientras que los jóvenes hablaban de sus planes, pero todos, acallaban su voz cuando después de cenar se encendía la gran hoguera, ésta se solía poner en el exterior cuando el tiempo lo permitía, y dentro de una casa circular con una abertura en su parte central cuando el frío arreciaba.
Todos alrededor de esta hoguera, los más pequeños delante, luego las mujeres, los ancianos y al final los jóvenes, todos atendían las historias que se iban narrando, los ancianos iban transmitiendo sus tradiciones contando historias, amenizadas a veces por el toque de un tambor que acompañaba dando tensión, suspense, velocidad e intensidad a la narración.
En otras ocasiones eran los jóvenes los que relataban sus aventuras, pericias en la caza, animales que habían observado, huellas encontradas, todo lo preciso para contar una buena historia que mantuviese entretenidos a los demás.
Las mujeres y los niños eran meros espectadores, aunque parecía que eran los que más disfrutaban de aquellas narraciones, sobre cacerías, antepasados, incluso sobre el amor o la muerte, todos los temas valían para amenizar esas largas convivencias.
Al principio no entendía nada, pues las narraban en su idioma, pero la mujer que me acompañaba a todos los sitios, se puso a mi lado, y me fue en voz baja traduciendo, tanto lo que decían como lo que significaba.
En una de sus narraciones un día hablaron del bisonte blanco, no sé si se debía a mi presencia por lo que lo contaron, pero me impresionó muchísimo, más o menos podía ser así.
“Llegada la tercera luna, se escuchó el soplo del viento con gran fuerza, tanto que movió las copas de los árboles, en un día que estaba totalmente despejado, el chamán del pueblo nos dijo que aquello era una señal de que pronto vendría una buena noticia.
Nosotros desconocíamos a qué tipo de noticia se refería, pero a los pocos días uno de los cazadores dio el aviso, habían venido los bisontes, una extensa manada, que emigraba de tierras lejanas y que pasaba por nuestro territorio, eran buenas noticias, pues era tiempo de caza, nos pusimos todos los hombres en marcha, y estuvimos cazando lo que necesitábamos para comer, pues queríamos alimentar bien a nuestros hijos, y mientras estábamos cazando lo pudimos ver, era un bisonte totalmente blanco, su pelaje, su hocico y sus patas, de una blancura como la de la nieve y de un pequeño tamaño.
Sabíamos que eso era señal de buena fortuna, llamamos al chamán de la tribu, y este nos dijo que debía de crecer, recorrer muchos kilómetros, y que cuando volviese sería sabio y podría ayudarnos.
Explicó a los jóvenes la importancia de este animal, considerado sagrado, un bisonte blanco, al que se le atribuían capacidades adivinatorias y curativas y todos lo fueron a ver, mujeres y niños, algo que no solían hacer, pues solo los cazadores se acercaban a las manadas, pero aquello era un momento especial, sabíamos que nuestro futuro estaba garantizado, que la dicha nos llegaría por doquier, y esa noche lo celebramos dando gracias a la naturaleza”.
Aquello lo contaba con tanto detalle, de forma que todos vibraban al compás de la narración.
A mí me quedaron dos aspectos claros, que no se trataba de un animal blanco, como ellos mismos lo definían, sino albino, a pesar de que a veces es difícil de distinguirlo, el color del hocico suele ser determinante, hay animales blancos de hocico marrón o n***o, y no son albinos, estos últimos no podían producir ninguna pigmentación de color en su cuerpo por lo que eran totalmente blancos.
Otro aspecto que me quedaba claro es que se trataba de un animal salvaje que se movía dentro de una manada con lo que iba a ser difícil hacer la foto, eso, aunque me lo habían comentado con anterioridad no lo había comprendido hasta esa noche.
Al día siguiente en New York, me acerqué a entrevistar a aquella señora que me había escrito, ella vivía en el Bronx, un barrio que en años anteriores había resultado muy polémico, pero que en la actualidad estaba siendo remodelado y reconvertido, con el crecimiento natural de la ciudad de New York había hecho que aquel gueto se convirtiese ahora en un lugar de expansión de la clase media acomodada.
Hacía tiempo que no pasaba por aquellas calles y que había cambiado mucho para bien, todo estaba limpio y los jardines cuidados, nada que ver con los edificios ruinosos y quemados que recordaba de años anteriores.
Llegué hasta la peluquería donde trabajaba la señora, previamente me había puesto en contacto con ella para conocer sus datos, este era un pequeño local, en el que a la izquierda había tres sillas para cortar, lavar y peinar, frente a ellas un gran espejo, y a la derecha una hilera de cinco sillas todas ocupadas por clientas, una de las cuales tenía una especie de gorro de papel plateado en la cabeza.
Todas eran mujeres de color, las peluqueras llevaban un uniforme de manga corta blanco, mientras que las clientas llevaban vistosos vestidos de muchos colores.
Tras echar un rápido vistazo a mi alrededor, me acerqué a una de las peluqueras y le dije con tono cordial,
―Busco a la señora Celeste.
―Es aquella compañera ―me dijo una mujer con una gran sonrisa señalándome con un peine a otra peluquera en el lado opuesto.
―Hola señora Celeste, soy Antoine el periodista con el que contactó ¿cómo está? ―pregunté presentándome y ofreciéndole mi mano para saludarla.
―Hola señor Antoine ―respondió sin siquiera mirarme centrada en el trabajo.
Ella era una mujer joven de color, delgada, con una larga melena trenzada, de una ancha y alta frente, y con una nariz redondeada, y labios prominentes.
―Me gustaría que me pudiese atender unos momentos para hacerle unas preguntas tal y como hablamos ―dije reclamando un poco de atención por su parte.
―Pues no creo que pueda dejar desatendido el negocio, siempre tenemos mucha clientela ―respondió señalándome con el peine a la fila de mujeres que aguardaban sentadas tras de mí, leyendo alguna revista o hablando entre ellas.