Ésta era una peluquería de mujeres, por lo que mi entrada allí había levantado bastante expectación, no recordaba ya casi esa sensación de ser el centro de atención de tantas mujeres, creo que desde el instituto no me pasaba.
Todos eran comentarios y risas entre las mujeres de distintas edades que habían venido a cortarse el pelo o arreglárselo para algún tipo de evento social o por pura coquetería.
―Quisiera que me dijese cómo llegó a enterarse de ese artículo que me envío ―la dije sabiendo que era el único momento que iba a tener para hablar con ella.
―Estaba mirando por Internet, intentando buscar información que me ayudase a criar mejor a mi hijo, cuando me horroricé ―dijo sin que le temblase el pulso realizando pequeños cortes con las tijeras a las puntas de las trenzas que le estaba poniendo a la clienta.
―Imagino el impacto que le habrá provocado ―dije intentando empatizar y ponerme en situación, creyendo que se trataba de una de esas personas sensibles que les afectan mucho las noticias de barbaries que se producen en otros lugares del mundo.
―Así es, gracias a Dios he nacido en un pueblo civilizado, y mi hijo no será buscado ni perseguido ―dijo dando un suspiro de alivio.
―No creo que tenga mayores dificultades su hijo ―dije con tono tranquilizador dejando claro que el continente africano estaba muy lejos de estas tierras.
―¿Cómo no? ―preguntó la señora a la que estaba atendiendo que había estado siguiendo la conversación.
―¿Ve de qué color es mi piel? ―me preguntó―., pues he tenido dificultades, por tener una piel más oscura, apenas he podido realizar ningún tipo de trabajo que no fuese el fregar suelos ¿creé que es eso lo que quiero para mis hijos?
―Bueno señora, su caso es diferente ―dije sin saber muy bien qué tenía que ver con el tema de conversación.
―¿Por qué diferente? ―preguntó otra señora que estaba esperando―. Es lo mismo, el color de la piel, y el trato de los demás.
Aquello me empezaba a estresar, la conversación parecía que se había convertido en tertulia, y que estaba comenzando a recoger más el sentir de aquella gente que la opinión de la mujer a la que había venido a entrevistar.
―Ustedes, no le digo que no pueda ser una ventaja, el color del niño en este mundo puede ayudarle a progresar y salir adelante, teniendo quizás más oportunidades de lo que ha tenido su madre ―aclaré para todas las que estuviesen interesadas en participar.
―¿Cree que su hijo es mejor siendo albino? ―repuso otra clienta de las que estaban sentada atrás que había dejado de leer para participar en nuestra conversación.
―Blanco ―rectificó la mujer que había venido a entrevistar―. Es blanco como usted y como el resto.
―Creía que me había dicho que su hijo era albino ¿cómo ahora me dice que es blanco? ―repuse sin entender aquella aparente contradicción, pues a la hora de citarnos por teléfono me había comentado que era madre de un niño albino.
―Ella no lo quiere reconocer, cree que es una bendición de Dios, pero sé que su niño va a tener problemas ―dijo otra mujer de las que estaban esperando a ser atendidas.
―No digas eso ¿cómo vas a saberlo?, va a ser un niño muy especial ―dijo la madre volviéndose sobre sí y dirigiéndole una mirada desafiante a la que había hecho el último comentario.
―Sí, pues dime ¿dónde va a estudiar?, porque si es en este barrio va a tener que verse implicado en muchas peleas por su color, ¡ya sabe cómo son los niños! ―repuso la mujer cruzándose los brazos y frunciendo el ceño devolviéndole el desafío.
―Pero perdone, ¿su padre de qué color es? ―pregunté intentando mediar en aquella situación.
Se hizo un silencio en la sala, todas quedaron expectativas a la respuesta, ella dejó lo que estaba haciendo, y me preguntó mirándome a los ojos con un tono bajo de voz,
―¿Es importante?
―¡Pues claro mujer!, dinos ya que quién fue ―dijo la mujer que estaba sentada en la silla de al lado y que estaba siendo atenida por otra peluquera.
―¿Crees que vino del Espíritu Santo? ―preguntó otra desde detrás con tono jocoso―. Todos hemos tenido nuestros momentos de calentón, no te avergüences por ello.
Ella no respondió, aunque de sus ojos empezaron a caer lágrimas que le recorrían las mejillas, se dio la vuelta y siguió con lo que hacía.
―Perdone ―la dije sacando un pañuelo y ofreciéndoselo para que lo cogiese y se secase―. No quería molestarla, si quiere no me responda.
Ella afirmó con la cabeza a la vez que se secaba las lágrimas con el pañuelo.
―Vaya, no nos vamos a enterar quién fue el padre ―comentó la señora que estaba siendo atendida por ella.
―¿Sabe usted si hay escuelas especiales para albinos? ―me preguntó otra mujer desde detrás.
―¿Para qué quieren escuelas especiales? ―la pregunté ante una cuestión que me había sorprendido sin conocer la respuesta.
―Hoy en día hay escuelas para casi todo, para invidentes, para genios, para retrasados ―me repuso la mujer que había formulado la pregunta.
―Bueno, eso es porque tienen algún tipo de diferencia que le impide adaptarse al resto y por tanto debe de recibir una educación específica por ser especial ―aclaré intentando salir de aquella conversación, pues no tenía mucha idea sobre educación de niños.
―¿Y cree que ser albino no es ser especial? ―preguntó otra viendo mi disposición a responder cualquier pregunta que se me formulase.
―No lo sé, no lo creo, bueno, ustedes saben mejor que nadie que el color de la piel no nos hace diferentes ―repuse para todas para extender la conversación y diluir el protagonismo que iba adquiriendo a la hora de responder.
―No creo eso ―dijo una de las peluqueras que hasta ese momento no había hablado.
―Ni yo tampoco, si fuese así ¿por qué los blancos no saben bailar como nosotros? ―preguntó una de las que esperaban atrás mientras se levantaba de la silla y empezaba a moverse contorneando las caderas, mientras otra aplaudía al ritmo.
En unos pocos segundos aquello pasó de ser una tertulia a una sala de fiesta donde había todo tipo de comentarios en paralelo, mientras dos estaban bailando, una dando palmas y otra hasta se puso a cantar, algo que empezaron todas a seguir.
No recuerdo una situación tan disparatada y a la vez animada, yo era más de entrevistas a personalidades en fiestas y grandes encuentros, hacía mucho que había dejado las calles y de entrevistar a gente normal desde que acabé terminé las prácticas de la carrera y ahora me sentía extraño, como fuera de lugar, sin saber qué hacer, si esperarme o irme.
Todo se había vuelto un desmadre, un jolgorio, una verdadera fiesta improvisada en la que no sabía cuál era mi papel, si cantar, bailar o dar palmas, pero claro nada de eso sabía hacer.
Aguanté estoicamente a que pasasen los minutos y el clima de la peluquería no parecía acabarse nunca, la verdad es que estaba asombrado de lo que estaba viviendo.
Creí que todo lo importante ya estaba dicho, traté de hablar de temas banales y participar de aquella agradable tarde, tras un rato más me dispuse a despedirme, cuando Celeste me dijo,
―Disculpe si no le he dedicado toda la atención que necesitaba, si quiere mañana a eso de las once, pásese que tengo mi descanso y le llevo en un momento a conocer a mi pequeño.
Aquello me sorprendió gratamente, al menos tendría la oportunidad de conocer al niño, y quien sabe a lo mejor hasta de hacerle una foto para el periódico, la respondí con agradecimiento,
―Mañana estaré sin falta a las once aquí, no me falle que es una cita.
Y se volvió a armar un gran revuelo entre las clientas, haciendo todo tipo de comentarios mientras salía de la peluquería.
Cogí un taxi y me volví al hotel con la sensación de no haber avanzado demasiado, pero con la promesa de conocer al día siguiente al hijo de aquella mujer, la cual se me hacía especialmente tierna, por una parte, se veía que era una mujer joven y atractiva, una trabajadora incansable y responsable y una madre sensible y amorosa.
Tras cenar en el restaurante del hotel, me fui a mi cuarto para descansar.
Una vez en la cama cogí mi cuaderno de anotaciones para apuntar algunos aspectos de la conversación en la peluquería.
Pero no conseguía escribir nada, habían sido tantas anécdotas que casi no me había quedado con ninguna información útil.
Dejé de nuevo el cuaderno en la mesilla, y apagué la luz, estando en aquel estado, con el cuerpo cansado, pero con la mente aún fresca, no sabiendo si dormía o estaba despierto, me puse a recordar de nuevo lo que me había acontecido en al reservar del Canadá.
Llevaba algunos días allí conviviendo con aquel pueblo de indios, cuando un grupo de hombres me invitó a realizar una incursión por el bosque en busca de aquel extraño animal, ellos decían que podrían localizar la manada, y que sería cuestión de tiempo que diésemos con el bisonte blanco.
A mí al principio me parecía bien, eso me permitiría conocer algo más de aquellas hermosas tierras, había pasado esos días durmiendo en casa de una familia, que me había acogido con mucho cariño y me habían prestado un sitio.
La vida diaria se me hacía muy monótona e insípida, acostumbrado al ajetreo de la gente, al devenir de los coches, al ruido de las obras.
Allí me despertaba con el sol, y tras desayunar salía de la casa, miraba a mi alrededor veía una inmensa extensión de terreno frente a mí, a la derecha el poblado, con sus gentes, ocupadas en vivir el día a día, con una tranquilidad asombrosa, dedicados en hacer cada tarea bien, sin prisas ni estrés, delante de mí, una gran extensión de terreno que se veía interrumpida por pequeños árboles hasta llegar a un bosque en el que se perdía la vista.
A la izquierda, un hermoso lago, de donde se sacaban la pesca fresca para su alimento.
Aquello era como un lugar de vacaciones, desconectado del mundo exterior, donde uno se olvidaba de las prisas y la falta de sueño por terminar las tareas “si lo hubiese sabido, hubiese venido antes” me dije.
Sus gentes eran muy amables, les ayudaba en lo que podía, pero parecía que mi destreza no estaba en las manos, a veces más que colaborar estorbaba, pero eran bien recibidos mis intentos por ayudar.
Los hombres dijeron que los acompañase ya que así podían enseñarme el arte de la observación.
Lo de observar era algo que tenía muy agudizado por mi trabajo, ante una entrevista o en una situación de donde podía sacar alguna noticia, procuraba retener el mayor número de detalles posibles, para extraer la mayor información de allí.
Tal es así, que tras cada entrevista me tomaba un tiempo para realizar anotaciones de aspectos significativos de lo visto y oído, que me diesen pie para recuperar aquella escena en un futuro con el mayor realismo.
Acepté, y fui con ellos, ya mis ropas se habían secado y podía quitarme aquellos mocasines, salimos en dirección al bosque y tras estar andando una hora dijo uno de los indios,
―Aquí hay una huella ―Y me llamó para que la viese y me dijo―. Ésta es la pisada del bisonte, que es diferente a la del caribú ―Y con un palo me la dibujó―. Y es diferente a la del lobo ―Y me la dibujó también.
En verdad, que no sabía distinguirlas, pues para mí todos eran hoyos en la tierra, cerró su puño y adelantando más o menos los dedos me explicó cómo eran las patas de aquellos animales, y cuáles eran sus huellas.
Estaba poco acostumbrado a ver el suelo, ya que para lo único que lo miraba es cuando había restos de algún animal para no pisarlo.
Tras esto me llevaron a cazar, me dijeron que sería algo fácil, que hasta yo podría hacerlo, a mí lo de las armas y lo de matar animales no me parecía una gran idea, les pedí no tener que participar en aquello, ellos viéndome inquieto por la situación prefirieron llevarme de compras, como ellos lo llamaban, así fuimos recolectando todo tipo de frutas, vallas, piñones, todo parecía ser bueno.
Según ellos me decían, la madre naturaleza era sabia y les suministraba todo lo que necesitaban para su vida.