Era una relación especial la que mantenía entre el hombre y la naturaleza, tal es tenían un Dios para cada elemento, y para muchos de los acontecimientos climáticos, la lluvia, la niebla e incluso la nevada.
Todo esto lo veía y lo escuchaba, pero no sabía cuándo me ganaría su confianza para que me llevasen a ver a aquel bisonte blanco.
Pude enterarme que para ellos y para otros muchos aquel era el símbolo de un Dios vivo, que venía cuando la Humanidad lo necesitaba, hablaban de lo enferma que estaba la sociedad obstinada en poseer más de lo que le correspondía y en arrancar trozos a la Madre Naturaleza.
Por casualidad en un momento saqué el tema de que la gasolina estaba muy cara, y se enfadaron muchísimo, para ellos estos sí que eran los verdaderos enemigos de la naturaleza, aquellos que querían sacar de sus entrañas todo aquel oro líquido como los denominaban los explotadores.
Para ellos eso era el fluido de la propia naturaleza, y cuando se extrae este de un terreno, lo deja infértil.
Habían tenido que sufrir y aprender a no fiarse de aquellos que prometían explotar sus recursos sin dañar a la naturaleza, pues las repercusiones eran devastadoras, ríos contaminados, árboles arrancados, la superficie forestal quemada, todo en pro del progreso, y de eso, nada sacaba aquel pueblo.
Muchos habían querido explotarlos y se habían tenido que defender, y así habían surgido comités de protección del medio ambiente y del ecosistema.
Eran los verdaderos dueños de esos terrenos, y no estaban dispuestos a compartirlos con las grandes petroleras, interesadas desde hace años en sus tierras.
Conocía sus mayores miedos, que un gobierno no respetase sus costumbres y tradiciones y diesen permiso a aquellos cientos de operarios sedientos de oro n***o para explotar sus tierras, pero también me hicieron partícipe de sus alegrías, me invitaron a la celebración del nacimiento de un nuevo m*****o de la comunidad.
Este era un hecho cada vez más corriente dentro de su pueblo, así mientras que el mundo que se llamaba civilizado tenía cada vez menos hijos, el número de nacimientos crecía cada día allí.
Tras los días posteriores al nacimiento se realizó una ceremonia de bienvenida, así lo denominaban al hecho de acoger dentro de la comunidad a ese bebé, se le encomendaba a una deidad, quien le custodiaría y seguiría durante su vida, se le daba un nombre, por el que le conocerían los demás.
En aquella misma ceremonia aprovecharon para darme a mí un nombre, era una forma de hacerme partícipe de la vida de aquel pueblo, me convertía en unos más de ellos, lo que suponía cumplir una serie de obligaciones y deberes según me decían.
Tenía la obligación de dar prioridad al pueblo sobre cualquier interés personal, de garantizar su subsistencia, y posibilitar el cuidado del habitad que compartía, respetando las costumbres y ritos del pueblo.
Entre mis derechos estaba el de visitarlos siempre que quisiese, de ser reconocido como hermano en cualquiera de las otras tribus, pudiendo contraer matrimonio con una mujer de aquel pueblo.
A mí me habían parecido todas las obligaciones y derechos bien, todas menos la del matrimonio, entendía que ellos prefiriesen que las mujeres de su pueblo se casasen con hombres de su tribu para garantizar que sus hijos viviesen protegidos a la vez que iban aprendiendo los valores y tradiciones que les ayudaría a formarse como persona.
Pero a mí, eso de asentar la cabeza, ya sería mi segunda mujer, y con la primera experiencia había tenido demasiado, me había costado mucho salir de la depresión en que entré con el divorcio, todo lo que había supuesto un acto de cariño se convirtió en una convivencia imposible de sobrellevar, una discusión continua, llegando a los insultos, y todo por unos cuantos metros del piso que compartíamos, al final tuve que dejarla la casa entera, para no tener que verla entrar a otros hombres en ella.
Fue una de mis etapas más difíciles.
A pesar de que fuese un derecho que podía ejercer cuando quisiera, me parecía que no lo iba a hacer, y no era por aquellas mujeres, que eran muy hermosas, con unos mofletes rellenos, una gran sonrisa, unos dientes blancos, y una mirada profunda.
En Montreal existe una gran diversidad de pueblos que conviven y había podido ver a muchos tipos de mujeres diferentes, pero aquellos ojos con una mirada tan penetrante no los había visto antes.
Pero antepuse mi cabeza a mi corazón, y me procuré siempre mantenerme alejado de aquellas mujeres, intentando convivir la mayor parte del tiempo con los hombres.
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Todo esto lo estaba soñando o recordando cuando escuché el teléfono, no sabía qué hora podía ser ni quién podía llamar tan pronto, al descolgar escuché decir,
―Señor Antoine, son las siete, tal y como me indicó le estoy llamando ―me dijo alguien al otro lado del auricular.
―Muchas gracias contesté ―la voz me era desconocida, pues aquella tarde cuando había llegado al hotel era un hombre mayor de escasa estatura y voz ronca y grave el que me había atendido en recepción, pero en cambio ahora se escuchaba la voz de alguien más joven, no tendría más de veinte años, con un tono suave pero firme.
Me levanté, miré por la ventana y vi la gran ciudad, bueno lo poco que se podía ver, pues enfrente había un edificio, a la derecha abajo un aparcamiento, detrás de este otro edificio y otro.
Estaba claro que estaba en la ciudad de los rascacielos, mirase a donde mirase veía altos edificios construidos.
Aunque un espacio tan aglomerado de personas precisaba de un lugar abierto de esparcimiento, por ello esta ciudad cuenta también con un parque gigantesco que le sirve de pulmón, Central Park, con cuatro kilómetros de largo por ochocientos metros de ancho, que en los días festivos se llena de gran colorido y se pueden ver representaciones teatrales, conciertos al aire libre o competiciones deportivas.
Tenía libre hasta la once cuando había quedado con la mujer, en el mismo lugar de ayer, en la peluquería en la que trabajaba, por lo que aproveché para ir a dar una vuelta por la quinta avenida, intentando recordar los tiempos de juventud que pasé por aquellas calles, las cuales parecen nunca dormir, siempre llena de luces, de coches y de personas caminando.
No había cambiado demasiado desde hace años que la dejé, fui a ver, lo que por desgracia se había convertido en un lugar de turismo, la Zero Zone (Zona Cero), a donde antes se hallaban las Twin Towers (Torres Gemelas) destruidas en el fatídico 11-S (Once de Septiembre del 2001).
Había quedado estupefacto, había perdido el habla cuando veía en directo todas aquellas imágenes por la televisión, conocía a muchas personas que vivían en esta ciudad, y de todos y cada una de ellas me acordé en ese momento, por suerte ninguna estaba en las proximidades tal y como pude comprobar con posterioridad.
Como periodista había seguido con detalle toda la investigación posterior y lo que me sorprendió es cómo después de tanto tiempo todavía quedaba alguna duda sin resolver, es como si nadie se hubiese sentado a juntar las piezas.
Es cierto que se conoce el origen de los que lo realizaron incluso de los que lo orquestaron, es cierto que se siguió y persiguió a la organización responsable, pero hubo una serie de errores interiores, que nunca fueron esclarecidos, era algo que me había molestado mucho, que no se hubieran depurado responsabilidades.
Hice la visita, presenté mis respetos ante aquello que había sido lugar de tanta calamidad, del cual ya no quedaba nada, pues las máquinas excavadoras habían limpiado la zona y ya estaban muy avanzadas las obras de recuperación.
Después de eso, me dirigí unas calles más abajo, al puerto, desde donde se podía contemplar la emblemática Estatua de la Libertad.
No me imaginaba por qué no había sido ese el objetivo de los terroristas, simbólicamente hubiese tenido un mayor impacto, y no hubiese sido necesario matar a tanta gente.
Pero ahí estaba, este era un símbolo de esperanza, el primer monumento que podían ver los exiliados y aventureros cuando llegaban a América, un símbolo también de cooperación y amistad con Francia que fue la que regaló la estatua.
Tras recuperarme de aquellas emociones, fui a dar una vuelta por el barrio italiano que está cerca, y para mi sorpresa, el barrio había sido tomado por multitud de chinos que te ofrecían todo tipo de productos, muchos de ellos de imitación, por un precio casi ridículo.
Allí se podía encontrar cualquier objeto de marca, incluso los que todavía se anunciaban en la televisión.
Quise aprovechar para comprarme un reloj, para lo cual le enseñé el viejo que llevaba, y le pregunté por señas ¿dónde podía encontrar otro?
El chino de la puerta me hizo entrar a su establecimiento y me dijo que le siguiese, así hice, atravesando varias puertas y subiendo un piso, para mí que me estaba llevando a algún sitio recóndito, hasta que llegamos a un lugar detrás de un armario, donde me abrió un cajón y había veinte relojes, todos últimos modelos.
Me enseñó uno y me dijo un precio, miré los restantes que había y me decidí por otro, y le pregunté el precio, y me pareció muy barato, pero a pesar de ello regateé, hasta conseguirlo a la mitad del precio que me había indicado, tras la compra volví a la calle, ya era la hora de la cita, había pasado parte de la mañana recordando y visitando “un día provechoso para mí” pensé.
Llegué a la puerta de la peluquería y ya desde la cristalera de fuera estuve mirando para localizar a Celeste, no la vi, aspecto que me extrañó, pero podía estar en el baño o haber salido para algún recado, abrí la puerta y entré.
sonó el colgante de tubos de metal que tenían sobre la puerta y todas se volvieron tal y como sucedió el día anterior, a la mayoría ya las conocía de vista, después de dar los buenos días a las presentes, me acerqué a una de las peluqueras y la pregunté,
―¿Sabes dónde está Celeste?, había quedado con ella ésta mañana.
―Hoy no ha venido a trabajar, y tampoco atiende al teléfono, debe de encontrarse enferma, pues si no habría dado aviso de su retraso.
Aquello me extrañó, no sabía qué hacer, pues tenía dos opciones, esperar al día siguiente a ver si se presentaba al trabajo o pasarme hoy mismo por su casa.
Como periodista mi curiosidad podía más que mi buen juicio y le volví a preguntar a su amiga,
―¿Me podrías facilitar su dirección para ir a ver como esta?
―No es zona de blancos, será mejor que alguien te acompañe.
A mí me pareció bien pero no sabía quién estaría dispuesta a acompañarme y la pregunté,
―¿Me puedes acompañar tú?
―Mira bonito, estoy casada, así pues, búscate a otra ―dijo la mujer y todas rieron en la peluquería.
Tras esto me volvió a decir la mujer―. Espérate a que termine con esta clienta y te acompaño, no está lejos de aquí.
A cada momento que pasaba en esa peluquería me parecía que vivía en otro mundo, en donde cualquier palabra era tomada en doble sentido, y se hacía broma de todo, tanto de lo que había dicho un comentarista de radio o de la ropa que había llevado una presentadora de televisión, todo era motivo para comentar y reírse.
Lo intenté un par de veces, mientras esperaba participar de las conversaciones que se generaban en paralelos e incluso una vez hice un chiste, pero este no debió de tener mucha gracia, pues se quedaron todas calladas durante un momento.
Una tensa espera para mí, que me veía abochornado, humillado en mi intento de congeniar con aquellas personas, y de repente, todos se rieron.
No sé si había hecho un buen chiste y por eso se reían o era por lo mal que me había salido mi intento, pero bueno, lo importante es que conseguí aquello que quería participar.
Tras más de media hora, la mujer había terminado y me dijo,