EL PACTO CAPÍTULO 7

1068 Palabras
 "Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra despertarán, unos para la vida eterna y otros para la ignominia, para el desprecio eterno" — Daniel 12:2. Habían pasado ya treinta y dos años y medio desde aquel pacto que Juan Pablonal hiciera con el mismo Satanás en ese tenebroso bosque, en todo este tiempo se había convertido en el hombre más adinerado de toda la Venezuela colonial, incluso conoció al mismo rey de España en persona, era dueño de grandes porciones de tierras así como de numerosas cosechas y cantidades impresionantes de animales de todo tipo. Todos en el pueblo lo respetaban muchísimo, al punto de qué cuando el cura de la parroquia murió, sería Juan Pablonal quien se encargara de enjuiciar a las mujeres acusadas de brujería, también de ser el verdugo que las asara en la hoguera. Se había cuidado mucho de no tener hijos, él sabía exactamente lo que les pasaría a sus descendientes, pero aún así no pudo evitar tener tres pequeñas bendiciones junto a la mujer que tanto amaba, Valentin era el mayor con catorce años, luego le seguía la pequeña Viena de diez y finalmente Valente con ocho años de edad solamente, sus vidas eran prósperas y no les faltaba absolutamente nada, Don Juan Pablonal ahora era un señor de cuarenta años, siempre vestía las mejores telas traídas especialmente desde Europa para él, su esposa siempre llevaba los vestidos más extravagantes y costosos de la época, sus hijos obtendrían la mejor educación, proveniente de profesores personales qué él había contratado especialmente para ello. En el tiempo de Juan Pablonal cómo verdugo de brujas, se habían enjuiciado a más de cuarentas mujeres, a todas las había condenado a morir en la hoguera cómo lo dictaba la ley divina en la que estos pueblerinos creían, a la mayoría las reconocía de su incursión en el bosque maldito en el cuál conoció a Satanás, pero a ninguna les tuvo piedad. Para esos años, la brujería se había multiplicado, incluso los esclavos la practicaban en las noches oscuras mientras sus amos dormían, esa fue la explicación perfecta qué encontraron para explicar la epidemia de cólera qué se desató por todo el pueblo matando a una gran cantidad de personas, en su mayoría niños y mujeres embarazadas, fue entonces cuando Juan Pablonal junto al nuevo cura de la parroquia, tomaron la increíble decisión de sacrificar a doce esclavos, sospechosos de practicar brujería, para de esa manera calmar la ira de Dios, eran tiempos oscuros, tiempos de ignorancia, dónde la maldad no conocía límites. Doce personas inocentes fueron ahorcados ese día en una manifestación pública que reunió a todos los habitantes del pueblo, esperaban con esa decisión radical, poder demostrar a Dios qué eran personas libres de brujería, y de alguna manera, este quitara la maldición del cólera que había caído sobre ellos. Uno a uno, los esclavos fueron estrangulados hasta morir, muy poco importaba la vida de un esclavo para ese entonces, así qué no era la misma emoción, luego de la ceremonia, los cadáveres fueron llevados en carretas y abandonados en el bosque maldito, dónde las brujas esa noche se dieron un gran festín. —¡Esposo mío, muy bien haces al matar a esos malditos de alma como tributo a nuestro Dios bendito, en aras del bien común de los habitantes de este pueblo, tus actos son misericordiosos y alabados! — Decía su esposa Venus esa noche sirviendo la cena para qué su admirable esposo Juan Pablonal comiera. Era una casa enorme, lujosa, iluminada con lámparas de velas y velones, la oscuridad predominaba, el aspecto era tétrico, lúgubre si se quiere decir. —¡Mucha razón tenéis amada esposa, vuestras palabras son sabias y vuestro amor profesado es una poesía soñada por hadas milenarias, preciosa Venus!. Pero nuestro Dios posee una sed infinita, sed que merece ser saciada, son necesarios más sacrificios. Necesitamos brujas, brujas reales. Sus corazones purulentos llenos de maldad, serían la mejor manera de demostrar a Dios — Dijo Juan Pablonal quien en su interior sólo tenía miedo de la fecha que se acercaba cada vez más, tal vez matando a todas las brujas del pueblo, evitaría que Satanás llegase hasta él. Al día siguiente una mujer llamada Clara Tarazona amanecía llorando junto a un pequeño riachuelo en el cuál yacían sus dos hijos muertos uno de cuatro años y otro de dos. Ella misma los había ahogado durante la madrugada mientras todos dormían, según su testimonio, ella confesaba por voluntad propia, haber estado practicando la brujería, qué conoció al mismísimo Satanás, quien se le aparecía en todos lados en forma de un gato n***o que no la dejaba ni siquiera dormir, ella aseguró que esa entidad maligna le pedía que matara a sus hijos, fue tanto el asedio hasta qué ella accedió a hacerlo, y esa noche sacó a sus dos pequeños de la cama y los ahogó en ese riachuelo dónde ahora yacían sus cadáveres. El juicio fue obvio, condenada por Don Juan Pablonal a la hoguera como las demás otras. Todo se preparó rápidamente, en dos horas, Clara Tarazona se encontraba atada a una hoguera lista para ser quemada. — Vean, os vean con temor, el resultado de practicar la brujería, las atrocidades de las que son capaces las brujas, pero no teméis, vuestras plegarias no deben cesar, y esta bruja será quemada para purificar su impía alma cómo Dios lo hubiera deseado. — Gritaba Juan Pablonal sosteniendo la antorcha con la que encendería la hoguera, mientras esa mujer lo miraba sonriente —¡Juan Pablonal, matar a mis hijos sólo fue un señuelo! ¡Tengo un mensaje de nuestro señor Satanás, Él te manda decir, que se avecina el tiempo de pagar, y no habrá hoguera tan ardiente, ni iglesia tan alta, que salve tu putrefacta alma de los gusanos que ya comen de ella. Vas a comer carne podrida y defecaras sangres mientras tu casa se cae a pedazos. — Dijo esa mujer asesina de sus propios hijos, mientras reía teóricamente. Juan Pablonal no podía creer lo que estaba escuchando, encender esa hoguera le costó mucho más que las anteriores, esa mujer no hizo ningún tipo de gesto de dolor mientras su carne se quemaba hasta convertirse en carbón, en todo ese tiempo no dejó de ver a Juan Pablonal, sonriendo de manera espeluznante, cómo si supiera lo que estaba apunto de suceder.
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