“Y yo haré en ti lo que no he hecho y lo que no volveré a hacer jamás a causa de todas tus abominaciones. Por eso, los padres se comerán a sus hijos y los hijos se comerán a sus padres; ejecutaré juicios en ti y esparciré cuanto te quede a todos los vientos. Por tanto, ¡vivo yo! {Dios} que por haber profanado mi santuario con todos tus ídolos detestables y con todas tus abominaciones, yo me retiraré, mi ojo no tendrá piedad, y tampoco perdonaré” — Ezequiel 5:10.
Existen muchas cosas que se pueden hacer cuando tenemos miedo, podemos huir, podemos mentir, podemos escondernos, pero Juan Pablonal optó por la más bizarra de todas las opciones, simplemente guardó silencio e hizo cómo si nada estuviera pasando, el continuó ejerciendo su papel de el hombre más poderoso de toda la colonia, recto y sobrio con brazo de acero a la hora de enjuiciar a una bruja. Una mañana común y corriente, luego de un misterioso sueño dónde un niño muerto sin ojos lamía su espalda mientras el se encontraba inmóvil atado a un enorme árbol de manzanas. Al despertar, Juan se levantó sintiendo un extraño dolor en su espalda, siempre fue una persona muy sana, así qué resultaba muy extraño pensar en que pudiera enfermarse, le pidió a su esposa por favor le revisara la espalda para así poder enterarse a qué se debía ese extraño padecimiento. Se trataba de una pequeña bola de carne enrojecida que sobre salía de la piel de Juan. A pesar de todo eso no se le dio mayor importancia, pero aún así mandó a sus sirvientes a buscar al doctor de la familia, obviamente, el mejor de toda la región, con sus estudios de medicina realizado en los mejores países de esa época, cómo Francia e Inglaterra. El doctor llegaría rápidamente para examinar la espalda de Juan y encontrarle una cura a su extraño brote.
— ¡No se parece a nada que haya visto antes, ni siquiera los brotes de los animales enfermos se parecen a esta extraña cosa! — Aseguró el doctor luego de examinar la espalda de Juan en la misma sala de su casa, en presencia de sus hijos y empleados.
— ¡Tal vez pueda ser producto de la picadura de algún insecto! — Sugirió Juan extrañando.
— ¡Pongo en duda vuestra teoría, es una erupción de la carne, no es una reacción alérgica, es cómo si . . . cómo si un animal se estuviera alimentando de su carne desde el interior de su piel! — Dijo el doctor con cautela puesto que sabía con quien estaba tratando.
— ¡Blasfemia doctor! , ¡Simplemente es inaudito lo que vuestra boca pronuncia! , ¡Nuestra casa está libre de cualquier ataque infernal de las bestias come carne qué usted venera con su impía boca! , ¡Le ordeno salid de mi propiedad inmediatamente señor! ¡Vayanse todos! . — Gritó Juan Pablonal completamente molesto extendiendo su mano de manera bravía, señalándole la salida al doctor. Mientras que todos los empleados y sirvientes abandonaban la sala, al igual que sus hijos. La ignorancia y la terquedad eran las armas más fuerte que Juan podía tener en contra de las extrañas cosas que le sucedían.
— ¡Tengan todos muy buenas tardes! , ¡Con vuestro permiso! — Dijo el doctor totalmente indignado por la reacción de Juan, pero simplemente tomó sus cosas y se marchó.
— ¡No era la mejor manera de tratar al doctor! — Dijo su sumisa esposa con algo de temor mientras limpiaba su brote con un trapo humedecido en agua tibia.
— ¡Os calláis mujer! , ¡Respetad la voluntad de tu esposo! , ¡Invarable sea vuestra estampa para cuando habléis llevando la contraria a la palabra mía! , ¡He dicho que en esta casa no pasa nada malo y así se queda! — Gritó Juan a su esposa, la cuál guardaba silencio mientras continuaba tallando su espalda.
La mañana siguiente un hombre a caballo galopaba a toda velocidad con dirección a la hacienda Pablonal, golpeaba con todas sus fuerzas el muslo de su caballo para qué este corriera mucho más rápido de lo que su corazón le permitía, los casquillos de hierro hacían retumbar la tierra con cada paso que fijaba ese veloz animal en el camino. El hombre era el capataz de Juan Pablonal, su mano derecha, el encargado de asegurarse que todo saliera bien en las siembras, cultivos y establos. Pero esa mañana las noticias no eran muy alentadoras. Este hombre llegaba cómo "Alma que lleva el diablo" a la hacienda despertando a su patrón con alarmantes gritos que sacaron a toda la familia de la cama.
—¡Patrón! , ¡Patrón! , ¡Patrón Pablonal! — Gritaba el capataz mientras su caballo se movía de allá para acá con una inquietud bastante notable.
—¡Debe haber una razón bastante buena para qué decidas entrad a esta decente casa gritando cómo bestia y sacando a mi honorable familia de sus plácidos sueños! . — Dijo Juan Pablonal saliendo hasta la entrada principal de su elegante hacienda.
—¡Con todo respeto señor Pablonal, Pero le aseguro que seréis vuestra boca la qué gritará luego de observar la atrocidad que sé suscitó en el campo de las reses! — Informó el capataz completamente agitado por la incesante carrera qué desplegó hasta la hacienda Pablonal.
—¡Mi caballo! , ¿Dónde está mi caballo?. — Preguntó Juan Pablonal de manera efusiva a sus sirvientes mientras miraba en todas direcciones.
Cuando finalmente el caballo estuvo ensillado y listo para cabalgar, Juan Pablonal junto a su capataz emprendieron una carrera a toda prisa hasta el campo dónde se criaban las casi seis mil reses que poseía este adinerado terrateniente, el impacto en su corazón fue casi fulminante cuando al llegar, encontraría a todos los animales tirados en el suelo, era una escena épica de proporciones bíblicas. Las reses, las cabras, las vacas, las ovejas incluso los perros, todos los animales qué estaban a nombre de Juan, habían muerto de manera inexplicable, solamente yacían en el piso, ciento de toneladas de carne y otros recursos se habían perdido, lo que se reflejaban en una perdida bastante considerable en su bolsillo. Quizás Juan no lo sabía, pero en ese preciso momento estaba presenciaron el comienzo del final.