" Y miré, y he aquí, un caballo amarillento; y el que estaba montado en él se llamaba Muerte; y el Hades lo seguía. Y se les dio autoridad sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con espada, con hambre, con pestilencia y con las fieras de Satanás" — Apocalipsis 6:8.
Don Juan Pablonal cenaba en la oscuridad de su sala junto a su familia, apenas iluminados con una lámpara de aceite cómo era normal en esa época, la abundante barba en su rostro se mojaba en exquisito vino mientras su sumisa esposa solamente comía en silencio mirándolo con inquietud, sus hijos también disfrutaban de la comida, pero nadie se atrevía a decir una palabra de lo que había ocurrido ese día. La mezquindad y preponderancia reinaban en la esencia de Juan; él se negaba a aceptar que sucedía algo muy malo en su vida. Un total de seis mil animales cayeron muertos de manera inexplicable en su establo, sin ninguna razón, amanecieron fulminados con sus carnes teñidas de un putrefacto color verde gelatinoso que la hacía imposible de aprovechar. Todos en el pueblo hablaban de este extraño suceso, lo asociaban con una posible brujería en contra de Juan Pablonal, después de todo, él era el verdugo de las hechiceras del diablo, lo que lo convertía en la víctima perfecta. Su hijo mayor de nombre Valentin lo observaba con ganas de confrontarlo, exigir una explicación de lo que estaba pasando y porque él lo tomaba tan normal, pero el miedo a la reacción negativa de su padre Juan Pablonal, lo limitaba a solamente comer en silencio. Su esposa sentía el mismo deseo de enfrentarlo, pero su miedo era mucho mayor puesto que debía guardar respeto y admiración a su esposo cómo toda una dama que era delante de la sociedad, también delante de Dios.
— ¡Estimado esposo, supongo que es hora de hablar . . . ! — Alcanzó a decir la esposa de Juan Pablonal antes de que este mismo la interrumpiese abruptamente.
— ¡Callad tu boca mujer! , ¡Que serpientes venosas muerdan vuestra lengua antes de que penséis apuñalarme la espalda con ella!, He notado cómo me miran . . . ¡¡CUERVOS!! . . . son cuervos traicioneros que esperan picotear la cuencas de mis ojos luego de habéis comido mi comida la que os he llevado con devoción a vuestra mesa. — Dijo Juan Pablonal adelantándose a las palabras de su esposa, las venas de su cuello brotaban de manera muy marcada debido a su molestia y exaltación.
— ¡Tus palabras sólo ponen en evidencia vuestro miedo . . . querido padre! — Dijo su hijo mayor sin dejar de comer y sin mirarlo a la cara.
— ¡Honraréis a vuestro padre y a vuestra madre! , ¡Ten cuidado con lo que dices muchacho! — Dijo Juan Pablonal tratando de mantener la calma frente a las palabras de su hijo.
— ¿Qué os teméis que diga padre? , ¿La verdad?. — Preguntó Valentin Pablonal confrontando a su padre.
— ¡Callad tu boca! — Advirtió Juan Pablonal a su hijo.
— ¡Te has pasado la vida quemando brujas a vuestra voluntad, decidiendo con purulencia quien debe morir, has sido juez y verdugo de mujeres que quizás no tenían maldad en su corazón, habéis despertado a la bestia obesa de el odio y la envidia en vuestra contra, ahora el espíritu de la venganza se volcó en vuestra contra querido padre! — Continuó diciendo Valentin Pablonal en contra de su padre.
— ¡Callad te digo! . — Advirtió nuevamente Juan Pablonal cerrando su puño tratando de contener su molestia, pero su paciencia había llegado al límite, mientras el ambiente era tenso y lleno de angustia.
— ¿Porqué padre? , ¿Me quemarás a mí también? . — Preguntó Valentin Pablonal gritando a su padre.
— ¡¡Maldito!! . . . ¡¡Perro leproso de lengua afilada!! . . . ¡¡Dios y los santos se apiaden de ti si te atreves a desafiar a Juan Pablonal!! — Gritó Juan Pablonal estallando en ira mientras llevando de un solo golpe a su hijo contra la pared, apretaba fuertemente la camisa de su hijo mayor con rabia al mismo momento que lo gritaba. Sus otros hijos lloraban con miedo abrazados mientras su padre asfixiaba con sus propias manos a su hermano mayor.
— ¡Por el amor del cielo Juan, solamente la oración y el ayuno podrán calmar esta maldición que ha caído sobre nuestra casa, la gran serpiente negra no tendrá oportunidad si vuestro aliado es Dios! . . . vengan . . . oremos todos juntos . . . en familia . ..y ya verás que mañana, las cosas habrán amanecido mejor, querido esposo mío. — Dijo sumisamente la esposa tomando el brazo de Juan Pablonal tratando de hacer que este se calmara y soltara a su hijo.
Juan Pablonal no dijo nada, solamente soltó con rabia a su hijo, quien cayó en el suelo buscando aire de manera desesperada, su madre lo socorrió ayudándolo a calmarse para que el oxígeno pudiera entrar suavemente a sus pulmones. Juan salió de la casa con cara de pocos amigos y se dirigió hasta el lugar dónde guardaban sus caballos, eran un establo enorme en dónde este terrateniente coleccionaba los mejores y mas costosos caballos persas de toda la Venezuela colonial, estos animales solamente podían ser montados por la familia de Juan o por los colonizadores españoles.
Sus ojos lo traicionaban, su corazón pateaba su pecho con un desprecio tan profundo, que provocaba dolor con cada latido producido, su estómago se retorcía cómo si se quisiera salir de su interior en forma de vómito, el peso de la culpa carcomía sus entrañas desde lo más íntimo de su ser. Sabía exactamente lo que estaba pasando y todo lo que estaba a punto de suceder, siendo el único responsable de toda esta locura, necesitaba hablar con Dios, tal vez una consulta con el altísimo lo salvaría de todo este infierno en el qué se había metido, fue por eso que decidió irse hasta la parte más solitaria de su hacienda, el estiércol de los caballos cubrían sus elegantes botas europeas, cómo si le quisieran recordar qué a pesar de haber obtenido toda esa riqueza y fortuna gracias al pacto con el diablo, en el fondo continuaba siendo ese niño pobre que limpiaba el excremento de los caballos, el sentimiento de culpa lo abrumaba, no podía más, estaba exhausto. Sin poder continuar, se arrojó al suelo de rodillas sobre una enorme pila de desechos y allí comenzó a orar.
— ¡Señor de las alturas, creador, su magnificencia! . . . ¡Si estás allí, te ruego que me escuches, por favor . . . (Llanto) . . . Te suplico que salves a mi familia, yo . . . yo no los he condenado al averno . . . yo no . . . si de tu juicio me he de perder, que vuestra mano guíe mis pasos en los valles oscuros dónde los cuerpos pestilentes se pudren sobre lápidas abiertas y los gusanos devoran su carne, solamente soy un humilde cordero que se ha perdido, en esa confusión se desvío de el exquisito camino de tu divina palabra . . .si he de pagar mi error con mi vida, que sea vuestra voluntad cumplida con cabalidad inclemente, y que cuando os habéis acabado conmigo, me convierta en un despojo de huesos y piel vagando en la oscuridad infinita de tu desprecio eterno . . . pero . . . (Llanto) . . . por favor . . . ( Llanto) No dejes que se los lleven a ellos, mi familia no . . . te lo ruego señor todo poderoso, interfiere y salvalos (Llanto) — Gritaba Juan Pablonal completamente sumido en la desesperación, se desplomaba de manera desconsolada entre excrementos y orines de todos los caballos en ese establo, estaba literalmente abatido en el suelo, el sentimiento de culpa lo atormentaba a un grado tan alto, que era simplemente insoportable para él, increíblemente, lo peor estaba por venir.
Al mismo tiempo, toda su familia también oraba de manera inocente a la luz de las velas antes de irse a la cama, la paz reinaba en ellos, quienes pacíficamente se fueron a dormir con el beso de su amorosa madre en la frente, los dos pequeños lograron conciliar el sueño mucho más rápido qué Valentin, el hijo mayor, quien acostado, mostraba claros signos de dolor en su cuello producto de los moretones dejados por su padre al momento de tratar de estrangularlo. Su madre se percató de su padecimiento y fue a tratar de consolarlo.
— ¡Fuiste muy valiente hijo! , pero existen mejores maneras para hacerse oír, jamás debes discutir con tu padre, él lleva mucha presión en su cabeza y un peso enorme en sus hombros, los hombres de su posición tienen una responsabilidad gigantesca, no pueden darse el lujo de ser señalados por ningún motivo. — Dijo la dulce señora Pablonal mientras acariciaba los moretones en el cuello de su hijo quien yacía acostado en su cama.
— ¡Mi padre sólo es un cobarde que quema mujeres inocentes para consentir la ignorancia de las personas del pueblo, las cuáles son exactamente iguales de cobardes a vuestro esposo, madre. — Dijo Valentin Pablonal.
— ¡Siempre estuve orgullosa de vuestra valentía, mi hijo, mi amando hijo, lloraría infinidades de lunas si algo te llegase a pasar, os pido por favor, guardar ese coraje en vuestro corazón, tarde o temprano la verdad verá la luz, te lo aseguro hijo mío. — Expresó Venus Santa Cruz abrazando con amor a su hijo mayor.
Al cabo de unas horas, cuando toda la familia dormía, el señor Don Juan Pablonal entraba a su casa de manera autoritaria abriendo la puerta de una sola patada, tambaleándose de extremo a extremo, había bebido varias botellas de vino de su bodega privada, estaba cubierto de heces y orines de caballo, lo que lo hacía apestar de una manera nauseabunda, apestando toda su casa.
— ¡Venus! , ¡¡¡Venus!!!, . . . ¡Capataz! . . . ¿Alguien?. — Gritaba en la enorme y lúgubre casona, pero sus gritos se perdían entre los espaciosos pasillos oscuros de la gigantesca propiedad, todos yacían dormidos.
Juan decidió ir a tomar un buen baño, rasgó toda su sucia ropa arrojándola en todas direcciones, luego, en una enorme bañera de hierro que contenía agua en su interior, allí se sumergió completamente desnudo, su única iluminación era la tenue luz de la luna que se colaba por la ventana de la pared, dejando muy difícil la visión en ese oscuro baño. Luego de un buen rato sumergido en esa agua pensando infinidades de cosas, cómo lo que haría al día siguiente, había decido acudir al cura de la parroquia en busca de ayuda religiosa para su pequeño problema. Se quedó dormido dentro de la bañera, se sentía entre nubes, flotando deliciosamente entre campos de algodón, exquisita era la sensación de quietud que experimentaba en el sueño. Un zumbido empezó a escucharse lentamente, pero iría aumentando su intensidad paulatinamente hasta llegar a convertirse en potentes golpes de tambor que estremecían todo su cuerpo, y gemidos de mujer excitada se dejaban oír levemente al ritmo de los choques sonoros del cuero en el tambor al ser golpeado, unas delicadas manos de mujer comenzaban a acariciar su cuello y pecho, luego eran un par de manos, ahora eran las manos de muchas personas, incluyendo hombres, él solamente podía ver las manos hasta el ante brazo, eran manos de esclavos, negras cómo la noche, el horror estallaría en Juan Pablonal cuando un terrorífica garra cubierta de sangre se sumara a la tarea de acariciar su pecho.
Despertó completamente asustado, pero mayor fue el susto cuando se percató que se encontraba levitando en el aire, elevado unos cinco metros sobre la bañera de hierro, el espanto fue tan impresionante que lo hizo caer abruptamente, golpeándose fuertemente la espalda al caer, quedando momentáneamente aturdido, ese sonar de los tambores no dejaba de atormentar sus oídos, los corrompía interiormente, cómo si estuviesen utilizando su corazón cómo instrumento musical, tapaba sus orejas fuertemente utilizando sus manos pero el sonido seguía allí, haciéndose cada vez más fuerte, cada vez más potente, cada vez más insoportable, provocando que su corazón doliera enormemente. Salió desnudo cómo se encontraba, hasta la sala de su gigantesca casona, allí se encontraba su colección de escopetas, tomó la mejor, la más mortal de todas, se aseguró que estuviera cargada, mientras esos tambores continuaban destrozando sus nervios, haciendo que sus dedos temblaran tanto qué le costaría muchísimo cargar su arma, cuando finalmente lo logró, salió hasta la entrada principal, y cómo Dios lo trajo al mundo, comenzó a disparar al aire, primero un tiro, luego el otro, entonando un estremecedor grito de guerra que retumbó en toda la hacienda, pero ese sonido continuaba haciéndose mucho más fuerte. Volvió a cargar su escopeta e hizo exactamente lo mismo.
Su capataz totalmente aterrorizado, llegó hasta él corriendo con todas sus fuerzas.
— ¡¡Amo Juan!! . . . ¡¡Amo Juan!! . . . ¿Qué os habéis pasado amo Juan?. — Gritaba el capataz llegando apresuradamente hasta su patrón.
— ¿No escucháis ese ruido infernal que atormenta el alma de este pobre servidor? — Gritaba Juan Pablonal atormentado, arrojado de rodillas en el suelo sosteniendo su escopeta en las manos.
— ¡Son Tambores señor, y vienen desde el establo de los esclavos! . . . ¡Vamos! — Gritó el capataz de Juan Pablonal tomándolo del brazo para ir hasta allá.
Al llegar al establo dónde encerraban a los esclavos durante la noche, abrieron rápidamente el enorme portón de madera, efectivamente el sonido venía de allí, unos esclavos tocaban los tambores, mientras una mujer esclava yacía tirada en el suelo en posición de parturienta, iluminados con la luz de una fogata, la mujer pujaba con toda sus fuerzas ante la mirada incrédula de Juan Pablonal y el capataz, finalmente la mujer logró dar a luz, muriendo en el proceso.
— ¡Este es un mensaje del nuestro amo Satanás, para usted, Señor Juan Pablonal! — Dijo la esclava que ayudaba en el parto, mostrando a Juan Pablonal, el bebé que acaba de nacer, el cuál había nacido muerto y cientos de gusanos carcomían la tierna carne de su diminuto cuerpo.
Ambos cerraron el portón de madera despavoridos, hasta vomitando cómo nunca en sus vidas. Luego tomaron antorchas y prendieron fuego al establo dónde se encontraban encerrados todos esos esclavos, hombres, mujeres, niños y ancianos, murieron calcinados, gritando desgarradoramente mientras el fuego devora sus cuerpos sin ellos poder hacer absolutamente nada, el sol salió esa mañana, dejando ver con sus rayos de luz, solamente cenizas de lo que alguna vez fueron cientos de esclavos.